Partido Socialista Obrero Español (Pedro Sánchez)

Granada siempre más.
 
El 5 de octubre de 1934 estalló la Revolución de Asturias, una insurrección obrera que formaba parte de la huelga general revolucionaria organizada por el PSOE en toda España y que sólo arraigó completamente en Asturias con el objetivo de derrocar al gobierno democrático de la República. Fue duramente reprimida por el gobierno y a pesar de ser derrotada, la Revolución de Asturias se convirtió en casi un mito para la izquierda obrera española y europea, a la altura de la Comuna de París o el Sóviet de Petrogrado de 1917, ya que fue la «última revolución social del occidente europeo».

"Las cosas en su punto. No es verdad que en Sama los revolucionarios se comieran a un cura guisado con fabes; no es verdad que en Ciaño despanzurraran a la mujer de un guardia civil y le hundiesen un tricornio en las entrañas; no es verdad que el cadáver de un capitán de la Guardia Civil fuese expuesto en el escaparate de una carnicería con el letrero 'Se vende carne de cerdo'. Pero ¡cuidado! Es verdad que en Sama fue asesinado un sacerdote; es cierto y verdad que en Ciaño cayó muerta a balazos la mujer de un guardia civil; y es verdad que un capitán, y no solo un capitán, sino otros varios oficiales, han sido asesinados".

"Hay que poner las cosas en su punto. No porque los revolucionarios merezcan atenuantes para sus crímenes, sino porque creo firmemente que, a la larga, todos esos detalles de la barbarie, positivamente falsos, provocarán una reacción favorable a los revolucionarios. Si se ha dicho que en Sama se comieron un cura y luego resulta que no se lo comieron, sino que lo asesinaron y dejaron el cadáver abandonado dos días en una calle, parecerá que el crimen es menos execrable de lo que realmente fue".

Sirvan de introducción a esta pieza las palabras del más lúcido y honesto periodista de su tiempo: Manuel Chaves Nogales (1897-1944), quien junto a Josep Pla y José Díaz se convirtió en el gran testigo de la revolución de Asturias, uno de los episodios más tristes de nuestra historia contemporánea y aperitivo de la Guerra Civil. El balance en dos semanas fue espantoso: casi 1.500 muertos, una durísima respuesta militar ordenada por la República y encabezada por Franco en nombre de la España de la tricolor y más de 30.000 prisioneros.

La Segunda República fue bien recibida por la mayoría de los españoles. La democracia se instalaba en España. Imperfecta, repleta de fugas, pero democracia al fin y al cabo. No obstante, entre los elementos más izquierdistas, principalmente comunistas y anarquistas, pronto se generalizó la concepción de que el Gobierno de Manuel Azaña se mostraba demasiado tímido en sus reformas, sobre todo en las relativas al campo. Los sucesos de Casas Viejas, en enero de 1933, fueron el máximo exponente del hartazgo. Veinticinco personas perdieron la vida, y la brutal represión del capitán Manuel Rojas precipitó la caída de Azaña, dividió a la izquierda y sirvió de espaldarazo a las derechas. En Casas Viejas se instaló la mecha, durante la revolución de Asturias se prendió y se puso la dinamita, y todo acabó saltando por los aires el 18 de julio de 1936, con el inicio, como bien dijo Andrés Trapiello en su indispensable Las armas y las letras, "de la guerra civil más pregonada de nuestra historia".

El PSOE también consideraba que el Gobierno no estaba acometiendo suficientemente rápido las reformas que consideraba pertinentes, a pesar de que durante la mayor parte del primer bienio republicano fue cauteloso. Lo que realmente temían los socialistas, que estaban en el Ejecutivo de coalición, era perder su parcela de poder. Largo Caballero, entonces líder del PSOE, emprendió un claro camino hacia la radicalización que provocó fuertes desavenencias internas. La más sonada, la que tuvo con Julián Besteiro, quien fue apartado de la ejecutiva y denunció el advenimiento de "una verdadera pesadilla" con los derroteros que llevaba la formación.

En las elecciones de noviembre de 1933, en las que por primera vez en la historia de España pudieron votar las mujeres. La insoldable división de la izquierda facilitó la victoria de las derechas, y a Clara Campoamor, principal sufragista, hubo cierto sector progresista que jamás le perdonó su labor porque relacionaron el auge del conservadurismo con la introducción del voto de la mujer, influenciada, decía, por la Iglesia.

El presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, encargó la constitución del gobierno al líder del Partido Republicano Radical, Alejandro Lerroux. Su formación fue la segunda más votada, pero consiguió los apoyos de Renovación Española, una fuerza monárquica. La CEDA, el partido más votado, decidió facilitar la gobernabilidad, aunque más tarde se cobraría el peaje. Los elementos izquierdistas desconfiaban y los movimientos obreros comenzaron a hacerse fuertes, alentados por un Largo Caballero ya desatado: "¿Armonía? ¡No! ¡Lucha de clases! ¡Odio a muerte a la burguesía criminal!" diría el dirigente socialista.

"Los hunos y los hotros" de Unamuno aún no habían empezado a desangrarse, pero sí a envenenarse. Cierto es que España veía cómo las fuerzas reaccionarias llegaban a los puestos de poder, pero no lo es menos que el PSOE no respetó la voluntad popular de las elecciones y optó por abandonar la vía sobre la que se sustenta cualquier democracia: la parlamentaria. Asomaba, amenazante, "la dialéctica de los puños y las pistolas" de José Antonio Primo de Rivera.

Largo Caballero, a cargo del liderazgo de UGT y el PSOE, es decir, con los aparatos sindical e ideológico en su poder, fue el encargado de extender la Alianza a lo largo de toda España. La CNT, no obstante, mostraba sus reticencias a la hora de convivir con socialistas y comunistas. De manera paralela, el Gobierno de Alejandro Lerroux encadenaba sucesivas crisis. Cuando llegó octubre de 1934 y el Ejecutivo sufrió otra más, a Lerroux no le quedó más remedido que dar entrada a la CEDA en su gabinete. Así ocurrió el 4 de octubre. La formación reaccionaria se hizo con tres carteras ministeriales. Era la señal definitiva. La Alianza Obrera dio luz verde. Tan solo unas horas después del anuncio, durante la madrugada del 5 de octubre, estallaba lo que querían que fuera una revolución a escala nacional. No obstante, los focos insurrectos fueron rápidamente extinguidos en casi todo el país. En Madrid la organización obrera era totalmente precaria, y en Barcelona Lluís Companys aprovechó la coyuntura para proclamar la independencia de Cataluña, lo que desvió a los 'revolucionarios' del objetivo primigenio. Solo en Asturias triunfó... porque fue el único rincón de España en el que la CNT fue de la mano de los socialistas.

Aunque la revolución estalló de manera coordinada en toda Asturias, pronto se dejaron notar las desavenencias entre socialistas, comunistas y anarquistas. El movimiento fue implacable en la cuenca minera (Mieres, Langreo, Lena...), donde los revolucionarios se hicieron en pocas horas con los cuarteles de la Guardia Civil, asesinando a decenas de agentes.

La exigua presencia militar facilitó el aprovisionamiento de los revolucionarios, que en apenas tres días consiguieron tomar la fábrica de armas de Trubia, la de La Vega y dos de dinamita y explosivos, cerca de Oviedo. Esto permitió que se incautasen de decenas de miles de fusiles y de una buena batería de cañones. El objetivo de los revolucionarios era claro: tomar Oviedo y proclamar la dictadura del proletariado. Por ello, una vez controlados los concejos y principales enclaves de la cuenca minera, los insurrectos enviaron hombres a la ciudad. Para el día 9 de octubre, habían tomado el ayuntamiento, el cuartel de carabineros y el de la Guardia Civil y la estación de ferrocarril, además de las fábricas de armamento y la sucursal ovetense del Banco de España. No obstante, a pesar de que se llegó a reunir un Ejército Rojo asturiano de 30.000 hombres, la capital nunca llegó a caer tanto por la desorganización de los mineros como por la resistencia numantina de una guarnición de unos 1.000 hombres que se refugió en los cuarteles de Pelayo y Santa Clara a la espera de una respuesta gubernamental.

La medida más notoria que tomaron los mineros entonces fue la supresión del dinero y la puesta en marcha de un sistema de vales para canjearlos por comida y ropa. Más allá de eso, no fueron capaces de construir el viaducto que lleva de las palabras a los hechos. Sí, en cambio, aprovecharon la coyuntura para saciar sus rencillas personales. Nada como una revolución, especialmente en lugares pequeños, como excusa para tomarte la justicia por tu mano con el vecino que un día te fastidió.

Los momentos inmediatamente posteriores a la insurrección también sirvieron para demostrar que la unión férrea de la Alianza Obrera resultaba, al fin y al cabo, quimérica. Los diferentes movimientos izquierdistas acabaron por supeditar la causa general a sus intereses ideológicos particulares. Así, se da la paradoja de que, una vez controlado, en Sama se implantó el socialismo integral. A dos kilómetros de allí, en La Felguera, triunfó el comunismo libertario.

Nada más tener lugar la insurrección, se constituyó un comité revolucionario capitaneado por los viejos militantes socialistas que apenas duró cuatro días. El cerco de las tropas gubernamentales, que iban ganando cada vez más terreno sin mayores complicaciones, y la noticia de que había fracasado la revolución en España hicieron que creciera el desaliento entre los insurrectos. El comité pasó a manos de las juventudes socialistas y los comunistas, ambos con un ánimo mucho más impetuoso y extremista. Había que dar un golpe contundente. A sus mayores, los más jóvenes los acusaron de blandura, especialmente en el trato de prisioneros. El primer paso para el impulso de la revolución estaba claro: había que asesinar a los presos.

La respuesta del Gobierno no se hizo esperar y fue implacable. Las operaciones las dirigió el general Francisco Franco desde Madrid, en colaboración con el general Manuel Goded. Fue el futuro dictador quien recomendó a los mandos gubernamentales movilizar a las tropas de la Legión y de Regulares desde el Marruecos colonial.

Desde Madrid se temía que los destacamentos peninsulares pudieran simpatizar con la causa revolucionaria y se amotinasen, por lo que la decisión de Franco fue toda una declaración de intenciones: los hombres de Marruecos tenían poco contacto con la Península, por lo que su obediencia estaba garantizada, y era proverbial el prestigio del que gozaban tras 16 años protagonizando una lucha encarnizada en la guerra del Rif. En otras palabras: su experiencia en combate era óptima. La revolución iba a cortarse de raíz.

El Ejército se abrió paso por cuatro frentes: por el sur, con el avance a través del puerto de Pajares comandado primero por el general Bosch y finalmente por el general Balmes; por el norte, con el desembarco en Gijón de legionarios y regulares al mando del teniente coronel Yagüe; por el oeste, con una columna comandada por el general López Ochoa, que entró en Oviedo con 300 hombres; y por el este, a través de Santander, con una columna procedente de Bilbao al mando del teniente coronel Solchaga. A todo ello se une el apoyo desde el mar de los buques de guerra, que hostigaron ciudades como Gijón, y los bombardeos de la aviación, que, junto a la utilización de dinamita por parte de los revolucionarios, casi borran Oviedo del mapa.

Los insurrectos, víctimas del hastío y las fricciones internas, no pudieron contener el avance de las tropas. El día 13 de octubre Oviedo era recuperada en su totalidad por el Gobierno, y se iniciaron las negociaciones entre el general López Ochoa y el líder socialista y sindical Belarmino Tomás para acordar la rendición de la cuenca minera, el último reducto de los revolucionarios.

La rendición se produjo "sin condiciones", si acaso una, "a modo de ruego", como contó en una entrevista el propio general López Ochoa y confirmaron los revolucionarios: que en los pueblos de la cuenca minera no entrasen en vanguardia los Regulares porque, aunque trató de taparse, las masacres cometidas por los africanos sobre insurrectos y población civil de los barrios obreros de Oviedo eran conocidas. Al general jamás le perdonaron su papel en la respuesta del Ejército. Con la llegada del Frente Popular al poder en 1936 fue encarcelado, y tras el estallido de la Guerra Civil, a pesar de no jugar ningún papel en la sublevación, los milicianos entraron en el hospital militar de Carabanchel, donde convalecía, lo decapitaron y pasearon su cabeza clavada en una pica por Madrid.

El balance de esos 14 días es terrible: casi 1.500 muertos y 30.000 prisioneros, entre ellos Largo Caballero, quien fue imputado por un delito de rebelión. No obstante, sus abogados lograron que fuese juzgado por el Supremo dada su condición de diputado. La Fiscalía pidió para él 30 años de prisión, pero el juez lo absolvió por falta de pruebas. También fue arrestado el expresidente Manuel Azaña, quien pasó 90 días en la cárcel y fue también exonerado de toda culpa por el mismo motivo.

La represión del Gobierno tras la revolución de Asturias no se limitó a esos días de octubre, sino que se extendió a lo largo de meses, lo que contribuyó a aumentar la inquina entre los elementos izquierdistas. Lo cuenta, lúcida, Clara Campoamor en su “La revolución española vista por una republicana”, un libro que la sitúa en la ejemplar y oprimida tercera España.

Indalecio Prieto, otro de los instigadores de la revolución, se marchó a París antes de que se iniciase y, ya en el exilio tras la guerra civil, pidió perdón por su participación. "Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación de aquel movimiento revolucionario. Lo declaro, como culpa, como pecado, no como gloria", dijo en una conferencia en la Ciudad de México en 1942.
 

La UCO, no bulos y desinformación y blao.


El PSOE se quería cargar literalmente a una jueza.
 
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Hay que ir cambiando el nombre del hilo por Organización criminal SOE
 
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¡¡Qué gestión la del gobierno de la gente!!
 
¿Pero es que no puede estar la PSOE un par de horas sin cometer un puto delito?

Pero no ves que son de izquierda? La izquierda verdadera que me lo ha contado @Vinchen Cushing!!

Todo lo demás, es fascismo. Asi que o estás a favor de estos ladrones y miras para otro lado cuando roban o literalmente, eres un nazi y fuera de nuestros barrios blablabla

Que hastio de todo este sin sentido eh
 
Editado cobardemente:
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Menos mal que queda el poder judicial aún neutral para cargarse las cacicadas del gobierno de la gente.
 
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