Juvenal
Clásico
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- 23 Ago 2004
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Me suda muchísimo lo que digan de este ladrillo. Además postearlo aquí en lugar del lokamagasine es también una sana manera de tocar los huevecillos al personal.
SUEÑO DE SOMBRAS
Habían pasado meses desde que Guillermo Orsini de Zunzunegui dejó de frecuentar mi librería, y ya sólo lo recordaba vagamente. A despecho de las tertulias que organizábamos con el resto de habituales en la trastienda y de sus numerosas compras, sólo retenía en la memoria sus andares desgarbados y la risa franca y algo burlona de un ítalo-navarro que frisaba la treintena. En ocasiones me preguntaba qué habría sido de él: la respuesta llegó un buen día, me había remitido un paquete, al que la proverbial eficacia de Correos había añadido un considerable retraso. Apenas se marchó el último cliente, lo abrí: sólo hallé una barata edición de bolsillo de The Waste Land (por ambos defendida a capa y espada ante los otros socios del Casino), la dirección de un minúsculo piso en los suburbios y unas llaves. Si Orsini me retaba a uno de sus duelos intelectuales, yo recogería gustoso el guante.
Picado por la curiosidad, llegué al sitio convenido y entré; un olor dulzón parecía emanar de las paredes y se oía el zumbido indolente de las moscas, tan comunes en aquel estío asfixiante. En el salón encontré paredes desnudas y libros... Miles de ellos, de todos los tamaños, viejos y nuevos, en todas las lenguas imaginables; apilados en desorden o llenando los anaqueles de un enorme armario, único mueble de aquella biblioteca estomagante. La estancia daba a dos puertas. Una extraña congoja comenzaba a invadirme, y echar un vistazo a lo que parecía una cocina y resultó ser una cochiquera vacía no ayudó a serenar mi ánimo, pues únicamente encontré en el suelo una pequeña cantidad de cocaína y bastante hachís en mal estado; ni rastro de comida o bebida. Creí ser víctima de una broma macabra, tan cara a mi rival, y recuperé el color, pero entre el piélago de volúmenes descubrí un sobre con mi nombre: “Para Salomón Berger”.
***
“Estimado amigo: llevo horas contemplando esta hoja en blanco, intentando sin éxito expresar todo lo que se agolpa en mi cabeza. Es un terrible tormento esta incapacidad de engarzar letras que permitan... Bullen las ideas en mi cerebro, pero mi mano está bloqueada. Siempre he querido ser un autor, dar rienda suelta a la inspiración y compartir con los demás las historias de matemática perfección que guardo en mí.
“Siempre pensé que era cuestión de estilo, de técnica: que más tarde que temprano, aprendería a juntar las letras, moldear las oraciones, crear ingeniosos juegos de palabras y poéticos artificios. Amargamente he descubierto cuán iluso era. Alguien escribió exactamente esto, con mejor arte, en tiempos inmemoriales o lo hará en un futuro ignoto. Nihil nouum sub sole.
“He comprendido la razón de mi fracaso: un escritor debe explorar el alma humana, y yo carezco de esta sublime capacidad, de la capacidad de comprender al Hmbre, ese prodigio de la naturaleza que engendró un dios borracho en una noche de furia. Nunca he logrado entender a la humanidad, en especial a las mujeres (¿con la salvedad de mi ex esposa?). Tan sólo conozco la definición que dio la desesperación de Atenas devastada por la peste: Skias ónar ánthropos, el hombre es el sueño de una sombra.
“He estado releyendo las majaderías incoherentes que el dolor de una ruptura me ha hecho vomitar sobre estas líneas. Berger, nunca seré un buen escritor porque soy un hombre hueco, llevo años arrastrándome por el mundo como una carcasa vacía que empuja el viento, soy una planta muerta que aparenta una vitalidad que no tiene. He disfrazado con la risa el hastío y el tedio de vivir. Y he tomado una decisión.
“Hace un rato quemé todos mis escritos, excepto esta larga nota. De malos escritores, el mundo está lleno; así que he decidido convertirme en el mejor lector posible, ese lector que lo da todo por los libros. Me voy a encerrar entre estos cuatro muros y con la exclusiva compañía de ellos y algo para estimularme, leeré. Sí, Berger, leeré hasta la consunción.”
SUEÑO DE SOMBRAS
Habían pasado meses desde que Guillermo Orsini de Zunzunegui dejó de frecuentar mi librería, y ya sólo lo recordaba vagamente. A despecho de las tertulias que organizábamos con el resto de habituales en la trastienda y de sus numerosas compras, sólo retenía en la memoria sus andares desgarbados y la risa franca y algo burlona de un ítalo-navarro que frisaba la treintena. En ocasiones me preguntaba qué habría sido de él: la respuesta llegó un buen día, me había remitido un paquete, al que la proverbial eficacia de Correos había añadido un considerable retraso. Apenas se marchó el último cliente, lo abrí: sólo hallé una barata edición de bolsillo de The Waste Land (por ambos defendida a capa y espada ante los otros socios del Casino), la dirección de un minúsculo piso en los suburbios y unas llaves. Si Orsini me retaba a uno de sus duelos intelectuales, yo recogería gustoso el guante.
Picado por la curiosidad, llegué al sitio convenido y entré; un olor dulzón parecía emanar de las paredes y se oía el zumbido indolente de las moscas, tan comunes en aquel estío asfixiante. En el salón encontré paredes desnudas y libros... Miles de ellos, de todos los tamaños, viejos y nuevos, en todas las lenguas imaginables; apilados en desorden o llenando los anaqueles de un enorme armario, único mueble de aquella biblioteca estomagante. La estancia daba a dos puertas. Una extraña congoja comenzaba a invadirme, y echar un vistazo a lo que parecía una cocina y resultó ser una cochiquera vacía no ayudó a serenar mi ánimo, pues únicamente encontré en el suelo una pequeña cantidad de cocaína y bastante hachís en mal estado; ni rastro de comida o bebida. Creí ser víctima de una broma macabra, tan cara a mi rival, y recuperé el color, pero entre el piélago de volúmenes descubrí un sobre con mi nombre: “Para Salomón Berger”.
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“Estimado amigo: llevo horas contemplando esta hoja en blanco, intentando sin éxito expresar todo lo que se agolpa en mi cabeza. Es un terrible tormento esta incapacidad de engarzar letras que permitan... Bullen las ideas en mi cerebro, pero mi mano está bloqueada. Siempre he querido ser un autor, dar rienda suelta a la inspiración y compartir con los demás las historias de matemática perfección que guardo en mí.
“Siempre pensé que era cuestión de estilo, de técnica: que más tarde que temprano, aprendería a juntar las letras, moldear las oraciones, crear ingeniosos juegos de palabras y poéticos artificios. Amargamente he descubierto cuán iluso era. Alguien escribió exactamente esto, con mejor arte, en tiempos inmemoriales o lo hará en un futuro ignoto. Nihil nouum sub sole.
“He comprendido la razón de mi fracaso: un escritor debe explorar el alma humana, y yo carezco de esta sublime capacidad, de la capacidad de comprender al Hmbre, ese prodigio de la naturaleza que engendró un dios borracho en una noche de furia. Nunca he logrado entender a la humanidad, en especial a las mujeres (¿con la salvedad de mi ex esposa?). Tan sólo conozco la definición que dio la desesperación de Atenas devastada por la peste: Skias ónar ánthropos, el hombre es el sueño de una sombra.
“He estado releyendo las majaderías incoherentes que el dolor de una ruptura me ha hecho vomitar sobre estas líneas. Berger, nunca seré un buen escritor porque soy un hombre hueco, llevo años arrastrándome por el mundo como una carcasa vacía que empuja el viento, soy una planta muerta que aparenta una vitalidad que no tiene. He disfrazado con la risa el hastío y el tedio de vivir. Y he tomado una decisión.
“Hace un rato quemé todos mis escritos, excepto esta larga nota. De malos escritores, el mundo está lleno; así que he decidido convertirme en el mejor lector posible, ese lector que lo da todo por los libros. Me voy a encerrar entre estos cuatro muros y con la exclusiva compañía de ellos y algo para estimularme, leeré. Sí, Berger, leeré hasta la consunción.”