Ya he ejercido. He depositado el sobre en la urna de tal manera que he notado mirandas de admiración. Dirigí mi mano de forma firme pero serena, a 5 cm de distancia de la ranura, liberé el voto de mis dedos y entró limpio, una vez superada la frontera entre el exterior y el recinto de la urna, empezó a caer como una hoja en otoño, alargando la caida, casi flotando y fintando, como si quisiera decir algo, como dejando tras de sí una promesa, creo que mi voto será decisivo, pese a valer, incomprensiblemente, igual que el resto, del populacho.