La vejez y la soledad, tema manido donde los haya. ¡Qué necios somos los humanos que incluso en los postrimeros años de nuestra existencia aún nos aferramos a la vida, deseando compañía y solaz! Y es que la mayoría de personas mayores temen más a la soledad que a la propia muerte. Pero todo esto es vano porque a esas edades los últimos pétalos de la flor de la vida se van desprendiendo ineludiblemente y el fin del camino otea en el horizonte de una manera amenazante.
¿No valdría más prepararse para la muerte que asirse, como si se fuera a vivir eternamente, a la existencia concluyente? Durante la vejez, uno debería sentir como su ser material, decomponiéndose y marchitándose, va abriendo paso al ser espiritual que, desprendiéndose de la realidad sensible, comienza a confrontarse con la verdad última, que no es otra que la fría, oscura e inescrutable muerte. A lo largo de este período, el hombre tendría que proyectar su vida toda con el fin de preparar, de la manera más adecuada, el proceso que he descrito anteriormente, para que éste se desenvuelva fluidamente y sin traumas.