A cacarear
David Gistau
De creer a los irreductibles galos periféricos y a los predicadores de la progresía, todo españolista es un fascista. En cambio, a cualquier nacionalismo anti-español, ya se trate del que levanta empalizadas xenófobas en la frontera con Aragón mientras Zetapé dice «yes» o del que llega a pegar tiros por la espalda por razones de limpieza étnica, el espejito mágico de lo «progre» siempre le contestará: «No hay nadie más progresista y moderno que tú». Aquí ya se ha dicho que, desde que durante la Transición se estableció la coacción intelectual de vincular españolismo y franquismo, cualquiera que pretenda defender la identidad histórica española tendrá que resignarse a ser marcado con hierro candente con el estigma de «facha». Lo cual acarrea tal ruina social, tal condena al exilio interior, que la mayoría prefiere no levantar esa bandera por no desafiar lo políticamente correcto.
Pero ocurre, a veces, pocas veces, que el derecho a existir –e incluso a defenderse del acoso– del españolismo lo reclama un político profesional de la izquierda. Bono, hasta que lo encadenaron con un cargo. Ibarra, últimamente. Tratándose de uno de los suyos, los predicadores de la progresía no pueden marcarlo como «facha», como es su costumbre cuando el discurso españolista procede de la derecha democrática. Entonces se recurre a la segunda arma de la coacción: la parodia. En las columnas y en los comentarios «progres», se ha dicho durante estos días que Ibarra, cuando se nos puso españolista durante un tiempo breve como un acceso febril, habló así porque se había calado la «boina», porque es un paleto, vaya. Ahí quedan delatadas las dos visiones que la homilía «progre» tiene de lo español: o es fascismo, o es una cosa antigua, aldeana, ajena a moderneces tan progresistas como los patrioterismos vasco y catalán, que éstos sí tienen derecho a usar la bandera hasta como edredón. Lo preocupante es que son precisamente ellos, los que entienden su nacionalidad como un complejo del cual hay que curarse para ingresar en los cánones admitidos, los que, desde Moncloa, han de defender a España justo cuando se ha desatado una ofensiva por romperla en la que participa el propio socialismo: Maragall. A cacarear, que vamos a seguir retirándonos.