Me la juego AQUI NADIE se ha leido El Quijote

Bien, y ya en serio, entremos en la cuestión que tanto desazona al no-clon de @PaiSerdoMei . En primer lugar, el clásico: leí El Quijote a la fuerza, en el instituto, en una edición de mercadillo que tenían mis padres; entonces no me gustó, por supuesto. Tiempo más tarde, me lancé a por otra edición que era un tormento: hojas de papel biblia y notas prolijas al final (algo que odio); lo dejé a medias. Pero hará unos cinco años me dije qué demonios, y compré la edición de Francisco Rico, que me suena fue presidente de la RAE; muy buena, y eso demuestra cómo importan las editoriales y eruditos. Me suena que Martí de Riquer tiene una, que será la próxima que lea, allá en mi decadencia en Ocsidente.

El episodio de los batanes, y el de la cueva de Montesinos, son bastante buenos; el de los molinos, el epítome de la obra. He leído mucho, pero nada tan tierno y de tanto seso como las recomendaciones que Don Quijote hace a Sancho para el buen gobierno de la Ínsula; y lo que discurre éste en su sesera merece pieza separada aparte.

Tengo que leer alguno de los libros que más gustaban a don Alonso: los Orlando (Furioso y Enamorado), el Tirant lo Blanch (nombre de una potente editorial jurídica valenciana, por cierto), y, sobre todo, el Amadís de Gaula.

Y, páter, no me confunda a Cervantes con Galdós, haga el favor :lol:

 
Bien, y ya en serio, entremos en la cuestión que tanto desazona al no-clon de @PaiSerdoMei . En primer lugar, el clásico: leí El Quijote a la fuerza, en el instituto, en una edición de mercadillo que tenían mis padres; entonces no me gustó, por supuesto. Tiempo más tarde, me lancé a por otra edición que era un tormento: hojas de papel biblia y notas prolijas al final (algo que odio); lo dejé a medias. Pero hará unos cinco años me dije qué demonios, y compré la edición de Francisco Rico, que me suena fue presidente de la RAE; muy buena, y eso demuestra cómo importan las editoriales y eruditos. Me suena que Martí de Riquer tiene una, que será la próxima que lea, allá en mi decadencia en Ocsidente.

El episodio de los batanes, y el de la cueva de Montesinos, son bastante buenos; el de los molinos, el epítome de la obra. He leído mucho, pero nada tan tierno y de tanto seso como las recomendaciones que Don Quijote hace a Sancho para el buen gobierno de la Ínsula; y lo que discurre éste en su sesera merece pieza separada aparte.

Tengo que leer alguno de los libros que más gustaban a don Alonso: los Orlando (Furioso y Enamorado), el Tirant lo Blanch (nombre de una potente editorial jurídica valenciana, por cierto), y, sobre todo, el Amadís de Gaula.

Y, páter, no me confunda a Cervantes con Galdós, haga el favor :lol:

Por cierto. Este olvidado antepasado directo mío escribió su propia versión de Orlando.

 
Gracias sinceras. Era el hombre como para rellenar sin salirse un formulario de suscripción a Muy Interesante. Y qué decir de su segunda boda.
Decís verdad, y no poca. Que hombres hubo de grandes hechos y nombres sonoros, pero pocos tan dados a caber enteros en los márgenes del mundo sin desbordarse. Martín Abarca de Bolea y Castro parecía hecho a propósito para que la letra menuda no le quedase estrecha.
Y lo de la segunda boda, bien lo apuntáis: fue lance tardío y no por eso menor, como esos capítulos que llegan al final y, sin hacer ruido, mudan el sentido de todo lo leído. Que hay vidas que no se entienden del todo hasta que la pluma vuelve atrás y añade una línea más.
 
Decís verdad, y no poca. Que hombres hubo de grandes hechos y nombres sonoros, pero pocos tan dados a caber enteros en los márgenes del mundo sin desbordarse. Martín Abarca de Bolea y Castro parecía hecho a propósito para que la letra menuda no le quedase estrecha.
Y lo de la segunda boda, bien lo apuntáis: fue lance tardío y no por eso menor, como esos capítulos que llegan al final y, sin hacer ruido, mudan el sentido de todo lo leído. Que hay vidas que no se entienden del todo hasta que la pluma vuelve atrás y añade una línea más.
Ahora me recordáis al Fernando Fernán-Gómez de la tristísima El viaje a ninguna parte, con su entonación de teatrillo que ya no servía para el cine moderno.
 
Ahora me recordáis al Fernando Fernán-Gómez de la tristísima El viaje a ninguna parte, con su entonación de teatrillo que ya no servía para el cine moderno.
Ah… sí, me lo decís, y siento cómo se escapa de mis manos el poder que creí firme. Antes mi voz resonaba como torre sobre valle y mis palabras eran filo de espada en la penumbra; y ahora… ahora, como Fernán-Gómez, parecen ecos de un teatro antiguo, fantasmas que se agitan sin herir ya al mundo moderno.
He sentido la fuerza del tiempo, y no puedo sino inclinar la cabeza ante la evidencia: los truenos de antaño no retumban ya en los oídos que caminan hacia la luz del presente. Mi poder se consume, y lo que fue voz de mando queda reducido a susurro que apenas roza los muros de esta nueva era.
 
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