Ese desconocido al que hace referencia mi amadísimo amigo no es el Signore Antonio Salieri, sino únicamente un emisario, un criado apellidado Leitgeb, que se presentó en casa de Mozart por cuenta de su patrón, el conde Von Walsegg, quien deseaba esconderse en el anonimato. Se trataba de un amante apasionado de la música y compositor aficionado. Deseaba conseguir la mejor música para honrar a su joven esposa, fallecida un par de años antes y pretendía interpretarla en su castillo con su propia orquesta y haciéndola pasar por suya. No era la primera vez que había hecho algo así con obras de otros compositores, pero para este fin escogió al mejor y ofreció por ello una buena recompensa que a un Mozart arruinado, totalmente endeudado, no le vendría mal.
Cuando Mozart muere el 5 de diciembre de 1971 el Introito y el Kyrie están acabados. Los seis movimientos de la Secuencia (Dies Irae, Tuba Mirum, Rex Tremendae, Recordare, Confutatis y Lacrimosa) están completos en sus partes vocales mientras que las instrumentales están esbozadas. El Lacrimosa se interrumpe en el octavo compás ( en las palabras "Qua resurget ex favilla, judicandus homo reus"), y el romanticismo que vino después pretendía que justo en ese momento tuvo lugar su muerte. Es posible... Del resto de la liturgia: Offertorium (Domine Jesu y el Hostias), Sanctus, Benedictus, Agnus Dei y la Communio sólo hay esbozos.
Su esposa Constanza, una vez muerto Mozart y ante los apuros económicos encomendó la terminación de la obra inconclusa a un músico estimado por aquél llamado J. Ebler, pero éste declinó el ofrecimiento por ser tarea demasiado complicada. Terminó aceptando el encargo Süssmayer, alumno de Mozart que le acompañó en sus últimos momentos y que debía de tener cierta familiaridad con la arquitectura de la obra. Y a fe mía no lo hizo nada mal.
Estamos ante una de las más altas cimas alcanzadas por el genio humano.