Me he puesto esta camisa negra demasiadas veces ya en esta legislatura.
Como liberal convencido que soy, a un Estado le pido bien poco: que se aparte para dejar que sus compatriotas florezcan, que defienda la propiedad privada y, sobre todo, que impida que su gente muera.
El sanchismo ha demostrado su absoluto fracaso en esos tres pilares fundamentales y, lamentablemente, se va a despedir de ustedes por la puerta grande.
El Gobierno de Sánchez ha gozado del raro privilegio de contar con más dinero que ninguno en toda la democracia. Ha sabido convertir el Estado en un eficaz y despiadado recaudador de impuestos y en un soberbio pedigüeño en Europa.
Sin embargo, ni siquiera el más convencido socialista sabrá encontrar un solo servicio público, uno, salvo el Ministerio de Hacienda, que funcione mejor desde que Sánchez sentó su hediondo culo en la poltrona de Moncloa.
En cambio, Sánchez se ha empeñado en dilapidar ese dinero de un modo absolutamente inconcebible.
Quiero recordar aquí el rescate de Plus Ultra por unos 750 millones, las pérdidas millonarias de Correos, que superan los 1.250 millones, las incomprensibles ayudas a terceros países para fomentar el lesbianismo o el gasto récord en asesores y cargos a dedo, que ya va por 170 millones al año.
Han tirado cientos de miles en informes ideológicos que nadie lee ni tienen utilidad alguna.
Más de 180.000 euros solo para monitorizar lo que dicen los medios de Sánchez y viajes fastuosos e inútiles, como el de la familia imperial a la India en plena DANA, que costó cerca de 90.000 euros de tu dinero.
A eso súmenle el aumento brutal de la publicidad institucional, sentencias judiciales que, según la AIReF, han costado más de 16.500 millones por errores legislativos y el gasto disparatado por la puerta de atrás sin presupuestos aprobados.
Son cifras crudas que deberían hacer saltar las alarmas de cualquier demócrata