El Loco de las Coles
Famelic escaleto
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- 29 May 2005
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Paseas por una gran avenida de cualquier gran ciudad de cualquier parte del mundo, y a tu izquierda y derecha te ciegan las luces de mil escaparates.
Dentro, te saludan socarrones mil objetos, mis artículos, prendas, aparatos complejos, artículos de ocio, manjares perfectamente alineados en una macabra composición. El poco o mucho dinero que llevas en los bolsillos, en la cartera, reluce con un brillo opaco, grita en un estruendoso silencio esperando que lo saques y que compres, que compres, que compres.
Da igual si eres rico o pobre, si tienes hambre o caminas empachado, da igual si eres un solitario o si tu novia está en casa esperándote, ensimismada con las mil baratijas en las que has gastado tu sueldo, para adornar una casa preñada de frivolidad y lujo efímero.
Los escaparates ríen, te miran compasivos y arrogantes. Puede que tengas 3000 euros para comprar la televisión de plasma en la que Ronaldo intenta mover sus kilos de grasa y farlopa, pero la del al lado, dos palmos más grande y 5000 mortadelos más cara, esa si que no. Y la risa es contagiosa, estruendosa, hiriente.
Ya tienes tres televisores en casa, y todas las putas mañanas aparece en ellas María Teresa Campos, el Jabba the Hutt de nuestra generación, emitiendo sonidos guturales que se convierten en trabajo periodístico por sus santos cojones. Da lo mismo. Te has enamorado de esa tele, tu vecino la comró hace una semana y tú no puedes ser menos que ese pardillo cornudo. Te la mereces, naciste y has trabajado toda la vida para tenerla.
¿Dios, que es eso que reluce, diminuto como un escarabajo egipcio? Es el móvil de tus sueños, siempre deseaste tener uno así en tu bolsillo, deseando que las personas a las que dejaste de ver para trabajar más horas, te llamen para sacarlo y deslumbrar al mundo con el resplandor de la última ingeniería japonesa.
Quiero ese movil, sabe dios que lo quiero, lo amo, lo necesito, no podría vivir sin tener una melodía MP3 recordándome que odio a toda la raza humana, que no tengo ganas de hablar con nadie y que sin embargo, sonrío al descolgar una llamada y ahueco la voz para hacerme el interesante.
Baja esa ceja, pardillo. Ella no está viendo tu cara, tan sólo escucha tu voz a duras penas mientras piensa una buena excusa para no tomarse ese café contigo. No le gustas, no tienes la tele de 8000 euros, y a este paso nunca la tendrás.
Mientras crees que has tenido una idea, mientras te emborrachas con la falsa sensación de haber tenido iniciativa, hay miles de personas que tienen como único trabajo el de fabricar tus sueños, el de bombardearte con mensajes que te hagan soñar los sueños que ellos sueñan, a sueldo, como mercenarios de la ilusión. Ellos tampoco tienen la culpa, ni siquiera sus jefes la tienen. Es un sistema homicida que lleva funcionando demasiado tiempo, un círculo cerrado en el que tan sólo se puede estar dentro.
O fuera.
O tal vez dentro, con alguna escapada furtiva para ver los hilos que lo mueven, para volver después con la cabeza gacha y el espíritu destrozado.
Hay pocos hombres ya que se pueden permitir el lujo de soñar libres. Pocos que aún son conscientes de que con ambas piernas, y con una buena manta que los proteja del frío, podrían llegar al otro extremo del mundo y volver paa contar las maravillas que han visto. No hay misterios, ni deseos de atravesar una cadena de montañas y descender al otro lado de la muralla. Antes, los militares recorrían decenas de kilómetros al día a pie, para conquistar países. Ahora, cuando alguien comenta que se va de viaje, tan sólo le decimos: "Cuando vuelvas enséñame las fotos". Y el tipo nos las enseña, porque si la buena fortuna le sonríe y presencia un arco iris en una cima de los Alpes Suizos, no echa mano de su corazón para grabar en su memoria la imagen. Echa mano de su Canon Digital de 6 megapixel, para grabar el momento en su tarjeta de memoria.
Pero no nacimos con dinero en los bolsillos, y en el amanecer de la humanidad no era importante tener, acumular, ni participar el el juego del capitalismo. Nadie se atrevía a exponer sus mercancías, sus alimentos, sus enseres de caza, ante los ojos necesitados de cientos de almas que vagaban por el mundo, porque aquello era un insulto. Ahora un mendigo camina renqueante por una calle, y una fría película de vidrio de 20 mm de espesor es lo único que separa su hambre mortal de poder poseer, de poder morder una espléndida barra de pan, una tarta de chocolate en la que han escrito, con letras de caramelo. "Feliz cumpleaños niño rico, come hasta que no puedas más, hazlo por aquellos que del chocolate sólo conocen los granos de cacao que recolectan cada día".
Y el mendigo no rompe el cristal, no come, no prende fuego a la tienda ni a los que la regentan. Porque sabe que la sociedad no se lo permitiría. Quieren seguir siendo esclavos por los siglos de los siglos.
Ah, os he dicho que ibamos a cambiar el mundo esta noche, pero os he mentido. Además, no me dejaríais, supongo que sólo puedo aspirar a cambiar mi mundo. El vuestro os lo dejo a vosotros.
Dentro, te saludan socarrones mil objetos, mis artículos, prendas, aparatos complejos, artículos de ocio, manjares perfectamente alineados en una macabra composición. El poco o mucho dinero que llevas en los bolsillos, en la cartera, reluce con un brillo opaco, grita en un estruendoso silencio esperando que lo saques y que compres, que compres, que compres.
Da igual si eres rico o pobre, si tienes hambre o caminas empachado, da igual si eres un solitario o si tu novia está en casa esperándote, ensimismada con las mil baratijas en las que has gastado tu sueldo, para adornar una casa preñada de frivolidad y lujo efímero.
Los escaparates ríen, te miran compasivos y arrogantes. Puede que tengas 3000 euros para comprar la televisión de plasma en la que Ronaldo intenta mover sus kilos de grasa y farlopa, pero la del al lado, dos palmos más grande y 5000 mortadelos más cara, esa si que no. Y la risa es contagiosa, estruendosa, hiriente.
Ya tienes tres televisores en casa, y todas las putas mañanas aparece en ellas María Teresa Campos, el Jabba the Hutt de nuestra generación, emitiendo sonidos guturales que se convierten en trabajo periodístico por sus santos cojones. Da lo mismo. Te has enamorado de esa tele, tu vecino la comró hace una semana y tú no puedes ser menos que ese pardillo cornudo. Te la mereces, naciste y has trabajado toda la vida para tenerla.
¿Dios, que es eso que reluce, diminuto como un escarabajo egipcio? Es el móvil de tus sueños, siempre deseaste tener uno así en tu bolsillo, deseando que las personas a las que dejaste de ver para trabajar más horas, te llamen para sacarlo y deslumbrar al mundo con el resplandor de la última ingeniería japonesa.
Quiero ese movil, sabe dios que lo quiero, lo amo, lo necesito, no podría vivir sin tener una melodía MP3 recordándome que odio a toda la raza humana, que no tengo ganas de hablar con nadie y que sin embargo, sonrío al descolgar una llamada y ahueco la voz para hacerme el interesante.
Baja esa ceja, pardillo. Ella no está viendo tu cara, tan sólo escucha tu voz a duras penas mientras piensa una buena excusa para no tomarse ese café contigo. No le gustas, no tienes la tele de 8000 euros, y a este paso nunca la tendrás.
Mientras crees que has tenido una idea, mientras te emborrachas con la falsa sensación de haber tenido iniciativa, hay miles de personas que tienen como único trabajo el de fabricar tus sueños, el de bombardearte con mensajes que te hagan soñar los sueños que ellos sueñan, a sueldo, como mercenarios de la ilusión. Ellos tampoco tienen la culpa, ni siquiera sus jefes la tienen. Es un sistema homicida que lleva funcionando demasiado tiempo, un círculo cerrado en el que tan sólo se puede estar dentro.
O fuera.
O tal vez dentro, con alguna escapada furtiva para ver los hilos que lo mueven, para volver después con la cabeza gacha y el espíritu destrozado.
Hay pocos hombres ya que se pueden permitir el lujo de soñar libres. Pocos que aún son conscientes de que con ambas piernas, y con una buena manta que los proteja del frío, podrían llegar al otro extremo del mundo y volver paa contar las maravillas que han visto. No hay misterios, ni deseos de atravesar una cadena de montañas y descender al otro lado de la muralla. Antes, los militares recorrían decenas de kilómetros al día a pie, para conquistar países. Ahora, cuando alguien comenta que se va de viaje, tan sólo le decimos: "Cuando vuelvas enséñame las fotos". Y el tipo nos las enseña, porque si la buena fortuna le sonríe y presencia un arco iris en una cima de los Alpes Suizos, no echa mano de su corazón para grabar en su memoria la imagen. Echa mano de su Canon Digital de 6 megapixel, para grabar el momento en su tarjeta de memoria.
Pero no nacimos con dinero en los bolsillos, y en el amanecer de la humanidad no era importante tener, acumular, ni participar el el juego del capitalismo. Nadie se atrevía a exponer sus mercancías, sus alimentos, sus enseres de caza, ante los ojos necesitados de cientos de almas que vagaban por el mundo, porque aquello era un insulto. Ahora un mendigo camina renqueante por una calle, y una fría película de vidrio de 20 mm de espesor es lo único que separa su hambre mortal de poder poseer, de poder morder una espléndida barra de pan, una tarta de chocolate en la que han escrito, con letras de caramelo. "Feliz cumpleaños niño rico, come hasta que no puedas más, hazlo por aquellos que del chocolate sólo conocen los granos de cacao que recolectan cada día".
Y el mendigo no rompe el cristal, no come, no prende fuego a la tienda ni a los que la regentan. Porque sabe que la sociedad no se lo permitiría. Quieren seguir siendo esclavos por los siglos de los siglos.
Ah, os he dicho que ibamos a cambiar el mundo esta noche, pero os he mentido. Además, no me dejaríais, supongo que sólo puedo aspirar a cambiar mi mundo. El vuestro os lo dejo a vosotros.
