Poco se habla del tema inverso: mujeres maduras que van a discotecas a ligar con chicos jóvenes o al menos varones dos décadas menos de su edad.
Algunas de estas menopáusicas neuróticas van acompañadas de otras cómplices de cacería, pero luego se reparten la pista para no bailar solas, arrimar sus caderas como se hace en los bailes latinos de terrazas salseras, tras meses de aprendizaje de pasos de danza en una academia.
Recuerdo discotecas capitalinas como Keeper, donde había una planta para gente veinteañera pero otro piso donde iban desde treintañeros a puretas que se resistían a casarse con nadie. Era habitual que alguna cachonda probara suerte al bajar de su generación, entre la penumbra barroca, los efluvios etílicos, temeraria si se liaba con algún atolondrado.
Entre las maduras pasadas de vuelta de todo, descreídas del qué dirán, había alguna chalada sin nada que perder, teñida capa a capa sin esperar al siguiente mes para taparse hasta la última cana, coletas de colegiala, vestidos de tendencia en la última publicidad de moda, calzado estridente, observadora de lo que llevaran las estudiantes... Conocía el operativo de las discotecas en las afueras de carreteras en la periferia suburbana donde tenían dispuestas más pistas que Kapital, pero concebidas para cada década.
Nadie creerá que una sempiterna solterona, ya infértil, frígida en sus terminaciones nerviosas del techo vaginal, obsesionada con la sexualidad de sus sobrinas favoritas, tentara la fortuna de bajar desde la planta de medio siglo a la pista de cuarentones, "si me funcionó una vez, ¿por qué no pruebo a trincar alguno más abajo? Noches de bamboleo entre treintañeros... ¿y si esta noche me voy al primer piso y me llevo uno de veinte que vaya como una cuba?... aunque al despertarse conmigo al amanecer pegue un brinco y salga como alma que lleva el Diablo..."