EN LOS SENDEROS DE LA MITOLOGIA GAY

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EN LOS SENDEROS DE LA MITOLOGIA GAY

Enviado el Sunday, 29 August a las 17:06:08 por turpin

Redacción.- Presentamos un fragmento del capítulo V del libro de próxima aparición “¿Gays? ¡No gracias!” que publicará Editorial PYRE a finales de septiembre como número 3 de su Colección Impacto. Esta obra supone la primera refutación global del movimiento gay y de su actividad desde la definición de un nuevo paradigma de normalidad.

Vale la pena ver como un gay se ve a sí mismo y como ve al mundo… por que así el mundo sabrá como tiene que mirarlo y como es visto. Y no creo que al “mundo” (me refiero al mundo heterosexual, es decir a la mayoría) le guste conocer los matices de la “mirada homosexual”, pero, en cualquier caso, resulta curioso. Si ustedes quieren ahorrarse la lectura del siguiente capítulo, se lo resumiré diciendo que el mundo gay practica una desconfianza endémica hacia el mundo no gay, teñida frecuentemente hostilidad y enmascarada frecuentemente con conceptos de respeto, tolerancia mutua e igualdad. Hay que decir que el movimiento gay es heteróclito y abarca un amplio espectro que va des los discretos que permanecen apalancados bajo la protección del armario, hasta los intolerantes que consideran que la sociedad gay no tiene nada que aprender ni equipararse con la heterosexual y que es ésta la que debe seguir el ejemplo de aquella. Pero, en general, para el movimiento gay militante, cualquier tipo de objeción –por pequeña que sea-, toda reserva mental que albergue un hétero hacia los aspectos más extremistas de las reivindicaciones del mundo gay es susceptible de ser considerada por el movimiento de reivindicación de los derechos de los homosexuales como un acto hostil; finalmente, sacarán en conclusión la sospecha de que el mundo gay sólo puede tener la iniciativa en una sociedad que ha perdido el paradigma de normalidad, es decir, una sociedad en situación de 3D: “Decadencia, Desintegración y Derribo”.

LA BUENA CONCIENCIA DEL EXILIO

Todos vivimos, en mayor o menor medida, una situación de exilio psicológico. Y los gays, podemos creerles, más. De hecho su reflexión sobre el mundo empieza (y con cierta frecuencia termina) con ese lamento. Habitualmente veo a una mujer, me gusta y sé que si tengo aplomo, habilidad, se que puedo iniciar una maniobra de aproximación. Y esto en un 96-97% de los casos. Un gay ve un culito respingón que le atraiga y sabe que puede optar a él en el sólo en el 3-4% de los casos. Mal asunto. Esta y no otra es la fuente de todas las tragedias del movimiento gay. Desear algo que en el 96-97% de los casos le está vedado. Y la situación no mejorará: por que aunque las reservas que en otro tiempo haya tenido la sociedad hacia la hemofilia desaparecieran finalmente y se instaurara el reinado de la tolerancia… el 96-97% seguiría siendo hétero y dando calabazas a otras pretensiones. Esto lo intuyen los representantes más extremistas del movimiento gay y por eso claman por la segregación: son los héteros quienes deben de asumir los valores y comportamientos de la sociedad gay. No al revés… Algo, evidentemente, inviable. Estos seguirán viviendo exiliados por siempre jamás.

Sin embargo, a algunos nos ha gustado vivir exiliados. El día que salté la ventana de mi casa huyendo de la policía por un quítame allá esas pajas políticas, sentí que un mundo nuevo se abría. Y ese mundo era París. En París es imposible sentir el exilio como un castigo; para mí, a pesar de la lejanía, las privaciones y la clandestinidad, París fue el Paraíso. El mundo gay tiene morriña de una Arcadia feliz que jamás existió pero que tienen por su patria originaria. Esa es su patria y el exilio su destino. Difícilmente puede aspirar a otra situación aquel que se siente ciudadano de una tierra mítica que jamás existió. Por que Utopía en el mañana y Arcadia en el ayer, no son más que mitos “3Im”: improbables, imposibles e imponderables”.

Hace años me toco escribir un libro sobre el catarismo. A decir verdad, el tema ni me apasionaba, ni siquiera me interesaba, pero esto es Catalunya y un pedido es un pedido, así que, le dediqué al tema un par de meses. Hubo algo en la espiritualidad cátara que ahora me recuerda exactamente al mundo gay. Ya verán porqué lo digo. El caso es que el libro empezaba con algo, aparentemente, tan poco cátaro como el cuento de la bella y la bestia (o el bestia). Cito de la introducción de aquella obra:

"La Bella y la Bestia" es algo más que una cuidada película de dibujos animados. ¡Quién diría que este cuento para niños encierra la perífrasis simbólica de la doctrina cátara! La Bestia, es ese ángel prisionero de Satán que, tras la "caída", se ha visto arrojada a un cuerpo desagradable y horrendo. La única forma de que el ángel caído pueda recuperar su estado de belleza natural es mediante la redención por el Amor. Y ese amor debe venir de una dama pura… Sería difícil resumir con más sencillez la temática que popularizó el catarismo hace ahora más de setecientos años: el mundo es imperfecto y malvado por que faltan en él caridad y amor. Bastará con introducir estas virtudes en el corazón de los hombres para que rediman sus almas prisioneras del Maligno y encerradas en esas oscuras mazmorras que son nuestros cuerpos físicos. Tal es, en síntesis, la "respuesta cátara" al problema de la existencia humana.

Fin de la cita. El homosexual se ve a sí mismo como exiliado en un mundo –el heterosexual- que no es el suyo. Eso le hace sentirse diferente. De hecho, se tiene por un “ángel caído” –hay en la mayoría de gays dosis de narcisismo no desdeñable- arrojado al mundo hétero, procedente de la Arcadia homofíla (o del Paraíso ideal, previo a la irrupción de Eva) y habitado por una mirífica y venturosa realidad hecha de esencias puras que bastará introducir en el mundo heterosexual para hacer de él un lugar habitable. Dentro de ese mundo hétero se tiene por un “bicho raro”. Es “el diferente” en una proporción de 96 a 4. O de 24 a 1. Diferente, si. Para liberarse de esta presión, bastará que una “dama pura”, el movimiento de liberación homosexual, bese en la frente al Bestia (o a la Bestia) simbólica, para que éste recupera su verdadera dignidad. La moraleja es: “solamente es habitable para un gay, un mundo gay; como es el mejor de los mundos, hagamos del universo heterosexual, una proyección del mundo gay”. Lo que, finalmente, equivale a decir: borremos la carga genética, anulemos la acción de las hormonas, neguemos la biología y la fisiología, la reproducción y la perpetuación de la especie y sigamos a ese culito. Simplificando, claro. Simplificando, pero no mintiendo.

Cuando estaba componiendo aquel libro, el catarismo se me presentó como una forma de “espiritualidad gay” (en el fondo estaba ligado al “gay saber” medieval, aun cuando no tuviera nada que ver con la homosexualidad). Sería muy presuntuoso decir que el catarismo alumbró algún tipo de cultura propia, pero sí es cierto que en el suelo en el que floreció, había irrumpido un tipo de civilización en el cual la mujer ocupaba un aspecto preponderante (fue en Occitania en donde prendió el culto a la Dama y se organizaron las “Cortes de Amor”, fue allí donde floreció el movimiento de los trovadores) y se generó un refinamiento de las costumbres que contrastaba con la rudeza de los vecinos del norte (esos francos malcarados) y con los vecinos del sur (aragoneses hijos del trueno, navarros y vascones ebrios de fuerza y vigor). Ese refinamiento me terminó evocando algunos ejes del mundo gay… aun cuando es, evidentemente, un estereotipo pensar que todos los gays de nuestro tiempo son refinados, cultos, educados y responden a un esquema de sofisticación extrema. También en este sector los hay más bestias que un arado y más bastos que “la Veneno” sin maquillar. Que de todo hay en los caladeros del Señor.

La civilización occitana fue (o intentó ser), como el mundo ideal gay, areópagos de sensualidad. Fuera de ella, los cátaros se sentían en el exilio, arrojados a un mundo construido por el dios del mal, así como los gays se han sentido exiliados en el mundo heterosexual. Para ellos el dios del mal es, obviamente, heterosexual. En el fondo, ambas son dos formas de mitología. Es decir, de irrealidad. Por que, desde que el mundo es mundo, no ha existido un período de paz y amor fuera de las utopías de mentes calenturientas y no porque haya sido construido por un dios malísimo. Así mismo, las sociedades, gracias a que son heterosexuales, han logrado subsistir en el tiempo.

Suele decirse que el exiliado ”sabe más” que aquel que vive en su propia patria durante toda la vida. Al menos aquel tiene formas alternativas de ver las cosas. Error: la “superioridad” del exiliado es ficticia, a menos que no evidencie una alta capacidad de adaptación. Para adaptarse, el gay dispone del armario, esto es, la propia intimidad, el “ambiente” y, antaño, el gueto. En el ambiente no hay duda de quien es quien y de qué busca cada cual. En el ambiente no hay exilio posible, hay comunidad. La alternativa es: o la tranquilidad del ambiente, intocable, inamovible, o la inseguridad de la sensación de exilio. Por que el mundo que pretenden –el homofilo universalizado- es inconcebible, mientras haya hombres y haya mujeres. Además, si el homosexual se siente a sí mismo como exiliado, es lógico que busque la compañía de otros exiliados, es así como nace el ambiente o la comunidad homosexual.

El problema empieza en el momento en el que el movimiento gay se niega a permanecer en los cuarteles de invierno del ambiente, hecho de calor y humanidad homófila, para irrumpir en el mundo heterosexual. El ambiente (ni siquiera el gueto) no tiene forzosamente connotaciones negativas. En realidad, más que gueto cabría llamarla “reserva de caza”, por que eso es. Es, simplemente, un lugar seguro. Allí se tiene todo lo que uno precisa y busca; hoy, resulta claro, que no hay ningún tipo de riesgo, ni redadas, ni bandas homófonas que realicen razias periódicas. ¿Salir del gueto? ¿extender el ambiente a toda la sociedad? Mal asunto, por que fuera es donde vas a sentir la marginación.

Hoy, a ningún gay se le escapa que no es en el gueto en donde corre el riesgo de sentirse marginado (sentirse en el sentido de estar acomplejado), sino fuera de él. Y que todos tenemos nuestros guetos. Yo sé que no puedo tirarme en paracaídas sobre una gran ciudad (y me gustaría), debo hacerlo donde me lo permitan. Y esa prohibición la experimento como una privación. Necesaria… pero privación. Me gusta ver una ciudad desde una perspectiva aérea y cambiante y no desde la ventana inamovible de mi apartamento. Mucho más si la privación se tiene en el terreno de los hábitos sexuales en donde el Estado debería estimular aquello que es “mejor” en función del paradigma de “normalidad”: la familia heterosexual con capacidad de procreación. Lo que no es eso –que corresponde a las necesidades de supervivencia de la especie y al nivel óptimo de adaptación fisiológica- puede considerarse exiliado… por que, finalmente, lo está. Y es inevitable que aparezca esta sensación.

Claro está que la sostenibilidad de ese planteamiento se realiza a condición de que seamos capaces de introducir otro parámetro: la tolerancia. La actual sociedad heterosexual, ya ha aceptado el polimorfismo sexual; así que la tolerancia de esa sociedad, como el valor al soldado, se le suponen. Esa tolerancia es más “democrática” que una sociedad en la que los homosexuales (una minoría del 3-4%) impongan sus conveniencias sobre la sociedad heterosexual (96-97%). Especialmente, si sus conveniencias, van en contra de las necesidades de la especie (la reproducción, sin ir más lejos) o la fisiología impone sus reservas. Así que el exilio no es malo, a menos que nos sintamos extraterrestres arrojados a un planeta hostil. Algunos gays, evidentemente, sienten esta sensación. Es inevitable que la tengan… pero nosotros no podemos hacer gran cosa más para reconfortarlos. Cada cual su cruz y cada Sebastián con su manojo de flechas. Y a llevarlo bien.

© Ernesto Milà – infoKrisis – administració[email protected]
 
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