Sir Ringo Starr
Veterano
- Registro
- 2 Feb 2005
- Mensajes
- 1.694
- Reacciones
- 0
Pecaría, supongo, de excesiva confianza en los desconocidos si pretendiera siquiera que me comprendiérais en las palabras que leeréis a continuación, pero la noche, esta noche, me presiona para publicar este hilo.
Siempre he sido sensible, quizá demasiado. Sensible y moldeado por gustos ajenos, especialmente los de mi familia. Quizá prematuramente quiera terminar con el proceso natural y lógico de destruir aquello que me han inculcado sin conocer un detalle de mi persona, y cada paso que doy me asusta más que el anterior. Un sonido, un ruido, una imágen. Tela rozando las uñas de mis pies, la puerta de mi salón cerrándose demasiado fuerte y otros detalles que la lógica inculcada me habían obligado hasta ahora a considerar minucias me atormentan, me matan lentamente y ni siquiera tengo la oportunidad de evitarlo ni un minuto. Ni un sólo segundo.
Me planto ante el espejo y últimamente no me devuelve lo que yo soportaría ver. Yo al espejo sólo le he hecho favores y él, en cambio, no para de dañarme. Como la gente anónima. Puedo entrar en un vagón de metro y maldecir a cada una de las personas que están allí por esas miradas, cuando no vacuas, tan amargas como las lágrimas malas. Piel caída, pierdo pelo, poco a poco, ¿por qué? La gente no tiene paciencia para aguantar absolutamente nada que escape de su competencia. Y se ahogan en su terreno. La mayoría de los individuos no se soportan y puede ser visto en sus ojos. No se soportan y se obvian, como obvia el malvado el dolor ajeno.
Siempre he sido sensible, quizá demasiado. Sensible y moldeado por gustos ajenos, especialmente los de mi familia. Quizá prematuramente quiera terminar con el proceso natural y lógico de destruir aquello que me han inculcado sin conocer un detalle de mi persona, y cada paso que doy me asusta más que el anterior. Un sonido, un ruido, una imágen. Tela rozando las uñas de mis pies, la puerta de mi salón cerrándose demasiado fuerte y otros detalles que la lógica inculcada me habían obligado hasta ahora a considerar minucias me atormentan, me matan lentamente y ni siquiera tengo la oportunidad de evitarlo ni un minuto. Ni un sólo segundo.
Me planto ante el espejo y últimamente no me devuelve lo que yo soportaría ver. Yo al espejo sólo le he hecho favores y él, en cambio, no para de dañarme. Como la gente anónima. Puedo entrar en un vagón de metro y maldecir a cada una de las personas que están allí por esas miradas, cuando no vacuas, tan amargas como las lágrimas malas. Piel caída, pierdo pelo, poco a poco, ¿por qué? La gente no tiene paciencia para aguantar absolutamente nada que escape de su competencia. Y se ahogan en su terreno. La mayoría de los individuos no se soportan y puede ser visto en sus ojos. No se soportan y se obvian, como obvia el malvado el dolor ajeno.

