Juvenal
Clásico
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- 23 Ago 2004
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Cuatro palabras
No tengo por qué dudar de la veracidad de la siguiente historia; me la refirió Leonardo, directo testigo de los hechos y prototipo de hombre cabal. Y como me la contaron, la cuento, y espero que convengan conmigo tanto en la amenidad como en el provecho de la misma.
Hallábase a la sazón Leonardo en el monte de excursión, acompañado de dos amigos y la novia de uno de ellos. Tras una agotadora jornada, resolvieron acampar y, a tal efecto, montaron dos tiendas de campaña: una en la que pasaría la noche la pareja y otra en la que pernoctarían los dos restantes.
Y así tenemos a Leonardo arrebujado en su saco de dormir, arrullado por el cri cri de los grillos y el canto de los búhos, listo para un reparador sueño cuando, hete aquí, el oír los retazos de una conversación en la tienda vecina le hace despegar los párpados y poner la antena.
—No... por ahí, no —dice una voz femenina.
—Calla o te crujo —responde el novio.
Al día siguiente, Leonardo se percató de que la chica, sin duda víctima de la oscuridad y algo más, caminaba ligeramente arqueada.
Y aquí termina la historia. Lo que me fascinó de la misma no fue el asaeteamiento dorsal, algo meramente anecdótico, sino la capacidad del fulano para, con apenas cuatro palabras, decir más que la mayoría de los filósofos en sus mamotretos.
Pues es muy cierto que con cuatro simples palabras se puede decir todo: así, verbigracia, las últimas voluntades de un padre (“cuidado, hijo, está cargada”), soltar verdades como templos (“cariño, te quiero”) o desarzonar a cualquier quijote (“mejor vuelva usted mañana).
No se necesitan más.
No tengo por qué dudar de la veracidad de la siguiente historia; me la refirió Leonardo, directo testigo de los hechos y prototipo de hombre cabal. Y como me la contaron, la cuento, y espero que convengan conmigo tanto en la amenidad como en el provecho de la misma.
Hallábase a la sazón Leonardo en el monte de excursión, acompañado de dos amigos y la novia de uno de ellos. Tras una agotadora jornada, resolvieron acampar y, a tal efecto, montaron dos tiendas de campaña: una en la que pasaría la noche la pareja y otra en la que pernoctarían los dos restantes.
Y así tenemos a Leonardo arrebujado en su saco de dormir, arrullado por el cri cri de los grillos y el canto de los búhos, listo para un reparador sueño cuando, hete aquí, el oír los retazos de una conversación en la tienda vecina le hace despegar los párpados y poner la antena.
—No... por ahí, no —dice una voz femenina.
—Calla o te crujo —responde el novio.
Al día siguiente, Leonardo se percató de que la chica, sin duda víctima de la oscuridad y algo más, caminaba ligeramente arqueada.
Y aquí termina la historia. Lo que me fascinó de la misma no fue el asaeteamiento dorsal, algo meramente anecdótico, sino la capacidad del fulano para, con apenas cuatro palabras, decir más que la mayoría de los filósofos en sus mamotretos.
Pues es muy cierto que con cuatro simples palabras se puede decir todo: así, verbigracia, las últimas voluntades de un padre (“cuidado, hijo, está cargada”), soltar verdades como templos (“cariño, te quiero”) o desarzonar a cualquier quijote (“mejor vuelva usted mañana).
No se necesitan más.