Aquí surge una cuestión fundamental que, por razones que desconozco, has omitido en tu exposición: ¿cuántos caracteres debe contener un texto para convertirse en ladrillo? Porque si establecemos que un ladrillo es simplemente un texto largo, entonces tendríamos que determinar qué entendemos por largo, y para determinar qué entendemos por largo necesitaríamos establecer un criterio de longitud que fuese aplicable a todos los textos, o al menos a todos los textos publicados en comunidades virtuales, aunque esto último también plantearía problemas porque no todas las comunidades virtuales utilizan los mismos formatos, las mismas dimensiones de pantalla ni los mismos sistemas de representación tipográfica. Un texto de cinco mil caracteres puede ocupar una cantidad de espacio visual considerable en un teléfono móvil, pero bastante menos en un monitor de ordenador, especialmente si el monitor es grande, aunque el tamaño del monitor tampoco determina por sí solo la cantidad de texto visible porque intervienen factores adicionales como la resolución, el escalado, el tamaño de la fuente, la distancia entre líneas y la anchura de la ventana del navegador, suponiendo que el usuario utilice un navegador, porque también podría estar accediendo al foro mediante una aplicación específica, circunstancia que complicaría todavía más cualquier intento de establecer una definición universal de ladrillo. Por lo tanto, si la condición de ladrillo depende de su extensión visual y esta extensión varía según el dispositivo utilizado para visualizarlo, entonces un mismo texto podría ser considerado ladrillo por un usuario y no serlo por otro, sin que ninguno de los dos estuviese necesariamente equivocado. Esto nos lleva a considerar la posibilidad de que el ladrillo no sea una propiedad intrínseca del texto, sino una relación entre el texto y quien lo recibe, lo cual significaría que el ladrillo no existe plenamente hasta que alguien lo contempla y experimenta la sensación de estar ante un ladrillo. Sin embargo, esta hipótesis tampoco está exenta de dificultades, porque si nadie lee un ladrillo, ¿sigue siendo un ladrillo? La respuesta aparentemente evidente sería que sí, del mismo modo que una piedra sigue siendo una piedra aunque nadie la observe, pero la comparación resulta engañosa porque una piedra posee propiedades físicas que pueden determinarse independientemente de la percepción humana, mientras que la condición de ladrillo textual depende de convenciones lingüísticas y culturales que no necesariamente existen fuera de una comunidad de hablantes. Podríamos afirmar entonces que el ladrillo existe como posibilidad antes de ser leído y como realidad después de ser reconocido, aunque esto nos obligaría a distinguir entre ladrillos potenciales y ladrillos efectivos, categorías que tampoco resuelven el problema inicial porque un ladrillo potencial podría permanecer indefinidamente sin ser leído y, en consecuencia, sin alcanzar jamás su condición de ladrillo efectivo. No obstante, tampoco podemos descartar que el propio autor reconozca su texto como ladrillo antes de publicarlo, en cuyo caso el reconocimiento existiría previamente a la recepción pública, aunque seguiría siendo discutible si el autor puede actuar simultáneamente como creador y destinatario de su propia obra sin alterar la naturaleza del fenómeno que pretendemos estudiar. A todo esto hay que añadir una circunstancia que considero especialmente relevante: los ladrillos de texto no tienen necesariamente que estar construidos con palabras, porque también podrían contener números, signos de puntuación, símbolos matemáticos o combinaciones arbitrarias de caracteres, siempre que aceptemos una definición suficientemente amplia de texto, pero si aceptamos esa definición estaríamos incluyendo como posibles ladrillos determinadas secuencias de información que carecen de significado lingüístico, lo cual entraría en contradicción con tu afirmación de que un ladrillo debería constituir una entidad sólida dotada de significado propio. Ahora bien, si exigimos que el ladrillo tenga significado, tendríamos que establecer cuánto significado necesita para ser considerado ladrillo, porque no parece razonable exigirle un significado completo y perfectamente definido cuando ni siquiera los textos breves cumplen siempre esa condición. De hecho, podría argumentarse que cuanto más largo es un texto, mayores son las posibilidades de que contenga significados distintos, contradictorios o simplemente irrelevantes, pero también podría argumentarse lo contrario, puesto que una mayor extensión permite introducir aclaraciones, matices, excepciones y precisiones que contribuyen a reducir la ambigüedad. En consecuencia, la extensión podría aumentar o disminuir la claridad dependiendo de cómo se utilice, lo cual significa que no podemos deducir la calidad de un texto exclusivamente a partir de su longitud, aunque tampoco podemos descartar que exista alguna correlación entre ambas variables, especialmente cuando la extensión se debe a repeticiones innecesarias que no aportan información nueva. Pero aquí aparece otro problema, porque para determinar si una repetición es innecesaria debemos saber qué información se ha transmitido anteriormente y qué información pretende transmitir la repetición, y esto exige leer el texto completo, precisamente la actividad que los detractores de los ladrillos consideran indeseable. Así pues, quien afirma que un ladrillo es redundante sin haberlo leído podría estar realizando una afirmación carente de fundamento, mientras que quien lo lee íntegramente para demostrar su redundancia estaría dedicando voluntariamente su tiempo a una actividad que previamente había considerado una pérdida de tiempo. Esta paradoja resulta especialmente interesante porque convierte al enemigo del ladrillo en uno de sus principales consumidores, ya que cuanto mayor sea su empeño en demostrar que el ladrillo es inútil, mayor será la cantidad de atención que deberá dedicarle, contribuyendo de ese modo a incrementar la relevancia de aquello cuya irrelevancia pretende demostrar. Sin embargo, esto también presenta dificultades, porque los ladrillos pueden carecer de finalidad o perseguir una finalidad distinta de la que aparentan. Por ejemplo, un ladrillo aparentemente informativo podría haber sido redactado con la única intención de molestar, mientras que otro aparentemente molesto podría contener información valiosa que el lector no llega a descubrir porque abandona su lectura antes de alcanzarla. Esto significa que la utilidad del ladrillo puede depender de la perseverancia del lector, aunque la perseverancia tampoco garantiza que encuentre algo útil, porque es perfectamente posible leer un ladrillo completo y descubrir que no contiene absolutamente nada que merezca la pena recordar. Pero incluso en ese caso habríamos obtenido una información, concretamente que el ladrillo no contenía información útil, y esa información podría ser útil para evitar futuras lecturas del mismo autor, siempre que supongamos que sus próximas intervenciones tendrán características semejantes, cosa que tampoco podemos asegurar porque una persona capaz de escribir un ladrillo inútil también puede escribir un mensaje útil, del mismo modo que una persona capaz de escribir mensajes útiles puede producir ocasionalmente un ladrillo inútil. Por consiguiente, la existencia de un ladrillo no demuestra necesariamente que su autor sea un ladrillero habitual, y la existencia de varios ladrillos tampoco demuestra que todos los textos de ese autor sean ladrillos, aunque sí podría justificar una sospecha razonable cuya intensidad dependería del número de textos examinados y de la proporción de ladrillos encontrados. Llegados a este punto convendría preguntarse si la expresión ladrillero resulta apropiada para designar a quien escribe ladrillos, porque tradicionalmente un ladrillero es alguien relacionado con la fabricación de ladrillos materiales, y trasladar ese término al ámbito textual podría generar confusiones, especialmente entre personas que desconocieran el uso metafórico de la palabra ladrillo en internet. Hasta ahora hemos dado por supuesto que los ladrillos constituyen un problema que debe resolverse, cuando en realidad todavía no hemos demostrado que su existencia produzca un perjuicio objetivo. Es cierto que pueden resultar molestos, pero la molestia es una experiencia subjetiva y no todo aquello que molesta a determinadas personas debe necesariamente desaparecer, especialmente cuando otras personas pueden encontrarlo entretenido, interesante o simplemente indiferente. En consecuencia, una política de prohibición absoluta de los ladrillos podría perjudicar a quienes disfrutan escribiéndolos o leyéndolos, mientras que una política de permisividad absoluta podría perjudicar a quienes prefieren mensajes breves, lo cual nos conduciría a buscar una solución intermedia que probablemente consistiría en permitir los ladrillos bajo determinadas condiciones, aunque establecer esas condiciones nos devolvería al problema inicial de definir qué es exactamente un ladrillo. También cabría preguntarse si un ladrillo deja de serlo cuando se divide en varios mensajes consecutivos, porque si aceptamos que la extensión individual determina su naturaleza, entonces bastaría con fragmentar cualquier ladrillo en múltiples publicaciones para evitar su clasificación como tal. Pero si consideramos que todos esos mensajes constituyen una unidad discursiva, entonces tendríamos que establecer qué grado de continuidad temática, temporal o autoral resulta necesario para agruparlos, y tampoco sería sencillo hacerlo porque dos mensajes publicados con varios días de diferencia podrían formar parte de una misma argumentación, mientras que dos mensajes consecutivos podrían tratar asuntos completamente distintos. Por otro lado, un usuario podría publicar un ladrillo dividido en párrafos, lo cual mejoraría su legibilidad sin reducir necesariamente su extensión, y esto plantearía la cuestión de si estamos ante un ladrillo más agradable o ante un texto que ha dejado de ser ladrillo precisamente por haber perdido parte de su apariencia compacta. Si optamos por la primera interpretación, estaríamos reconociendo que existen ladrillos de distinta calidad, lo cual permitiría establecer categorías como ladrillos buenos, malos, mediocres, tolerables, intolerables, voluntarios, involuntarios, individuales, colectivos, compactos, fragmentados, originales y reciclados, aunque semejante clasificación podría ampliarse indefinidamente mediante combinaciones de las categorías anteriores, generando ladrillos buenos e involuntarios, ladrillos malos y colectivos, ladrillos compactos y reciclados, e incluso ladrillos originales cuya originalidad consistiera precisamente en repetir de manera novedosa una idea que ya había sido repetida anteriormente. Esta última posibilidad merece especial atención porque la repetición no siempre excluye la originalidad, ya que es posible repetir una idea utilizando una formulación distinta, y esa formulación podría contener algún elemento original aunque el contenido esencial permaneciera inalterado. Sin embargo, también podría ocurrir que la aparente originalidad fuese simplemente una variación superficial destinada a ocultar la ausencia de nuevas ideas, y para distinguir ambos casos necesitaríamos analizar cuidadosamente las diferencias entre las formulaciones, lo cual nos obligaría nuevamente a leer una cantidad considerable de texto. Por tanto, parece que cualquier intento serio de combatir los ladrillos exige producir o consumir una cantidad de información que podría terminar siendo comparable a la contenida en los propios ladrillos, circunstancia que nos obliga a preguntarnos si la lucha contra los ladrillos no constituye, en sí misma, una forma particularmente sofisticada de ladrillismo. De hecho, podría argumentarse que el discurso antiladrillo necesita la existencia de ladrillos para justificar su propia existencia, porque en un mundo sin ladrillos carecería de objeto advertir sobre sus peligros, del mismo modo que resultaría innecesario elaborar normas contra una conducta que nadie practica ni tiene intención de practicar. Pero si los detractores de los ladrillos contribuyen a mantener vivo el concepto mediante sus críticas, entonces podríamos afirmar que participan indirectamente en su conservación, aunque esta afirmación tampoco demuestra que sean partidarios de los ladrillos, porque contribuir involuntariamente a la persistencia de algo no implica necesariamente aprobarlo. En cualquier caso, creo que antes de seguir profundizando en esta cuestión deberíamos aclarar si el texto que has publicado constituye realmente un ladrillo o si simplemente es una explicación extensa sobre los ladrillos, porque confundir ambas categorías podría invalidar una parte importante de nuestro razonamiento. A primera vista parece evidente que tu texto es un ladrillo, pero ya hemos establecido que las apariencias pueden resultar engañosas y que la longitud por sí sola no basta necesariamente para determinar la naturaleza de un texto. Además, si tu intención era criticar los ladrillos mediante la elaboración deliberada de uno, podríamos encontrarnos ante una manifestación de ironía autorreferencial en la que el objeto de la crítica coincide con el instrumento utilizado para formularla, lo cual no sería necesariamente contradictorio, porque una persona puede utilizar un recurso expresivo para demostrar precisamente sus inconvenientes. No obstante, también podría interpretarse que el recurso termina siendo más importante que la crítica, especialmente si la extensión del texto provoca que sus destinatarios abandonen la lectura antes de comprender el mensaje. En ese caso, el ladrillo habría fracasado como vehículo de comunicación, pero podría haber triunfado como demostración práctica de aquello que pretendía denunciar, lo cual significaría que su fracaso comunicativo constituiría simultáneamente un éxito demostrativo. Aunque tampoco podemos afirmar que ese éxito sea completo, porque para comprobar que el lector ha abandonado la lectura por hastío y no por cualquier otra circunstancia necesitaríamos conocer sus motivaciones, y es perfectamente posible que alguien deje de leer porque tenga que trabajar, comer, dormir, atender una llamada telefónica o realizar cualquier otra actividad que considere más urgente, sin que ello implique necesariamente una valoración negativa del texto. Incluso podría ocurrir que un lector disfrutase enormemente del ladrillo y decidiese interrumpir su lectura para prolongar el placer de retomarla más adelante, del mismo modo que algunas personas interrumpen voluntariamente una novela que les gusta para evitar terminarla demasiado pronto. Por supuesto, no estoy sugiriendo que tu ladrillo posea necesariamente semejante atractivo, sino simplemente que no podemos excluir esa posibilidad sin disponer de información suficiente, aunque tampoco parece razonable dedicar demasiados esfuerzos a investigarla porque los resultados probablemente tendrían una utilidad limitada fuera del contexto de esta conversación. Y precisamente aquí encontramos otra dificultad: determinar cuándo una investigación sobre los ladrillos deja de ser útil y comienza a convertirse en una pérdida de tiempo, porque si establecemos que cualquier investigación prolongada sobre un asunto aparentemente trivial es inútil, estaríamos descalificando numerosas actividades intelectuales cuyo valor no depende necesariamente de su aplicación práctica inmediata. Pero si aceptamos que cualquier asunto puede investigarse indefinidamente por el simple hecho de resultar interesante para alguien, entonces también tendríamos que aceptar la legitimidad de escribir ladrillos interminables sobre cuestiones que la mayoría considera irrelevantes, siempre que exista al menos una persona interesada en ellas. Esto nos conduciría a una conclusión provisional bastante incómoda: quizá los ladrillos no sean buenos ni malos en sí mismos, sino que su valoración dependa de factores contextuales que todavía no hemos identificado completamente. Sin embargo, tampoco deberíamos precipitarnos a aceptar esta conclusión, porque hacerlo supondría dar por resuelto un problema cuya complejidad apenas hemos comenzado a examinar, y sería intelectualmente irresponsable cerrar el debate antes de considerar todas las objeciones posibles. Por ejemplo, todavía no hemos estudiado si existe alguna relación entre la longitud de un ladrillo y la velocidad con la que se escribe, ni si los ladrillos redactados rápidamente resultan necesariamente peores que los elaborados durante varias horas, ni si un ladrillo escrito por una persona y posteriormente corregido por otra debería considerarse una obra individual o colectiva, ni si la eliminación de una sola palabra puede transformar un ladrillo en un texto normal, ni si añadir una palabra a un texto normal puede convertirlo en ladrillo, ni si dos ladrillos breves pueden combinarse para formar un ladrillo largo sin perder sus identidades originales, ni si un ladrillo traducido a otro idioma continúa siendo el mismo ladrillo, especialmente cuando la traducción modifica considerablemente el número de caracteres. Todas estas cuestiones merecerían un análisis específico, pero desarrollarlas ahora podría alargar innecesariamente una intervención que ya empieza a adquirir una extensión considerable, aunque tampoco puedo afirmar con seguridad que sea innecesaria porque todavía no hemos determinado qué cantidad de desarrollo resulta necesaria para abordar adecuadamente el asunto. Por esa razón considero preferible dejar abiertas estas cuestiones hasta disponer de un marco conceptual suficientemente sólido que nos permita resolverlas sin incurrir en contradicciones, aunque para construir ese marco conceptual sería necesario comenzar por definir con precisión los conceptos fundamentales, especialmente el de ladrillo, que es justamente el concepto cuya definición nos ha conducido hasta aquí. En definitiva, creo que la cuestión merece una reflexión más profunda de la que inicialmente podría parecer, pero tampoco considero oportuno formular una conclusión definitiva antes de haber examinado todos los aspectos relevantes, incluidos aquellos que todavía no sabemos si son relevantes porque no los hemos examinado, lo cual nos sitúa ante la necesidad de examinar previamente la relevancia de lo que pretendemos examinar, sin olvidar que el propio examen de la relevancia podría resultar irrelevante si posteriormente descubriéramos que el asunto examinado carecía de relevancia desde el principio. Por tanto, y sin perjuicio de las consideraciones anteriores, que tampoco deberían interpretarse como definitivas, me parece prematuro afirmar nada concluyente sobre los ladrillos, sus autores, sus lectores, sus detractores o sus posibles consecuencias, y mucho menos establecer una posición firme respecto a su conveniencia o inconveniencia, porque hacerlo exigiría resolver primero las cuestiones que hemos planteado y probablemente otras muchas que todavía no hemos planteado, pero que podrían plantearse si continuásemos planteando cuestiones relacionadas con las cuestiones previamente planteadas.
Así que, por el momento, prefiero no pronunciarme.