Son las dos de la mañana, la luz azul del móvil te quema la retina mientras consultas el canal de apuestas de Telegram en el que te ha metido tu amigo. "Son 20 pavos al mes y los amortizas con una buena combinada".
Pero la apuesta que tenías abierta te la ha jodido un equipo serbio de segunda división. De ahí saltas al gráfico de una memecoin en la que metiste 200 lagartos, por si las moscas.
El exchange marca un -70%. Cierras la app y la vuelves a abrir por si acaso. Tienes la esperanza de que tus decisiones te cambien algo la vida. Quieres recuperar el control.
No sé por qué, pero toda mi generación coincide en pensar que se nos acaba el tiempo. Que estamos en una contrarreloj. Que hay un antes y un después, y el después cada vez está más cerca.
Y como es normal, estás hasta la polla.
Te entiendo. Mañana te tienes que levantar para currar. Nada te sale bien y esperas un golpe de suerte.
Pero por el camino tienes que escuchar a tu jefe decir que los chavales de ahora no queremos dar un palo al agua. Tu madre susurra con tu tía que eres muy buen chaval pero que lo de ahorrar no se te da bien. Y para colmo, un prejubilado de Telefónica te comenta en X que se la pela que no puedas independizarte. Que él lo que quiere es su pensión. Y que se la pagues tú o Wilson el del altiplano no es problema suyo.
En ese punto tú te preguntas: ¿qué coño más tengo que hacer?
Y para esa pregunta hay una respuesta.
No es "esfuérzate más". No es "aprende a ahorrar". No es "deja de apostar". Ni es meter cien euros todos los meses a un plan de pensiones indexado al SP500.
Las reglas del juego han cambiado
El juego al que jugaron tus padres tenía otras reglas: trabajo, ahorro y paciencia. La recompensa llegaba si no te metías caballo. Con 25 años trabajando de auxiliar en una gestoría, mi padre se metió en una hipoteca.
Pero macho, siento decir que lo nuestras reglas son otras
La primera es que la recompensa no está garantizada. Para nadie. Hagas lo que hagas. El sistema no funciona con nosotros.
La segunda, si quieres, es que vamos a una sociedad de pequeños hiperganadores y de muchos ultraperdedores. Del youtuber o la onlyfanera con un bloque de viviendas alquilado y la vida resuelta a los 25 contra el que comparte balda de frigorífico a los 38.
Esta diferencia ya no la explica el esfuerzo. Ese "vector" de cambio no es útil.
Hace poco, en una conversación me dijeron que mis padres me habrían solucionado más la vida dejándome un pisito en Madrid que pagándome 4 años de carrera. Sería gracioso si no fuera cierto.
La movilidad social, o la meritocracia —eso que vendían como "si te esfuerzas, llegas"— se ha desplomado. También el conocimiento específico. Todo más o menos viene en ChatGPT y tú no puedes justificar mayor precio por una leve mejoría, si acaso.
Lo jodido es que ya es imposible ahorrar con un salario cada vez más deteriorado.
Y por desgracia, los que están arriba son los que han tirado la escalera mientras te hacen una peineta y se lee en sus labios "jó-de-te".
Estamos en medio de una gran transferencia intergeneracional de riqueza que consiste en empobrecer al que más recursos necesita para poner los cimientos de un proyecto vital.
Así que si tus padres no tienen piso que dejarte, estás jodido. Si no tienen contactos, estás jodido. Si no pueden prestarte los 40.000 de la entrada, estás jodido.
Pero intentas rascar unas perras igualmente. Total, la alternativa es resignarse a perder o hacer el macuto y salir de aquí.
Y aquí aparecen los listillos que ven el negocio en la esperanza o desesperación.
Tipsters. Cursos de trading. Gurús del dropshipping. Las academias de oposiciones que te cobran 3.000 euros por prepararte para una plaza que no existe.
Todos venden lo mismo: un billete para salir del pozo.
Y así pagas los 20 pavos del canal de Telegram. Por eso metes 200 lagartos en una shitcoin. Porque la esperanza es lo único que puedes permitirte comprar y tener fe en que tus decisiones te permitan progresar.
Es completamente racional.
Los economistas tienen nombre para lo que hacemos. Lo llaman "utilidad convexa en pérdidas".
Suena sofisticado, pero es simple: cuando ya sientes que estás perdiendo, prefieres una probabilidad pequeña de remontar a la certeza de seguir jodido.
No por nada los billetes de lotería se venden más en barrios pobres y las casas de apuestas están en los barrios más pobres.
No tienes las de ganar pero ya has hecho las cuentas.
1% de posibilidades y 99% de fe.
Ves que el alquiler sube pero el sueldo no. Que el Dacia Sandero es el coche más vendido de España y que ha duplicado su precio en 6 años.
¿Cuántos años necesitas para juntar una entrada y los impuestos de un piso modesto ahorrando 300 euros al mes? ¿15?
Con esas cuentas en la mano, la apuesta deja de parecer una chorrada para parecer un triple de espaldas y desde tu campo. ¿Y si sí? Es la única opción con algo de luz al final. Es ir perdiendo el partido 6-2 y decir "el que meta gana".
Más o menos no te estás muriendo de hambre. Tienes ropa que ponerte y un teléfono para comunicarte, las necesidades básicas cubiertas. Pero sientes que te falta algo así que apuestas para tener una vida. Para acceder a lo que ves pero no puedes tocar: la casa, el coche, la sensación de ser un adulto y no un eterno becario adolescente.
Y te dirán una y otra vez que "la esperanza matemática es negativa" desde su piso pagado. Normal, ellos ven una salida. Nosotros no.
Así que cuando estás atrapado, tus preferencias de riesgo cambian.
Y el reloj corre.
Antes podías pensar: "ya mejoraré, ya subiré, ya llegará mi momento".
Ya no.
La IA está en nuestras narices y cada semana aparece con una nueva funcionalidad que sube el listón. Escribe. Programa. Diseña. Analiza. No lo hace perfecto, pero lo hace barato. Y en economía, lo barato gana.
Los white collar como yo, que trabajamos en oficinas, tenemos los días contados. "¿Y luego qué? ¿Me meto a fontanero? Al menos tiene un foso defensivo contra la IA ¿A quién no se le rompe una lavadora?"
Estas preguntas te siguen rondando la cabeza mientras vuelves a mirar el exchange, a ver si anularon el gol ese del equipo serbio. Pero incluso si crees que estás a salvo "por ahora" ese sentimiento se acorta cada minuto.
El sistema deja de recompensar la paciencia y la gente deja de ser paciente. Simple. Por eso somos radicales. Por eso necesitamos cambios.
Al final saltas a Instagram para dejar de pensar y que piense por ti el algoritmo.
Un algoritmo optimizado para mostrarte el siguiente peldaño de lo que podrías tener. Las vacaciones que no te has tomado. El piso —o la habitación— que no puedes permitirte. El estilo de vida de alguien de tu edad que, aparentemente, lo ha conseguido.
Tus padres se comparaban con el vecino. Con el compañero de trabajo. Con cuatro primos en la mesa de Navidad, o con los excompañeros de clase, que respiran aliviados al saber que hay otro peor que ellos. Más calvo. Más insatisfecho. Con más divorcios.
La gama de referencia era estrecha y la tuya es infinita. Te comparas con medio millón de personas cada día. Y la línea de "suficiente" nunca deja de moverse justo hasta donde aún no has llegado.
Por eso sientes una presión mental que te dice: "date prisa, se acaba el tiempo".
Y otra, en el pecho, que te dice: "mira lo que te falta".
Y las dos te empujan a buscar una salida. Ya.
Antes de que sea tarde. Intentar algo ahora, mientras el dinero y la oportunidad todavía existen.
No voy a decirte que dejes de apostar. No soy quién. Ni siquiera esto era para hablar de apuestas.
Lo que sí voy a decirte es que no estás loco. Que si sigues intentándolo es porque aún hay algo vivo en ti. Un alma ardiente.
Lo que haces tiene lógica dentro de un sistema que ha dejado de tenerla.
Así que te la juegas para ser el outsider. Quieres ser el error estádistico. Lo que sea para tener UNA oportunidad.
El presente texto constituye una adaptación y reinterpretación de la tesis inspirada en el artículo "Long Degenarcy" junto a otras aportaciones propias que dan más fuerza a la tesis y que tratan de explicar la situación social de los españoles.
El artículo citado en inglés se puede consultar en siguiente enlace