Mi mamá ya tiene una edad. Es de esa capa terminal de la población que vivió en miedo eterno durante la Guerra Fría y víctima de un catolicismo primario que aún cree en los finales dramáticos que se sugieren en la Biblia.
Mi mamá vive inmersa en el drama, en el sentido dramático de la vida, en la espera de la traca final. Cada telediario es un suplicio por lo que pueda contar. Todo es el principio del fin; mi mamá se asusta por todo y adivina el crash mundial de la economía con cada tormenta que afecta a los cuatro agricultores de su pueblo.
Hasta ella está ya hasta el coño de esta gente y, mirando de refilón al telediario, ha farfullado: «Así se maten todos entre ellos de una vez y nos dejen en paz», y se ha ido a por natillas a la cocina.