Sería una gran noticia para muchos iraníes que Trump se saltara de nuevo la legalidad internacional y bombardeara al régimen islamista de Teherán. Además de seguir debilitando...
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La revuelta iraní no tiene su "Free Palestine"
La indiferencia de Occidente ante la heroica lucha de la juventud iraní contra los ayatolás se explica por la victoria cultural de la alianza entre la izquierda posmoderna y el islamismo
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Imagen que se viralizó en redes durante las protestas en Irán de 2022Foto: X

Actualizado Sábado,10enero2026-00:03
Sería una gran noticia para muchos iraníes que Trump se saltara de nuevo la legalidad internacional y bombardeara al régimen islamista de Teherán. Además de seguir debilitando las estructuras militares y de represión de los ayatolás -muy dañadas gracias los ataques de Israel en 2025 y por las derrotas de Hezbolá y Hamas-, conseguiría que la opinión pública internacional prestara por fin la atención que se merece la revuelta social iraní en marcha, aunque solo fuera para criticar a Trump y reiterar lo malvado que es. El antitrumpismo permitiría así que esta creciente movilización -con decenas de asesinados y miles de heridos y detenidos por la Guardia Revolucionaria y otros esbirros- dejara de ser un apunte exótico en la prensa internacional.
El pueblo iraní lleva desde 2009, cuando el Movimiento Verde se opuso a la reelección del presidente integrista Ahmadineyad, alzándose periódicamente contra los ayatolás, como una marea de indignación que reaparece cada vez con más fuerza. La sequía, la corrupción, la inflación, la falta de libertad, la contaminación atmosférica y las desigualdades sociales en un país rico en gas y petróleo -como Venezuela- vuelven a ser el motor de los disturbios, liderados por las mujeres jóvenes desde 2022, tras el asesinato de Mahsa Amini por oponerse al velo obligatorio, y que, sobre todo, plasman el rechazo del pueblo persa al yugo islamista que lo oprime desde 1979.
Los eslóganes de estos días son muy parecidos a los lemas de los momentos heroicos de 2022 y 2019: «Mujer, vida y libertad»; «Ni Gaza ni Hezbolá, doy mi vida por Irán»; «No tenemos miedo»; «Al diablo con los mulás». Para entender esa fractura entre dos mundos incompatibles resulta muy útil 'La semilla de la higuera sagrada', una película de Mohammad Rasoulof que aborda la relación entre un juez iraní y sus dos hijas adolescentes durante los disturbios juveniles de 2022.
A pesar de su brutal estructura de represión, el islamismo no ha podido someter ni social ni culturalmente a Persia, un pueblo que no ha claudicado jamás. La revolución islamista ha fracasado en Irán -durará más o menos en el poder, pero está muerta-, si bien está ganando la batalla cultural en Occidente. La apatía de la opinión pública europea y norteamericana ante la admirable lucha iraní -un conflicto de una trascendencia geopolítica histórica, ya que el fin de los ayatolas tendría consecuencias comparables al colapso de la URSS- se explica por la indignación selectiva -un producto de rápido consumo sentimental- y por la vieja alianza de la izquierda radical posmoderna y el islamismo (inaugurada por Foucault con sus crónicas periodísticas sobre la República Islámica en 1979) que, entre otras cosas, ha normalizado el antisemitismo.
Así, mientras jóvenes iraníes son asesinadas o detenidas y torturadas por quitarse el hiyab, un símbolo de la opresión que sufren, el islamowokismo defiende tan multiculturalmente el uso del velo en Europa y relativiza la sharía. Es lógico, pues, que moleste la revuelta cívica iraní: contradice el relato izquierdista hegemónico y desnuda la impostura de tantos «Free Palestine».