¡Pero, mi señor!
¿Cómo no habría de rendirse tal cortesana ante la presencia de vuestra excelencia? ¿No es acaso un deleite compartir estancia con un caballero de tal porte, vigor y gallardía?
Bien es sabido que donde vuestra merced se presenta, no solo acude la figura, sino también el esplendor: la bolsa henchida de monedas doradas y la estampa de un hombre en plenitud, cuya sola presencia impone respeto y admiración.
Yo os pregunto, vuestras excelencias: ¿cómo no habría de sucumbir al encanto y la intensidad de tan distinguido caballero?