Y la lloroneta a lo suyo, avanti.
El presidente electo, muy tajante
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No es una cuestión de la moral distraída en quien se vende al mejor postor, los árbitros deportivos no pueden perjudicar intereses de quien manda en un lucrativo negocio: inversores del club, patrocinadores del estadio, televisiones... cada designación paga puntualmente, la actuación en ese partido permite escalar en la carrera hasta el gran torneo; como los jueces prevarican no solamente por su sociopatía intrínseca a la profesión autoritaria, de todos modos no podrían condenar a quien está por encima de la ley, salvo a riesgo de perder su plaza y que un familiar suyo padezca un atentado contra su vida.
Es la ética de los jugadores como la convivencia ciudadana, la propia conciencia, los principios de la intuición, las sensaciones del fuero interno frente a la opinión establecida en el vulgo. La nostalgia futbolera añora a personas como Michael Robinson que admitieron que cuando llegó a la liga española desde la británica se horrorizaba al presenciar cómo los entrenadores recomendaban tretas para engañar a los árbitros y vencer al equipo contrario al que físicamente no podrían superar en preparación con ninguna táctica legítima ni jugadas ensayadas, al no sentirse confiados en sus posibilidades de ganar en buena lid, tirarse al fingir una zancadilla para conseguir una falta en una posición favorable de la cancha, la expulsión del jugador rival más hábil o mejor aún: piscinazo dentro del área para obtener un penal.
Se ha hecho siempre, más escandalosas son las últimas jornadas de campeonato reñido hasta las finales de torneo. Hablas con cualquier americano, te menciona lo mismo sobre la copa Libertadores: claro que acá se hace igual: prolongar más el tiempo reglamentario, faltas ventajosas, penales inventados, anular goles legítimos... el árbitro hace piruetas con una balanza trucada de feria para favorecer al club rico.