Juvenal
Clásico
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- 23 Ago 2004
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Eclesiastés 1 : 9 rebuznó:Lo que fue, eso será. Lo que ya se hizo, eso es lo que se hará; nada hay nuevo bajo el sol
Eclesiastés 1 : 18 rebuznó:Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.
Aquel noviembre de 1987 lo tengo grabado en la memoria: las tropas soviéticas, empantanadas en el avispero afgano; un camionero pelirrojo se hacía de oro cantando "Never gonna give you up", y en todos los sitios habidos y por haber sonaba machaconamente una caterva de bastardos liderada por Joey Tempest (¿qué habrá sido de él, por cierto?) anunciando el final de la cuenta atrás. Pero si por algo lo recuerdo especialmente es por el olor a papel nuevo que desprendía "El nombre de la rosa" mientras la leía, fascinado por los párrafos en latín, por primera vez...
Aquel noviembre de 2001 estaban los soldados del tío Sam enfangados en Afganistán, y los rizos de un desconocido llamado Bisbal nos hacían presagiar que lo peor estaba por llegar. Caminaba yo encorvado, absorto, y mi rostro reflejaba la desazón del buen Guillermo al contemplar sus queridos libros devorados por el fuego. Me deslizaba entre la gente como una sombra fantasmal, y tal vez no fuera casual que despegase la vista del suelo al doblar la esquina y mis ojos se topasen con aquel contenedor de basura rodeado de cartones...
LA EXPOSICIÓN A LA LUZ PUEDE ALTERAR LA LECHE
Esa era la frase que se leía en aquella caja de cartón. Ignoro cuánto tiempo estuve delante; si Pablo cayó del caballo, yo sólo sé que me mantuve inmóvil, leyendo y releyendo la frase más bella encontrada jamás. Y me preguntaba una y otra vez, ante el contenedor, y con un cielo encapotado y plomizo, si sentir los benéficos rayos del sol podía alterar la leche. Y de ser así, ¿lo haría con todas? ¿Alteraría también la mala leche que me corroía? Curiosa epifanía.
Me hago esa pregunta desde entonces, y todavía no tengo la respuesta.
Enciendo la radio, suena Bananarama (¿será una señal oculta?). Cierro la ventana. Soy una vela que se consume lentamente, una hoja que rebana sordamente, soy un hombre hueco oculto en un hotel de Saigón esperando sin cesar una misión que no llega. Soy tantas cosas, que no soy nada.