HombrePollo
Veterano
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Irritada por los calzones, carcomida por las ladillas que de lustro en lustro ven llegar los rayos del sol, mi entrepierna clamaba por ser descubierta. La atmósfera reinante en tal microcosmos era asfixiante e intensamente escatológica, pero sin embargo me gustaba. Ni un solo pelo se hallaba entre tal maremagnum de abundancia fisiológica, en la cual mujeres y bestias de todo tipo se habían acurrucado ansiosas de su nectar.
Pero hoy no era un día corriente, mi soldadito, mi tesoro, mi dionisio reencarnado, aún no se había puesto en firme. Inmóvil observé que aquel enorme trozo de carne, aparentaba estar vacío, hueco, sin energías. Mis huevos le acompañaban encogidos y arrugados como pasas. Aquello había que solucionarlo.
A medida que mi mano se deslizaba por el tronco del arbol de la vida, una gota de rocío aparecía en su copa. El miembro antes inerte comenzaba a recuperase, su color volvía a ser vivo y llamativo. El hermoso glande, grisaceo y arrugado antes, sonrrosado e inflamado ahora, parecía querer salir de su confinamiento, mirándome con su ojo como si de un presidario que al fin obtiene la libertad se tratase. Gracias al manoseo, mi polla comenzaba su camino hasta las estrellas, donde con paso lento pero firme, se exhibía brillante y erguida.
Y sin embargo, no me corría, mi glande del intenso frotamiento comenzaba a hechar humo, con el frenético movimiento y mi frenillo a punto de rasgarse ante el sube y baja continuo, que hacía surgir el esmegma acumulado entre los pliegues de tan laberíntico prepucio. Hijos de puta, a vosotros os llamo, que no es el mundo un estanque de felicidad eterna en donde las musas se bañan con sabo. Dejad en vuestros huevos toda la leche fruto de vuestra castidad y dejad de ensuciar la toalla con la que os limpiais tales fluidos. Y si os sentís cachondos, no os corrais, tan solo pajearos un poco.
Y no os la toquéis más, que así es la polla.
Pero hoy no era un día corriente, mi soldadito, mi tesoro, mi dionisio reencarnado, aún no se había puesto en firme. Inmóvil observé que aquel enorme trozo de carne, aparentaba estar vacío, hueco, sin energías. Mis huevos le acompañaban encogidos y arrugados como pasas. Aquello había que solucionarlo.
A medida que mi mano se deslizaba por el tronco del arbol de la vida, una gota de rocío aparecía en su copa. El miembro antes inerte comenzaba a recuperase, su color volvía a ser vivo y llamativo. El hermoso glande, grisaceo y arrugado antes, sonrrosado e inflamado ahora, parecía querer salir de su confinamiento, mirándome con su ojo como si de un presidario que al fin obtiene la libertad se tratase. Gracias al manoseo, mi polla comenzaba su camino hasta las estrellas, donde con paso lento pero firme, se exhibía brillante y erguida.
Y sin embargo, no me corría, mi glande del intenso frotamiento comenzaba a hechar humo, con el frenético movimiento y mi frenillo a punto de rasgarse ante el sube y baja continuo, que hacía surgir el esmegma acumulado entre los pliegues de tan laberíntico prepucio. Hijos de puta, a vosotros os llamo, que no es el mundo un estanque de felicidad eterna en donde las musas se bañan con sabo. Dejad en vuestros huevos toda la leche fruto de vuestra castidad y dejad de ensuciar la toalla con la que os limpiais tales fluidos. Y si os sentís cachondos, no os corrais, tan solo pajearos un poco.
Y no os la toquéis más, que así es la polla.