Jacques de Molay
Freak total
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¿Eran los romanos unos libertinos? Huelga decir que sí, más o menos igual que nosotros, sólo que algunos de ellos pudieron permitirse el lujo de hacer realidad sus fantasías y recorrer un buen tramo del camino del exceso. A lo largo de la historia hay muchos otros ejemplos de libertinaje, pero tiene un no sé qué nostálgico recordar esas “fiestas toga” - tal vez se deba al nocivo influjo de John Belushi sobre nuestras mentes en la adolescencia.
En los tiempos austeros de la República, en Roma se guardaban mucho las buenas costumbres. De hecho, los senadores prohibieron las bacanales porque eran algo escandaloso, no obstante, un par de siglos después no habrían escandalizado ni a las vírgenes vestales (el equivalente romano de las madres ursulinas). En efecto, llegó el Imperio y el talante y las costumbres se relajaron. Putas, manfloritas y demás ralea empezaron a hacer su agosto. Los tiempos estaban cambiando.
Ya de César se decía que era el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos. Mientras sus legionarios lo ensalzaban como el putero calvo, sus enemigos extendían el rumor de que había servido de bardaje al rey de Bitinia, cuando era joven. Sonado fue su “affaire” con Cleopatra, reina de Egipto, de quien se dice que se la chupó en una noche a cien hombres (el bukkake y el gangbang ya estaban inventados).
Con Augusto se mantuvieron las apariencias, aunque sus adversarios le acusaran de sodomita, perpetrara diversos adulterios y desflorara las doncellas que su propia mujer le facilitaba (una pequeña confirmación de la razón que tenía Mel Brooks cuando nos aseguraba que "es bueno ser rey"), pero sus sucesores fueron de mal en peor.
Tiberio fue el primero que realmente inició esta carrera sin freno hacia la perversión. En su villa de Capri se entregaba a todo tipo de depravaciones con su pandilla de “spintrias”, jovenzuelos desviados con cuyos culos practicaba el Medioevo. Además, era un cerdo pedófilo de la peor condición. Se dice que el verso de una farsa atelana “el viejo cabrón lame a las cabras los genitales” era una alusión directa a sus inocentes aficiones.
Tiberio tuvo un alumno aventajado en Calígula. Algunos recordarán la película de Tinto Brass sobre él, película que se queda muy corta considerando los extremos a los que llegó nuestro héroe. Le iba la carne y el pescado y se jactaba en público de esas proezas amatorias. Cometió incesto con sus dos hermanas, aunque tenía cara de no haber roto un plato.
Era un putero convicto y confeso y se beneficiaba a las mujeres en presencia de sus maridos (no estaba la cosa como para negarse). Además, para sanear las finanzas del Imperio, pretendió poner impuestos sobre los prostíbulos e incluso que se pagara por holgar aun dentro del matrimonio - afortunadamente para el senado y el pueblo de Roma fracasó en su intento. Al menos se desquitó prostituyendo las esposas de los notables de la Ciudad.
De Claudio poco puede decirse en este sentido, era de gustos corrientes, aunque estuvo casado con una sobrina suya. En cambio, de Mesalina, su anterior mujer, mucho se ha escrito y no precisamente bueno, baste recordar que era más puta que las gallinas, hasta el punto de que muchas noches salía de palacio disfrazada y se prostituía por los lupanares de Roma, mientras el viejo Claudio dormía a pierna suelta.
Nerón retomó las buenas costumbres de Calígula. Como al personaje de Craso en “Espartaco”, gustaba de las ostras y de los caracoles. Llegó a violar a una virgen vestal, cosa inaudita. Obligó a su amante Esporo a que se operara - como la cirugía no estaba al nivel de ahora, la cosa se quedó en un corte de gónadas. Pero Nerón era un moderno, un adelantado a su tiempo, así que, operado su querido Esporo, celebró con él una pantomima de boda. Tiempo después se casaría también con su liberto Doríforo, adoptando Nerón en este caso el papel de esposa. Nadie dudaba tampoco que se hubiera intentado acostar con su propia madre, aunque no está tan claro que lo consiguiera, porque se buscó a una cortesana que era clavadita a la madre que lo parió.
Ideó un nuevo fetichismo, se disfrazaba de animal y se abalanzaba por igual sobre los genitales de mujeres y hombres atados a un poste – como vemos, nada nuevo hay bajo el sol, el bondage no lo inventaron ni Betty Page, ni las portadas de los Weird Tales. Una vez satisfecha su hambre (especialmente repulsiva, por cuanto en la época romana el sexo oral era considerado lo más degradante para el lamedor), el césar se dejaba porculizar por el bueno de Doríforo. Pero todo esto no debe extrañarnos, Nerón decía que no había ningún hombre casto o que mantuviera virgen alguna parte de su cuerpo, sino que la mayoría disimulaba el vicio y lo ocultaba astutamente. Como él era el césar ninguna necesidad tenía de disimulos.
Los siguientes emperadores, bien porque duraron poco, bien porque eran de otra pasta o más discretos, no nos llaman la atención en este aspecto, hasta que Domiciano vuelve a las andadas. Era un follador compulsivo y gustaba tanto de los coños rasurados que se encargaba él mismo de depilar a sus concubinas (aunque no seré yo quien le censure por ello). Este modélico emperador promulgó leyes contra el adulterio y el aborto y predicó con el ejemplo al preñar a la hija de su difunto hermano Tito y obligándola a abortar, lo que acarrearía a la postre la muerte de la joven.
Después de Domiciano, vino el siglo de los Antoninos, poco dados a estos escándalos, y, si olvidamos algunas conductas desviadas de Adriano, no será hasta Cómodo, al que todos conocemos gracias a “Gladiator”, cuando empezará de nuevo la fiesta. Pero esto lo dejaremos para mejor ocasión, si los dioses son propicios. Ahora, agenciémonos unas coronas de laurel y limitémonos a gritar:
¡Toga, toga, toga!

