leonesfuerza
Asiduo
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- 15 May 2024
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Quedamos hoy por la tarde para tomar un café. Porque sí. Ni siquiera era una cita, era más bien una costumbre que se arrastraba desde hacía meses. El tipo de rutina que no mata de golpe, pero te va limando hasta que un día te das cuenta de que preferirías estar viendo cómo se seca la pintura antes que escucharla hablar. Ahí estaba ella, dándole vueltas a su nuevo puesto de trabajo de funcionaria como si la hubieran destinado a una mina de carbón en Siberia. Que si los horarios, que si la supervisora es una idiota, que si estaba mejor en el sitio de antes. Yo asentía con la cabeza, pero por dentro pensaba: joder, ¿en qué momento dejó de interesarme lo que me cuenta esta mujer?
Ahí me cayó como una losa encima: ya no éramos de pareja. No desde hacía tiempo. Solo que ninguno había tenido los cojones de decirlo en voz alta. Somos compañeros de piso con beneficios que ni siquiera usamos. Dos náufragos agarrados a la tabla rota de un alquiler asequible. Nos une más el wifi que el amor. Y no sé cuándo pasó. No hubo infidelidad, ni gritos, ni platos rotos. Solo... la lenta erosión de los días. Quizás la monotonía mata más relaciones que el porno y las suegras juntos.
Lo peor fue que después del café, decidimos ir a cenar. Como si no bastara con una tarde incómoda, como si todavía tuviéramos que fingir que nos apetecía pasar más tiempo juntos. Y claro, todo fue a peor. El camarero tardó, la comida estaba fría, ella volvió a quejarse y yo me aferré a la cocacola como si ahí dentro estuviera la respuesta a todo. No hablamos casi nada. Solo se escuchaba el ruido de los cubiertos, alguna frase suelta, comentarios del tipo “el pan está duro” o “mañana hará viento”.
Hemos vuelto a casa caminando como si hubiéramos salido de un tanatorio. Cada uno en su nube de mierda. Al acostarnos nos dimos un beso por inercia. uno de esos besos que das como quien marca la casilla de “he cumplido”. Sin ganas, sin saliva, sin nada. Dormimos en la misma cama, pero hace meses que no estamos en la misma historia. Solo que ninguno lo dice. Porque da pereza. Porque romperlo todo requiere energía, y ya no nos queda ni eso.
Supongo que así se muere nuestra relación. No con una explosión, sino con un bostezo.
Ahí me cayó como una losa encima: ya no éramos de pareja. No desde hacía tiempo. Solo que ninguno había tenido los cojones de decirlo en voz alta. Somos compañeros de piso con beneficios que ni siquiera usamos. Dos náufragos agarrados a la tabla rota de un alquiler asequible. Nos une más el wifi que el amor. Y no sé cuándo pasó. No hubo infidelidad, ni gritos, ni platos rotos. Solo... la lenta erosión de los días. Quizás la monotonía mata más relaciones que el porno y las suegras juntos.
Lo peor fue que después del café, decidimos ir a cenar. Como si no bastara con una tarde incómoda, como si todavía tuviéramos que fingir que nos apetecía pasar más tiempo juntos. Y claro, todo fue a peor. El camarero tardó, la comida estaba fría, ella volvió a quejarse y yo me aferré a la cocacola como si ahí dentro estuviera la respuesta a todo. No hablamos casi nada. Solo se escuchaba el ruido de los cubiertos, alguna frase suelta, comentarios del tipo “el pan está duro” o “mañana hará viento”.
Hemos vuelto a casa caminando como si hubiéramos salido de un tanatorio. Cada uno en su nube de mierda. Al acostarnos nos dimos un beso por inercia. uno de esos besos que das como quien marca la casilla de “he cumplido”. Sin ganas, sin saliva, sin nada. Dormimos en la misma cama, pero hace meses que no estamos en la misma historia. Solo que ninguno lo dice. Porque da pereza. Porque romperlo todo requiere energía, y ya no nos queda ni eso.
Supongo que así se muere nuestra relación. No con una explosión, sino con un bostezo.