Además de la heroína, allí probé por primera vez el popper, que traía el
hermano de Suiza, donde trabajaba unos meses al año. A mí el punto de
droga de aquello me parecía bien extraño, un latigazo fuerte que te
hacía perder la cabeza y te ponía taquicárdico perdido. El hermano me
dijo que aquello era para follar mejor, que así no te dolía cuando te
daban por culo, y que también era bueno para bailar, que sentías la
música en todo el cuerpo, sobre todo la música disco.
Una vez que ellos no estaban en casa, me fui al frigorífico, donde
guardaban aquel frasquito gris marengo plateado, cogí un bote de
especias de cristal, de ésos que tienen la base del tamaño de un glande
considerable, y me fui a la habitación, a follarme. Al principio,
incluso con popper, costó meter aquello, pero continué inhalando algunas
veces más, y
con el frasco de los oréganos colgando del ano, empecé a
sentirme en las nubes. Aquella subida de sangre en la cabeza, aquel
palpitar de los esfínteres con el pseudonabo incrustado me puso a tope.
Definitivamente, lo mío era el placer anal. Fui variando las
combinaciones: unas veces con las especias, otras con zanahorias, hastaq
que llegué a los pepinos. Y allí te ves a rafaelito de culo en popa,
esnifando como un loco el tarro de popper, pasmado con las pollas
descomunales de los chulos de Tom of Finland y con un pepino bruto
dejándole los esfínteres completamente descolgados.
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