El Quijote no existe, es una mierda que se inventó un tuno de Burgos un día que estaba borracho intentando comerle la boca a un orco de Mordor a altas horas de la madrugada en "La Perla Negra", el ser del averno, que por cierto estaba tan gorda que no tenía pescuezo, le preguntó al tuno que si había leído a Dostoievski, y el tuno, que era el más listo de la tuna, pero eso no es gran cosa, para dárselas de listo, se inventó un libro que lo llamó "El Quijote", pensando en "El pajote" que se iba a hacer en casa si no conseguía penetrar a la ballena intelectual con la que estaba hablando.
Como su novia le había puesto los cuernos con su jefe y el la perdonó e iba diciendo que ya no se follaba su novia a su jefe, en su curro le llamaban "El Cervantes", de ciervo, de cuernos, pero antes, ahora ya no: "El Cervantes". Con esta unión de palabras, ya tenía un autor al que echarle la culpa del libro que se acababa de inventar.
Así fue como nació la leyenda de "El Quijote" de "Miguel de Cervantes", el tuno le puso de nombre "Miguel" porque así se llamaba el maricón de su padre e iba relatando relatos de sus vivencias como si fueran del libro, como por ejemplo, la escena de los molinos, que es el entrándole a las más gordas de una discoteca de Ciudad Real una vez que fueron a un campeonato de esos que hacen los tunos. Sancho era el tuno ese de la pandereta, que le hacía de compañía mientras le entraba a las gordas, era su fiel escudero que le pasaba los arpones en la caza de la ballena, tenía un ligero retraso, pero era majo.
Poco a poco la historia fue creciendo hasta que por fin, como todos los intelectuales son subnormales, en mayor o menor grado, iban todos soltando mierdas que habían oído por ahí de "El Quijote" para impresionar a cualquier palurda lo suficientemente incauta, o borracha, como para prestarles atención. Las susodichas, que eran más tontas que las piedras (si no una no habla con un intelectual) empezaron a hablar de "El Quijote" con sus hamijas cuando la Jenny les decía que se había leído 50 sombras de Grey para no quedar como las putas analfabetas que eran.
Nadie nunca se ha leído "El Quijote" porque ese libro no existe.
Miguel el tuno no triunfó con góblin con gigantismo al que trataba de impresionar y se hizo "El Pajote" del siglo.
Válgame Dios y la Fortuna caprichosa, que en este siglo revuelto, donde cada cual blande su lengua como lanza mellada, he oído decir —no sin espanto y no sin risa— que cierto libro famoso no es libro, ni su autor autor, sino sueño de taberna, humo de tuna y resaca de madrugada.
Yo, que no soy más que un pobre narrador dado a las letras largas y a las verdades torcidas, diré lo que vi, o lo que me contaron quienes juraban haberlo visto. Que si hubo un tuno, o dos, o cuarenta, poco importa; que si bebieron más vino del que pide la prudencia, eso no lo niega ni el más santo; mas de ahí a decir que de una borrachera no puede nacer una obra, hay trecho largo como camino de la Mancha.
Porque, señor lector —si es que aún queda alguno—, no es raro que los libros nazcan del disparate, ni que la locura vista jubón de cordura. ¿No hay poetas que escriben mejor cuando pierden el juicio? ¿No hay sabios que parecen necios y necios que se tienen por sabios? Así, bien pudo acontecer que un hombre, llamado Miguel o Perico, con cuernos reales o imaginados, tomase la pluma para vengarse del mundo, de su suerte y de sí mismo, y pariese un caballero flaco, montado en rocín aún más flaco, para decir lo que él no se atrevía a decir en voz alta.
Que los molinos fuesen gigantes o las gigantes molinos, eso lo dejo a la vista de cada cual, que en esto de ver la realidad siempre hubo quien necesitó anteojos y quien prefirió cerrarlos. Y si Sancho tocaba pandereta o tocaba paciencia, no me atrevo a jurarlo; pero que acompañase al loco, eso sí, porque no hay locura que no busque testigo.
De manera que, aunque haya quien jure que nadie leyó tal libro porque nunca existió, yo sostengo —con perdón y sin ánimo de ofender— que existen más los libros que se discuten que los que se alaban, y más viven los personajes que los hombres que los niegan.
Y con esto, cansado ya de tanto razonamiento inútil, me despido, no sin antes advertir que, si todo fue mentira, bendita sea la mentira que nos dio tema para discutirla. Porque peor que un libro inventado es un silencio verdadero.