Sí, cómo olvidar a Nataliya, una pedazo de hija de satanás, criatura radioactiva producto del mestizaje maligno entre el vil eslavo y el cruel tártaro envilecida con el abyecto mal gobierno del ocaso de la desunión soviética.
Resulta que una vez en cuarto de primaria saqué un 5 en matemáticas y mi padre me pegó un palizón, para jolgorio de Nataliya, la diabólica criatura ucraniana que decía ser de mi edad aunque siempre sospeché que era una adolescente o quién sabe si adulta de reducido tamaño, una embaucadora que mis padres tenían apadrinada en verano por lo del tema de Chernóbil y decidieron alargar su estadía porque era una genia de las matemáticas y del ajedrez que no tardó en camelárselos, a ellos y a mi abuela, con sus embustes y argucias materialistas y su envidia de clases. Encima mis padres no se cortaban un pelo, decían tan tranquilamente delante de mí, su hijo biológico, cosas como “mira a Nataliya qué bien se le dan las matemáticas”, “Nataliya ganando torneos de ajedrez y tú todo el día en la calle”. Y lo que más me dolió, el día que mi abuela dijo “mira Nataliya todo lo que ha conseguido a su edad y tú no tienes ni mierda en las tripas”.
Poco después del 5 saqué un 4, y después un fatídico 3 que devastó por completo mi etapa pubescente. ¿Pero cómo iba a estudiar yo con semejante arpía metida en casa? De nada me sirvió esconder el examen dentro de la catalítica que tenía mi abuela para calentarse los pies, la muy hija de puta ucraniana lo vio y se rió en mi puta cara y yo le dije llorando y suplicando “no se lo digas a mi papá” y ella simplemente dijo “bueno, bueno, bueno… tráeme un vaso de zumo del frigorífico” y maldita la hora en que caí en sus garras porque a partir de ahí fue de mal en peor, al rato me pidió mi gueimboi y le dije que no, eso sí que no y le bastó un “me lo das o… el tres” para caer en sus fatídicas redes. Los días siguientes fueron peores, me empezó a pedir de todo, incluso si mi padre estaba delante y me negaba a hacerlo simplemente hacía el gesto del tres con los dedos y yo como un esclavo rendido a su señor sádico y cruel a hacer todo lo que me pedía. Me tenía efectivamente cogido por los huevos, una vez hasta me obligó a bailar desnudo para ella, que yo siempre he sido un poco voyeurista. No voyeurista no, lo otro, a ver si me sale: exhibicionista, eso, y me empalmé y soltó una carcajada maléfica y me empezó a pegar escobazos en la espalda.
Pues la muy hija de puta no se conformó con joderme el verano y parte del otoño, un día antes de irse cuando estábamos cenando en familia va y empieza a decir que se lo había pasado muy bien y que muchas gracias por todo y va y dice así como quien no quiere la cosa “y tú a ver si te olvidas del 3, que no se acaba el mundo” y mi padre “pero cómo que un tres, si fue un cinco” y no tuve más remedio que confesar y de la hostia que me dio salí disparado hacia la pared como un triste moñeco.
Fragüé mi venganza esa misma noche, como sospechaba que era una mujer hecha y derecha hurgué en su maleta proletaria hasta dar con la bolsa de la ropa sucia y cogí una de sus bragas que tal y como suponía tenían restos de sangre menstrual y esperé al día siguiente cuando me dejaron solo en casa castigado y se fueron todos al aeropuerto a llevarla y a despedirla para restregar la sangre en una figura de la Virgen que tenía mi abuela metida en una urna de madera y cristal y escribí en cirílico Союз Советских Социалистических Республик, tal como vi en el libro gordo de Petete y cuando mi abuela volvió y vio aquello hizo el amago de pegarme y yo dije “yo no sio, yo no sio” y empezó a oler acercando su narizota de vieja pelleja y dijo “esto es sangre de coño, esa hija puta atea comunista ha profanado a mi Virgen de los desamparados y ha escrito algo en su idioma comunista” y menudo cabreo cogieron mis padres. No volvieron a llamarla al verano siguiente. Al menos estaba buena.