Follar (o ser follado, según los gustos de cada cual) se ha convertido en un ejercicio de riesgo, y ya no por las venéreas que puedas cosechar por introducir el cipote donde no debes, sino porque se ponen en juego una serie de variables que hay que tener en cuenta. Lo de las apps es todo un mundo en sí mismo, además de una caja de sorpresas.
Ya he comentado en anteriores ocasiones los engendros que me han asaltado en citas locas a través de eDarling, donde, por ejemplo, entre otras muchas, llegué a quedar con una gorda con pecas (tantas que parecían salpicaduras de una sesión de scat) que no paraba de contarme su vida con actitud lacrimógena, buscando un maromo que le facilitara la vida para comprarse trapitos y tener algo de seguridad económica, cuando yo solo quería encontrar a una buena moza para hincarle la tercera pierna extensible sin compasión, y si el asunto era gostoso repetir hasta que se me cayera la picha. Pero en lugar de una tipa con un físico decente, simpática, dicharachera y con unas ganas locas de chingar, me encontré a un puto orco, con cierta morbidez, mirada torva y que daban ganas de morirse. Eso sí, al menos era joven, ni bella ni follable, pero joven.
¿Realmente hay tanta tipa, digamos cuarentona, buscando follaina por las apps? Lo pregunto desde la total ignorancia, porque yo, cuando veo tipas de piel ajada, faldones chariles o similares, huyo directamente. No tenemos porque resignarnos a follar con momias o tipas con braga-faja y hedor a amoníaco. Quiero decir, tenemos dignidad, no mucha, pero algo queda. Y no digo que las haya follables con esa edad, pero el porcentaje de chochos taladrables desciende dramáticamente. No nos engañemos.