En Casa Yoko había una fémina que no le hacía ascos, nunca mejor expelido, al saludable ejercicio del copro. Servidor solo coyundó con la hembra por la vía más canónica, pero se ve que la clientela no sólo sabía de sus preciadas deposiciones sino que se apuntaba en lista de espera según como andaran las tripas de la nereida. Y eso que tenía cara de mala hostia, un poco por vizca y un mucho por vasca, pero tenía un cuerpo (mejor que la de la foto) bendecido para fornicio a base de las tareas propias de caserío ya que de normal se dedicaba a sus labores rurales pero de cuando en vez, se llegaba donde la Yoko a sus labores más sicalípticas, incluidas, como digo, las de Pantone parduzco.
Comoquiera que mis diez minutos de ayuntamiento consumían una mínima parte de la tarifa acordada, me sobraba bastante tiempo para hablar de todo un poco, - que no todo va a ser follar que decía el vate Krahe-, y salió el tema del hilo. Se ve que hay clientes que cuando eran niños les daba por meterse la caca en la boca y tan exquisita maniobra les da por reproducirla ya de mayor con diversidad de narrativa: los hay que gustaba de refofilarse como gorrino en la charca , pero también había quien se llevaba un tupper para casa, luego de haber sido rellenado con magra marrón. Esto último creo que ya lo conté en el foro en otra ocasión pero no lo de echar un cohete entre sus propias heces, a lo que la putivasca me dijo que " A ver, es mi mierda, no hay que darle tantas vueltas. Es como los funcionarios, que en asuntos propios todo vale". Y hasta aquí mi mierder anécdota de hoy. Si algún cliente de Yoko está leyendo esto, sabe a quién me refiero. Isabel, se llamaba. Aquello sí que eran putas...