Capitán Hediondo
Posiblemente el PEOR Forero de la Historia
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- 22 Sep 2005
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Novicia.
Tenía las manos suaves, muy blancas y siempre frías. Con dedos temblorosos por la anticipación, pasaba una y otra vez las cuentas del rosario de un lado a otro de la pequeña cruz que lo adornaba. Faltaban todavía algunos minutos para la hora de dormir pero ella apenas si podía esperar el momento de levantarse e ir a su encuentro. Su habitación era también fría, con sólo una cama y una pequeña mesa con una silla de madera vieja. Una bombilla triste y desangelada iluminaba el cuarto y daba un tinte amarillo a su piel. Notó el calor repentino que siempre sentía a la hora de apagar las luces. "Las diez". "Ya es la hora". Se levantó temblorosa y miró el crucifijo que la observaba desde el cabecero de la cama. "Perdóname", dijo a la inerte figura del Cristo. "No valgo nada, y el diablo está ganando la batalla en mi interior". "Yo te amo, Señor Todopoderoso, pero no puedo refrenar este impulso... perdóname".
Con paso ya firme, y la respiración agitada por el ansia, se dirigió a la puerta de su habitación y después de abrirla, miró a lo largo del pasillo para cerciorarse de que nadie la iba a ver moviéndose a esas horas por el edificio. Rápidamente fue buscando su destino entre todas las puertas cerradas. "27", leyó. Suavemente, abrió la puerta tratando de no hacer ningún ruido. Miró dentro, y vio que la luz estaba apagada, como decían las ordenanzas. Notando cómo el calor interior era ya casi insoportable, se acercó a la cama que había bajo la ventana del cuarto, y tocó suavemente la manta que la cubría. "Hola hermana María", dijo la chica que fingía estar durmiendo. "Hola Isabel, amor mío". Se sentó a su lado, y la abrazó nerviosamente, besándola en el cuello y en la cara, notando cómo el calor que la inundaba llegaba casi al paroxismo cuando la chica, que apenas tendría 17 años, empezaba a tocarle los pechos con unas manos cálidas y suaves. El fuego interior empezó a disiparse a medida que sus cuerpos desnudos se fundían bajo las sábanas. Supo entonces que todas las noches podría apaciguar su calor en aquella habitación 27.
Tenía las manos suaves, muy blancas y siempre frías. Con dedos temblorosos por la anticipación, pasaba una y otra vez las cuentas del rosario de un lado a otro de la pequeña cruz que lo adornaba. Faltaban todavía algunos minutos para la hora de dormir pero ella apenas si podía esperar el momento de levantarse e ir a su encuentro. Su habitación era también fría, con sólo una cama y una pequeña mesa con una silla de madera vieja. Una bombilla triste y desangelada iluminaba el cuarto y daba un tinte amarillo a su piel. Notó el calor repentino que siempre sentía a la hora de apagar las luces. "Las diez". "Ya es la hora". Se levantó temblorosa y miró el crucifijo que la observaba desde el cabecero de la cama. "Perdóname", dijo a la inerte figura del Cristo. "No valgo nada, y el diablo está ganando la batalla en mi interior". "Yo te amo, Señor Todopoderoso, pero no puedo refrenar este impulso... perdóname".
Con paso ya firme, y la respiración agitada por el ansia, se dirigió a la puerta de su habitación y después de abrirla, miró a lo largo del pasillo para cerciorarse de que nadie la iba a ver moviéndose a esas horas por el edificio. Rápidamente fue buscando su destino entre todas las puertas cerradas. "27", leyó. Suavemente, abrió la puerta tratando de no hacer ningún ruido. Miró dentro, y vio que la luz estaba apagada, como decían las ordenanzas. Notando cómo el calor interior era ya casi insoportable, se acercó a la cama que había bajo la ventana del cuarto, y tocó suavemente la manta que la cubría. "Hola hermana María", dijo la chica que fingía estar durmiendo. "Hola Isabel, amor mío". Se sentó a su lado, y la abrazó nerviosamente, besándola en el cuello y en la cara, notando cómo el calor que la inundaba llegaba casi al paroxismo cuando la chica, que apenas tendría 17 años, empezaba a tocarle los pechos con unas manos cálidas y suaves. El fuego interior empezó a disiparse a medida que sus cuerpos desnudos se fundían bajo las sábanas. Supo entonces que todas las noches podría apaciguar su calor en aquella habitación 27.