Estar de pie tranquilo, recuperándose uno, tras un running intenso de 15 minutos, y de repente oír un ruido y ver un Stamford de esos asquerosos dando vueltas alrededor de mis piernas, todo cachas a lo Tyson, sin bozal, y con cara de asesino, no tiene precio. Y encima tengo que aguantar como la SUBNORMAL de la dueña (mora, no muy guapa, culo gordo y...¡con una camiseta del Madrid!) va andando a dos por hora, a veinte metros, soltando cuatro grititos al perro para que no me arranque las rodillas.
Al pasar la mora, no me he dignado a dirigirle la palabra, pero le he echado una mirada que daba a entender que gustosamente le habría metido un guantazo con la mano abierta.