Aquella mañana mastiqué, justo después de levantarme, la cabeza de todas las figurillas del portal de belén, como todos los días y a pesar de que me dolían mucho los dientes. Cada dia me duelen mas y mas las encias, y mis muelas se desmenuzan escapando poco a poco pero alegremente de mi putrida boca. No me importa. No las necesito para comer, pero el dolor brota en mi cabeza como una arbol en el cemento, dibujando grietas cada vez mas gruesas. Intenté sacarmelas yo mismo y dejar que pastaran en la hierba y formaran una colonia en un agujero mas agradable, pero mi carne es mucho mas debil que mi devoción por mis dientes, y no quiero que hablen mal de mi cuando me abandonen, sabiendo como se que vivirán mas felices sin mi que yo con ellas. No se pueden usar unas tenazas, porque el metal en la carne engendra en las mujeres niños sin brazos que no pueden arar el campo. En los hombres, el escroto se convierte en un enorme moco de pavo que gruñe como el vientre de un muerto reciente.El sacerdote no quiso ayudarme y se limitó a decirme que el dolor que sufro es el precio de todos los pecados que no me negué a cometer en mi vida anterior, cuando fui una perra que deglutía todo lo que saliera de su cuerpo. Y aunque no lo recuerdo, se que es cierto. Y aunque no quiso reconocerlo, el sabía que yo tambien soy de plástico. El dentista es el cura que arrancará por ti tus dientes, pero será Dios quien mastique tu cabeza. Salí a buscarlo de noche tapandome la boca con una servilleta para que ni mis colmillos ni mis incisivos se asustaran al escuchar las groseras risotadas de las putas que hacen guardia en mi puerta.
El dentista es un hombre. Se masturba y defeca a diario, pero casi nunca mientras trabaja. Cuando llegué a su casa, su madre respondió a mi reverencia quitandome aquel sucio trapo del ocico y me ofreció gruesos trozos de carne asada para demostrarme que me quería tanto como a su hijo. Le agradecí su afecto con la boca llena de lo que a las tres horas se convertiría en mierda para regocijo de todos. La madre del dentista era gorda y sus axilas olían casi tan bien como su coño mestruando. Su pelo ralo dejaba intuir la forma de un craneo lleno de bultos y marcado por las circunvoluciones de sus sesos. Me condujo a la silla de mimbre y me beso los ojos para asegurarse de que no moriría cuando su hijo viniera a curarme. Cuando el dentista vino a mi, resistí la radiación que irradiaba su esfinter y que en pocos segundos se expandió por toda la habitación y que me hubiera matado a mi también si su madre no me hubiera amado mas que a el. El dentista es un hombre. Su madre se masturba y defeca a diario, pero solo cuando su hijo no la mira.
Ni siquiera miró mi boca. Solo quiso medir la distancia entre mis parietales con un condón usado, estirandolo sobre mi bóveda. Palpó mis apofisis mastoides acariciando detras de mis orejas con tanta delicadeza que la adolescente somalí que apadriné sintió un orgasmo mientras asistía al parto de una cabra a tres mil kilómetros de distancia. Cuando mi craneo comenzó a reblandecerse por el frotamiento, el dentista me permitió comunicarme telepáticamente con los tres conejos despellejados que solía utilizar para humedecer con su sangre los sellos de mis cartas de amor a Shirley Temple. Les dije que ya no me pertenecían y les confesé donde escondí su pellejo. Fue entonces cuando mis dientes, asustados, comenzaron de nuevo a gritar obscenidades. Cuando el dentista percibió mi intento de apaciguarlos hincó sus dedos en mi entonces blanda cabeza dejando sus huellas marcadas como en una boñiga fresca, y mis muelas, sumisas por la enorme furia del dentista, comenzaron a recitar antiguas letanías que aprendieron de mi cuando estuve poseido por el espiritu de un eunuco muerto hace milenios. Mi craneo volvió a endurecerse respetando la nueva forma que el dentista le habia dado, y bajo su severa mirada, me explicó que ni mis dientes ni mis muelas tenían la culpa de mis dolencias. La culpa era mia por no permitir a mi cerebro sentir la luz del sol, y que por el bien de los dos el permitiria que así fuera. Mi boca seguía abierta y baba espesa colgaba ya resbalando desde mi barbilla cuando aquel hombre,haciendo caso omiso a mi pavor al metal, comenzó a arrancar trozos de la parte petrosa de mi temporal con unas tenazas de herrero haciendo palanca con los arcos zigomáticos para arrancar el primer trozo de mi craneo. Eyaculé entonces una sanguijuela que había crecido en mi testículo izquierdo desde que, siendo niño, pasé tres dias sumergido en una charca creyendo ser un sapo. Comenzó a retorcerse cuando comprendió que había sido expulsada del edén entre los trozos de hueso plano que poco a poco caían cubiertos de pelo y sangre.
Ya no siento dolor. Ahora soy un hombre. Me masturbo y defeco a diario, pero jamás cuando la gente que me rodea puede observar horrorizada que tengo la cabeza llena de agujeros o que el olor de mis heces puede ser percibido directamente por mis sesos.
No me importa, porque conservo mis dientes.
Y ellos a mi.