Había que matarlos a todos

P

pulga

Guest
No quedaba otro remedio: había que matarlos a todos.

Esta es la única frase que merece la pena. Es la frase del ultimo hombre. Es la frase de Leone, de Peckimpah, de Scorsese, de Walter Hill. Es la que jamás dijo el Wayne de Ford. Es la frase por la que yo voy al cine, porque la digan rostros diferentes en tiempos paralelos. Para que la digan con la firmeza de un revolver humeante y para que veamos el boquete de la bala, para que sepamos cómo se tensa un brazo que va a disparar contra cuerpos que bailotean cuando les entra el plomo ardiente, amparado en maravillosa trilogía: porque la vida vale una mierda, porque la vida es para morirse, porque la vida es negocio.

¿Da la vida eterna el celuloide? Ido el cuerpo y la existencia, queda la imagen de Greta garbo, enamorada y engañada, bella en un pasado lejano, abominable por imposible. Abominable es no moriri nunca, quedar siempre allí (ochos euros que incluyen un folleto escrito por un imbécil en el quiosco de la esquina) para conocimiento de generaciones venideras; un cuerpo, una voz, una persona que no descansa, en esa trivial inmortalidad de los seres humanos, tan indecorosa, tan fraudulenta, tan atea. Toda una responsabilidad, una labor, un esfuerzo.

Qué distinto el destino de los cinéfilos indoctos, en sus pueblos grises y españoles, en la misma butaca de siempre (en la que la muerte tenía un precio), que d elos nombres en inglés hicieron un glamour de consonantes y vocales tercamente castellanizadas: un ocio de cabreros solitarios, al margen de la vacilante fortuna de la realidad, prefiriendo la hermosa impasibilidad -los grandes impasibles se sientan en las frías butacas de un cine para hombres póstumos donde las chapas numeradas de los asientos tienen un brillo funeral y suave- y dejando la acción y la intemperie a esos otros, a esas imágenes graciosamente en movimiento. Vanse a la una de la madrugada, bien orinados en lso portuarios y gélidos retretes del cinematógrafo donde chillan agonizantes cisternas, por una calle empedrada de una ciudad de provincias en que da la lluvia seca y minúscula, esperando que llegeu el día en que las películas acaben mal y muera el protagonista, y se ensombrezca o se enfríe ese reguero de mujeres desnudas que es el cine, reguero de mujeres desnudas que fornican siempre con los otros, pareciéndoles ésta la única realidad del mundo, su penetrante veneno: que las mujeres hermosas (Cheshire katua incluída) se van siempre con otros. Así parecen, cuando se alejan bajo sus abrigos sin nadie, y nocturnos, el bueno, el feo y el malo.

-¿Quién era Harry Grey?, pregunta el bueno.

-¿A quién le importa?,añade el feo.

-A nadie, contesta el malo.
 
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