ruben_clv
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Decido ir en su busca mientras camino, algo me dice que es el momento adecuado, un rayo que parte el horizonte y que despierta mis sentidos. Tengo clara la misión, cuando noto el "clic" en mi interior sé que estoy preparado.
Ángeles de quince años se cruzan conmigo, sin sonrisa, armadas con sus dientes y una talla noventa que me ofusca; ni me miran, no saben quién soy, no saben qué busco. Bendigo su ignorancia y sonrío. Otras me contemplan desde el pasado, fijamente, saben lo que estoy haciendo, me conocen, me han visto otras veces, la misma mirada en otro rostro. Las que van solas asienten a mi paso, comprenden, otras sujetan del brazo a sus hijas para ocultarlas, otras lo aprietan y les obligan a alzar la cabeza; las unas quieren evitarme el sufrimiento, las otras me muestran la cara del verdugo; pero sigo adelante, no puedo detenerme, no sé dónde está así que decido perderme.
Camino por un desierto de sonrisas, nada especial, todo es igual; todas responden a la llamada. Está lejos, a mil kilómetros, pero algo se nubla en mi frente, la veo caminar hacia mí. Parte la calle en dos con sus pasos, me detengo, miro: veo la noche sobre su cabeza, sus hombros de mármol desafiantes, no pestañea porque todo quiere devorarlo, sus caderas marcan el ritmo de mi corazón. ¡Oh, yeah!, es la virgen María en tejanos, es la madre de todas las mujeres, es todas las mujeres y todas las mujeres son ella. Quiero saltar a su regazo y morir, quiero ahogarme en ella y cubrir todos sus poros; Leonidas moriría de nuevo por ganar las puertas que el Infierno tiene a un palmo de su ombligo. Pero ella lo sabe, me mira y se burla, la triste burla de quien sabe que nunca la sorprenderán. Bailas para mí y yo sigo tu compás pero no eres tú quien busco nena.
Busco señales en el viento, olfateo, cierro los ojos y vacío mi mente para alcanzarlo todo. ¡Hoy es el día!, hoy juego a perder pero no encuentro a mi rival, Audrey sonríe en el cielo y yo soy esclavo de su risa, hay que cerrar el círculo.
Camino deprisa, no hay que hacerla esperar, las escaleras se mueven bajo mis pies, todo parece premeditado y el hilo musical lleva veinte minutos tocando mi canción, nuestra canción….Y ahí está ella -frágil, lejana, sola-, una cascada negra cae sobre sus hombros y su espalda, tan indefensa que tengo miedo de despertarla –niña, tú no eres de este mundo-, la piel tan blanca que temo que mi huella sea eterna, y acaricia con los dedos ese libro…
Ella levanta la mirada, mi mano descansa sobre la suya, sobre el libro, acaricia mis mejillas y se hunde en mi alma, y yo me pierdo en el vacío de sus ojos, y quiero llorar, y suena mi canción, nuestra canción, y el resto del mundo nos mira porque sabe que algo ha llegado a su fin. Qué tienes que decir a eso….
- ¿Me esperarás otros treinta años?
- Sí –dice ella-, ¿y tú?.
Ángeles de quince años se cruzan conmigo, sin sonrisa, armadas con sus dientes y una talla noventa que me ofusca; ni me miran, no saben quién soy, no saben qué busco. Bendigo su ignorancia y sonrío. Otras me contemplan desde el pasado, fijamente, saben lo que estoy haciendo, me conocen, me han visto otras veces, la misma mirada en otro rostro. Las que van solas asienten a mi paso, comprenden, otras sujetan del brazo a sus hijas para ocultarlas, otras lo aprietan y les obligan a alzar la cabeza; las unas quieren evitarme el sufrimiento, las otras me muestran la cara del verdugo; pero sigo adelante, no puedo detenerme, no sé dónde está así que decido perderme.
MARGARET- Así que esta noche vamos a convertir la mentira en verdad, y una vez hecho, volveré a traer las botellas y nos emborracharemos juntos aquí, esta noche, en la casa donde ha entrado la muerte…..¿Qué me dices?
BRICK- No digo nada. Supongo que no hay nada que decir.
MARGARET- Ah, vosotros los débiles, vosotros, débiles y hermosos…..Los que abandonáis…..Lo que queréis es alguien que se encargue de vosotros…..dulcemente, dulcemente, ¡con amor! Y…..yo te q uiero de verdad, Brick, ¡te quiero!
BRICK- (sonriendo con encantadora tristeza) ¿No sería gracioso que fuese cierto?
Camino por un desierto de sonrisas, nada especial, todo es igual; todas responden a la llamada. Está lejos, a mil kilómetros, pero algo se nubla en mi frente, la veo caminar hacia mí. Parte la calle en dos con sus pasos, me detengo, miro: veo la noche sobre su cabeza, sus hombros de mármol desafiantes, no pestañea porque todo quiere devorarlo, sus caderas marcan el ritmo de mi corazón. ¡Oh, yeah!, es la virgen María en tejanos, es la madre de todas las mujeres, es todas las mujeres y todas las mujeres son ella. Quiero saltar a su regazo y morir, quiero ahogarme en ella y cubrir todos sus poros; Leonidas moriría de nuevo por ganar las puertas que el Infierno tiene a un palmo de su ombligo. Pero ella lo sabe, me mira y se burla, la triste burla de quien sabe que nunca la sorprenderán. Bailas para mí y yo sigo tu compás pero no eres tú quien busco nena.
Ningún hombre se le resiste. La cabeza hacia atrás , la boca entreabierta, los brazos extendidos, el cuerpo desnudo. Al final de la danza -empapada en sudor, con la respiración entrecortada- se desploma en el jardín y apoya su frente sobre el marmol.
El joven, poseído por el deseo de su cuerpo, se acerca a ella en la noche y le pregunta en susurros si le gusta la voluptuosidad de su danza.
No sé -contesta ella- lo que significa esa palabra.
Busco señales en el viento, olfateo, cierro los ojos y vacío mi mente para alcanzarlo todo. ¡Hoy es el día!, hoy juego a perder pero no encuentro a mi rival, Audrey sonríe en el cielo y yo soy esclavo de su risa, hay que cerrar el círculo.
Camino deprisa, no hay que hacerla esperar, las escaleras se mueven bajo mis pies, todo parece premeditado y el hilo musical lleva veinte minutos tocando mi canción, nuestra canción….Y ahí está ella -frágil, lejana, sola-, una cascada negra cae sobre sus hombros y su espalda, tan indefensa que tengo miedo de despertarla –niña, tú no eres de este mundo-, la piel tan blanca que temo que mi huella sea eterna, y acaricia con los dedos ese libro…
-¿Conoces ese libro?, ¿sabes de qué va?
-Sí, es una historia de amor, ¿no?
-Pero es una historia grotesca, una historia de amor entre ancianos, entre ancianos que se han amado toda la vida y que, pese a saberlo, se han evitado el uno al otro. Y resulta que a él sólo se le ocurre declararle su amor el mismo día que ella entierra a su marido, algo increíble.
-Y cómo acaba.
-Eso es lo mejor, acaban fugándose en un barco a vapor que navega por el río y, temiendo el día en el que han de volver a casa, con sus familias esperando –opuestas a su loca aventura, por supuesto- deciden quedarse allí para siempre, navegando por el río, dos octogenarios fornicando mientras una bandera impide que el barco atraque en cualquier puerto por riesgo de epidemia. Qué tienes que decir a eso…..
Ella levanta la mirada, mi mano descansa sobre la suya, sobre el libro, acaricia mis mejillas y se hunde en mi alma, y yo me pierdo en el vacío de sus ojos, y quiero llorar, y suena mi canción, nuestra canción, y el resto del mundo nos mira porque sabe que algo ha llegado a su fin. Qué tienes que decir a eso….
- ¿Me esperarás otros treinta años?
- Sí –dice ella-, ¿y tú?.

