Que hoy niegues a Dios, peques con perseverancia o te burles de la fe no prueba que estés condenado, sino que estás herido. La blasfemia contra el Espíritu Santo no es caer, sino cerrarse definitivamente a la misericordia. Mientras alguien pueda decir "ya no creo" o "ya no me importa", todavía no ha cerrado la puerta, porque Dios no la cierra primero.
San Agustín lo dice con crudeza y esperanza:
"Dios juzga imposible solo aquello que el hombre rehúsa pedir."
Y San Juan Crisóstomo añade:
"Aunque caigas mil veces al día, levántate otras tantas: la misericordia de Dios no se agota."
La fe cristiana no empieza cuando el hombre es puro, sino cuando deja de mentirse diciendo que no necesita ser salvado.
Si Dios no existiera, nada importaría.
Pero si existe (y existe) tu historia aún no está terminada.