Cuando estás tan reventado el cerebro empieza a operar de forma diferente. Por ejemplo, asigna relevancia significativa a cosas mundanas que normalmente no la tienen, y quita importancia a otras cosas que normalmente valoras pero que pasan a darte igual.
Un ejemplo de lo primero es que cuando tienes que ejecutar una acción, por ejemplo llenarte un vaso de agua, no vas espontáneamente y lo llenas. Calculas mentalmente cuál es la forma menos cansada de levantarte del sofá, qué pierna es más eficiente adelantar primero y cuáles son los pasos que tienes que dar hasta la encimera. Anticipas de antemano si ya hay un vaso usado o escurriéndose, en caso contrario con qué mano llegar al armario y qué fuerza mínima aplicar al tirador para que abra y qué presión óptima aplicar al vaso para sostenerlo mientras lo llenas, cuántos segundos esperar hasta que el agua salga fría y cómo llevarlo a los labios con la inclinación suficiente para que el agua caiga a la garganta. Tomas consciencia de cada pequeño movimiento que normalmente es automático porque ya no son gratis, todos te cansan y te suponen un esfuerzo a realizar voluntariamente.
En un contexto así, el sexo es obviamente ejemplo de lo segundo. Tengo la capacidad pero no las ganas. Lo hago igualmente, igual que también me supone un esfuerzo brutal y no tenga ganas de lavarme los dientes.