A ver, en mis años mozos, cuando además era de buen ver y aún no había tenido que renovar el DNI, podían darse los escenarios random en los que chico conoce chica: comprando CDs en la Fnac, haciendo cola en el mercado central o en cualquier tienda de barrio, tomando un café en un bar de los de toda la vida, en el trabajo, aficiones... La inversión era mínima: tonteo, intercambio de teléfonos, dos o tres días de más tonteo, quedada para un café, una cerveza o cualquier otro sucedáneo, la química era buena, la física solía ser todavía mejor.
Lo templos del ligoteo: bares con ambiente musical, pubcetos y discotecas. Bailoteo, sonrisas, miradas, cuatro palabras bien dichas y a vivir la vida, sin mayor trascendencia. La cosecha podía recogerse esa misma noche o un par de días después.
Luego llegó la edad de oro de los foros, los chats de Terra y el IRC. El protoligoteo virtual empezaba a caminar. Horas y horas de chateo, acudir religiosamente a las quedadas si pertenecías a algún canal o comunidad y aplicar la estrategia del agricultor: sembrar, sembrar y seguir sembrando. La cosecha llegaba a su debido tiempo.
Y llegamos a la era moderna: redes sociales y aplicaciones de ligoteo. La mecánica sigue siendo la misma, solo que con una interfaz más bonita y un algoritmo convencido de que te conoce mejor que tu madre. Tener un perfil medio decente, unas cuantas fotos que no parezcan sacadas del carnet de conducir, hacer match y en menos de una semana ya estás quedando para tomar algo. A partir de ahí, la historia sigue el guion de siempre, que ya nos conocemos.
De hecho, en más de una ocasión la tecnología acelera el proceso: match a las doce del mediodía, comida a las dos y folleteo a las cuatro. O, en su versión nocturna: match a las siete, picoteo a las nueve y, para las doce, el asunto estaba en la carpeta de enviados.
Después de tantos años sigo pensando que el secreto del ligoteo cabe en una servilleta: ser medio decente, no parecer un psicópata, no dar pereza, tener un poco de gracia, otro poco de educación... Al final, casi todos buscamos lo mismo: que nos quieran bien, que nos follen mucho y un bocata de calamares...todo se reduce en conocer a alguien y a ver qué pasa y, de paso, ahogar en el folleteo el miedo a morir solos.