snow
Freak
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- 13 Dic 2003
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Unos niños de 14 años pegaban a sus compañeros para grabarles mientras lloraban, no tenían compasión.
En la calle Gran Vía duermen cada noche decenas de personas hacinadas en los escaparates de los comercios, combaten el frio con Don Simón y tapan con mantas viejas y cajas de cartón su miseria. A su lado paseamos tranquilamente recordando la película que acabamos de ver en el cine o la estupenda comida del restaurante del que hemos salido. Les miramos pero no les vemos, no sentimos compasión.
El número de víctimas mortales en las carreteras españolas asciende ya a 33 personas. Los hemos visto en la tele, lo escuchamos en la radio, se comenta en la calle y puedes leerlo en los periódicos. Aún no ha acabado el puente y quedan muchos más muertos, pero eso solo le pasa a los demás, estamos tan lejos de la realidad que no sentimos compasión.
Anoche salí a cenar, después hubo copas y baile. Bailé hasta quedarme sin fuerzas, rompí un corazón y arañé el mio en el mismo instante que lo hacía. Regresé a casa aniquilada, vencida en mi propia batalla, con la sensación que dejan las cosas mal hechas. No sentí compasión, ni tan siquiera por mí misma.
En la calle Gran Vía duermen cada noche decenas de personas hacinadas en los escaparates de los comercios, combaten el frio con Don Simón y tapan con mantas viejas y cajas de cartón su miseria. A su lado paseamos tranquilamente recordando la película que acabamos de ver en el cine o la estupenda comida del restaurante del que hemos salido. Les miramos pero no les vemos, no sentimos compasión.
El número de víctimas mortales en las carreteras españolas asciende ya a 33 personas. Los hemos visto en la tele, lo escuchamos en la radio, se comenta en la calle y puedes leerlo en los periódicos. Aún no ha acabado el puente y quedan muchos más muertos, pero eso solo le pasa a los demás, estamos tan lejos de la realidad que no sentimos compasión.
Anoche salí a cenar, después hubo copas y baile. Bailé hasta quedarme sin fuerzas, rompí un corazón y arañé el mio en el mismo instante que lo hacía. Regresé a casa aniquilada, vencida en mi propia batalla, con la sensación que dejan las cosas mal hechas. No sentí compasión, ni tan siquiera por mí misma.

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