HombrePollo
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Forrest Gump de Robert Zemeckis.
Secuencia en la que vemos a Jenny entrar en un autobús lleno de hippies. La siguiente aparición, cuando Forrest vuelve a verla años después, en la que Jenny está enferma de SIDA.
El paciente más antiguo infectado por el virus del sida que ha podido ser documentado científicamente es un congoleño cuya sangre, extraída en 1959, dio positiva. La muestra había sido congelada como parte de un estudio de investigación de aquella época y fue analizada en 1998 en busca del nuevo virus. Existen sin embargo otros casos muy sospechosos que podría haber sido sida en los años 30, sin embargo no han podido ser documentados por no existir sangre disponible para el análisis. Otros casos que precedieron a la epidemia y que están bien documentados son los de un marinero noruego que murió en 1976 y el de un adolescente afro-americano que murió en 1969, en ambos se aisló el virus a partir de muestras de tejido.
Los modelos matemáticos más sofisticados, basados en el componente genético de los distintos virus de inmunodeficiencia conocidos y en sus posibilidades de evolución hasta dar con el VIH actual, sí han conseguido establecer una fecha aproximada del salto de la infección desde el mono al ser humano. Por medio de superordenadores se ha conseguido establecer que este evento tuvo lugar en torno al año 1930 y si se quiere ser menos preciso, existe un 95% de posibilidades de que ocurriera entre 1910 y 1950.
Eran los años 70 y la liberación sexual, producto del movimiento hippie, estaba en su apogeo. Siguiendo esta corriente, la comunidad gay de algunos países había decido salir a la calle y mostrarse sin complejos. En ciudades como San Francisco o Nueva York proliferaban los garitos donde además de copas y música se consumía sexo sin restricciones.
Según investigaciones de aquella época, en una sola visita a estos locales (saunas, discotecas o clubes especiales) se producían una media de 2,7 contactos sexuales. Proliferaron entonces las enfermedades de transmisión sexual (ETS) y era frecuente encadenar o padecer a la vez gonorrea, sífilis, herpes genital y toda una ristra de enfermedades asociadas a la promiscuidad. Sin embargo, no fue suficiente para modificar los hábitos sexuales de la época. Eran tiempos felices y la mayoría de estos problemas se arreglaban con antibióticos.
Fue en este escenario cuando en junio de 1981 se comunicó, en una revista científica, el primer caso de neumonía por Pneumocystis carinii en un paciente homosexual. Este germen era hasta entonces muy poco frecuente salvo en sujetos con las defensas bajas. Casi simultáneamente se publicaron varios casos de sarcoma de Kaposi en pacientes jóvenes y los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente. Ambas eran enfermedades raras que aparecían sólo en sujetos inmunodeprimidos, es decir, sin capacidad para defenderse de las infecciones y de algunos tumores.
En pocos meses se describieron casos similares en otros países occidentales, fundamentalmente europeos, y cundió la alarma. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué de pronto aparecían casos raros entre la desenfadada y joven comunidad homosexual de San Francisco y Nueva York? Aunque los que vivieron aquel momento no eran conscientes de ello, eran los primeros días de un drama que llegaría hasta nuestros días.