Robar, robar y volver a robar, y robar, robar, volver a robar.
A calzón bajado, les suda la poya todo.
PSOE ya tiene su lema: "Somos corruptos, y qué"
El encubrimiento de los delitos de ZP y su inclusión como activo de la campaña demuestra que Sánchez puede convertir los escándalos en recursos electorales
El genio de
Pedro Sánchez parece haber intuido que el único modo de neutralizar un escándalo radica en
convertirlo en seña de identidad. La política perdía el tiempo en disculpas cobardes y dimisiones de compromiso, un gasto de energía inútil cuando la peripecia de
las joyas de Zapatero, custodiadas por
el Gobierno con el desvelo ciego con que los troyanos protegían
el Paladio, marca la ruta del porvenir. Si el presidente ampara la procedencia alucinatoria de un tesoro saudí, resulta ridículo quedarse a mitad de camino y no llevar
la corrupción directamente al cartel electoral.
El eslogan nace solo.
"Somos corruptos, y qué". Posee la insolencia necesaria para desarmar el reproche y una sinceridad que ninguna campaña socialista había conducido tan lejos. Tampoco exige incómodas precisiones sobre regeneración, la ejemplaridad o la tolerancia cero. La corrupción disipa el accidente que se oculta en la fotografía y ocupa por fin el centro del encuadre. Ferraz podría mutar de reclamar paciencia a pedir orgullo. Lo ha dicho Sánchez: ZP es un activo de la campaña, un gurú con derecho a incienso.
Y no ha importado siquiera la admisión implícita de los delitos que se desprende de
la estrategia procesal. Zapatero se ampara en
la prescripción. Se condena a cambio evitar la cárcel y a expensas de inmolarse
como autoridad moral de la izquierda, pero impresiona que Sánchez haya decidido solidarizarse con el maestro sin miedo a provocar el estupor de la grey socialista.
Nos encontramos acaso en una
evolución natural de las cosas.
El PSOE ha dedicado tantos esfuerzos a separar a sus dirigentes de los escándalos que podría encontrar más sencillo emparejarlos sin equívocos. La campaña ganaría en autenticidad.
José Luis Ábalos podría inaugurarla en videoconferencia desde prisión, con la autoridad melancólica de quien ha conocido el poder por dentro y la justicia también.
Leire Díez asumiría la coordinación de fontanería pesada para impartir seminarios sobre
control de daños, Koldo García velaría por la
logística de transportes y Cerdán dirigiría el simposio sobre el empaquetado de las primarias.
Podría traerse un
juez de instrucción a un mitin para humillarlo. Sacrificar a un tertuliano de la derechona. Y recurrir a los
familiares más allegados del presidente como expresión de un clan que exhibe con todo descaro la conveniencia del conflicto de intereses.
Hasta los registros de la Guardia Civil en la sede de
la calle Ferraz se venderían como visitas guiadas para turistas, sorteando entre los asistentes las grabaciones inéditas de los pinchazos telefónicos o accediendo a
las cloacas. Las comisiones ilegales pasarán a llamarse
tasa de dinamización comunitaria porque meter la mano en la caja ajena responde a una forma de
redistribución de la riqueza centrada en el mecenazgo de la orfebrería de lujo.
No haría falta someter después al público a una procesión de protagonistas. Bastaría con que el escenario asumiera
una estética nueva, orgullosamente judicial, como si las diligencias hubieran terminado incorporándose a la iconografía del partido.
La innovación consiste precisamente en invertir la carga de la prueba política. Hasta ahora, una investigación obligaba al dirigente afectado a apartarse o, cuando menos, a fingir incomodidad. La doctrina
Sánchez propone una emancipación mucho más ambiciosa. Que sea el adversario quien explique por qué continúa escandalizándose. ¿Una causa abierta? ¿Una grabación? ¿Una joya que aparece en una caja fuerte? El problema pertenece a quien todavía conserva la anticuada costumbre de ruborizarse.
Las alhajas de Zapatero adquieren entonces una importancia fundacional. El expresidente sostiene que proceden de un obsequio del
rey Abdalá de Arabia Saudí recibido en 2007, y
la tasación judicial ha elevado su valor muy por encima de aquella primera impresión doméstica que las reducía casi a bisutería familiar. La escena merece superar el trámite de la defensa jurídica. Posee demasiada fuerza simbólica. La izquierda española salió de la pana, atravesó el felipismo y termina encontrándose con un juego de rubíes en oro blanco. La historia también progresa por quilates.
Ni siquiera convendría ocultarlos. Una reproducción de las joyas podría acompañar la campaña como acompañan a los candidatos
las banderas y los himnos. El puño y la rosa ganarían un discreto engaste. Sánchez tendría detrás una vitrina iluminada cada vez que pronunciara un discurso sobre
justicia social. Sería una extraordinaria contribución a la sinceridad contemporánea:
la riqueza redistribuida hasta alcanzar la caja fuerte del patriarca.