Ya ha explicado más de una vez que yo tengo a dos tíos solteros, uno de ellos quedóse moñeco el verano pasado, que vivían en una casa de campo medio caída, y cuando iba a visitarlos me recibían con la ropa raida y sucia, y con aliento a mofeta. Por supuesto no me quedaba comer allí, si no ahora no estaría contándolo.
Y ese lavabo parece el de la suite del hotel Ritz en comparación con el que tenían ellos. Siempre recuerdo uno de los lavabos, la casa tenía dos, donde tenían un truño de caca flotando desde hacía años porque se estropeó el retrete y no se preocuparon por llamar a nadie para arreglarlo. Y cada vez que entrabas, aunque fuera para lavarte las manos, allí te encontrabas de frente el chorongo, que ya ni olía.
Y luego tenían una especie de mueble en el comedor donde acumulaban revistas porno, algunas de ellas rescatadas de la basura, y toda clase de artilugios como un plato con la comida podrida y pegada, que probablemente estaba allí desde los tiempos de la Transición. Y, por supuesto, ninguno de los dos trabajaba, y solo uno de ellos percibía paguita, que es el que sigue vivo, y era por problemas mentales. El otro decidió dejar de trabajar diez años antes de su óbito, porque entendió que era más cómodo y provechoso alcoholizarse y fumar dos o tres paquetes de tabaco al día.
Y podría contar más ejemplos, el caso de un follagordas que se casó porque pagó 100.000 cucas de hace veintitantos años, y al que esa misma tipa abandonó unos años después para irse con otro más listo, con más dinero y, probablemente, con un troncho de carne más grande. Pues bien, este jambo terminó viviendo literalmente (brou) bajo toneladas de basura. Lo curioso es que nunca estaba en casa, siempre en un bar de carajilleros, el clásico bar Paco, de al lado de donde vivía. Allí se alimentaba a base de tapas y raciones mugrosas. Una vez subí a su casa, trabajó conmigo y llegamos a forjar cierta amistad, y para entrar en el comedor tuve que hacer un triple salto mortal sorteando la basura que subía del suelo más de un palmo. Una risión absoluta. No se atrevió a ofrecerme nada, pero el hecho de invitarme a pasar a semejante estercolero y que se la sudase, decía bastante de él. Una gorda con 65% de discapacidad intelectual lo convenció para caparse. Una tipa gorda que llevaba una malla para que las lorzas abdominales no terminaran a la altura de sus tobillos, con la que se lió poco después de divorciarse. Su casa era un reflejo del desastre que era su vida.
Nada más por el momento.