Juvenal
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- 23 Ago 2004
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Todos mis tíos abuelos fueron ardientes republicanos y sirvieron en el Ejército Popular. Alguno de ellos, como el tío Misto (Temístocles), llegó a teniente en campaña, el equivalente a alférez provisional.
Acabó la guerra. Vae Victis! Fueron encarcelados y alguno torturado. Mi tío Pablo me contaba cómo un día los guardias habían obligado a otro preso a comerse una mierda con sal.
Mi tío Tristán salió de la cárcel, era un comunista convencido. Años después de la guerra, llegó de visita al pueblo un obispo. Tristán masculló: "Ojalá viniera la Pasionaria y no tanto cura". Alguien lo oyó y volvió a dar con sus huesos en la cárcel.
Todos ellos tenían dignidad e ideales.
El destino es curioso. Mi tío Tristán emigró a Madrid (creo que ya os he contado que tengo familia en muchas partes de España). Allí se casó y tuvo siete hijos, todos ellos le salieron de derechas, peperos del sector duro.
A mi abuelo la guerra le sorprendió haciendo la mili en Madrid y vivió los combates del Cuartel de la Montaña, creo.
Aquello se ve que no le gustó y cuando volvió al pueblo, mi abuela le pasó unos emplastes de hierbas que aplicados sobre una pierna se la dejaron hinchada y de feo aspecto.
A mi abuelo lo enviaron a un hospital militar de Valencia para revisar su pierna. Él no olvidaba cada día frotarse con aquel mejunje para que la superchería no desapareciera.
El hospital estaba abarrotado de desertores y tullidos quejosos que buscaban el licenciamiento por inútiles.
Un día, llegó un comisario y dijo que todo el que no estuviera formado al día siguiente y listo para ir al frente sería fusilado.
A la mañana siguiente, el patio estaba lleno de muletas y garrotes en el suelo y todo el mundo estaba en fila. Todos menos mi abuelo, que seguía quejoso en la cama.
Lo licenciaron.
Pasó toda la guerra sentado en el portal de su casa, apoyado en un bastón.
Durante la posguerra, veía los paseos sentado desde el portal, nunca fue a ver a sus hermanos a prisión.
Nadie descubrió nunca el engaño.
Creo que soy un digno nieto de él. He aprendido a decir a la gente lo que quiere escuchar, y a adoptar una máscara según el interlocutor. A nadar y guardar la ropa, a poner las velas según el viento...
Soy como él: un desertor, siempre en tierra de nadie, y niego más que san Pedro.
Todos los cretenses somos mentirosos...
Acabó la guerra. Vae Victis! Fueron encarcelados y alguno torturado. Mi tío Pablo me contaba cómo un día los guardias habían obligado a otro preso a comerse una mierda con sal.
Mi tío Tristán salió de la cárcel, era un comunista convencido. Años después de la guerra, llegó de visita al pueblo un obispo. Tristán masculló: "Ojalá viniera la Pasionaria y no tanto cura". Alguien lo oyó y volvió a dar con sus huesos en la cárcel.
Todos ellos tenían dignidad e ideales.
El destino es curioso. Mi tío Tristán emigró a Madrid (creo que ya os he contado que tengo familia en muchas partes de España). Allí se casó y tuvo siete hijos, todos ellos le salieron de derechas, peperos del sector duro.
A mi abuelo la guerra le sorprendió haciendo la mili en Madrid y vivió los combates del Cuartel de la Montaña, creo.
Aquello se ve que no le gustó y cuando volvió al pueblo, mi abuela le pasó unos emplastes de hierbas que aplicados sobre una pierna se la dejaron hinchada y de feo aspecto.
A mi abuelo lo enviaron a un hospital militar de Valencia para revisar su pierna. Él no olvidaba cada día frotarse con aquel mejunje para que la superchería no desapareciera.
El hospital estaba abarrotado de desertores y tullidos quejosos que buscaban el licenciamiento por inútiles.
Un día, llegó un comisario y dijo que todo el que no estuviera formado al día siguiente y listo para ir al frente sería fusilado.
A la mañana siguiente, el patio estaba lleno de muletas y garrotes en el suelo y todo el mundo estaba en fila. Todos menos mi abuelo, que seguía quejoso en la cama.
Lo licenciaron.
Pasó toda la guerra sentado en el portal de su casa, apoyado en un bastón.
Durante la posguerra, veía los paseos sentado desde el portal, nunca fue a ver a sus hermanos a prisión.
Nadie descubrió nunca el engaño.
Creo que soy un digno nieto de él. He aprendido a decir a la gente lo que quiere escuchar, y a adoptar una máscara según el interlocutor. A nadar y guardar la ropa, a poner las velas según el viento...
Soy como él: un desertor, siempre en tierra de nadie, y niego más que san Pedro.
Todos los cretenses somos mentirosos...
