Alcaudon
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En las junglas de hormigón y Wi-Fi del siglo XXI habita una especie curiosa: el Testigo de jehoMarx.
No se distingue por su plumaje, sino por su liturgia. Se acerca en bandadas, casi siempre en Twitter y foros menores, a veces en manifestaciones, y emite un canto muy reconocible: "el capitalismo mata", "eres tontísimo", "nunca se ha vivido tan bien como en la URSS". Si uno se queda quieto y no hace movimientos bruscos, puede observarlo sin peligro: está demasiado ocupado evangelizando como para darse cuenta de que lo estás mirando.
Su mente vive empotrada en el siglo XIX, una especie fósil que ha llegado de milagro a 2025.
La economía ha crecido, hemos presenciado las atrocidades de sus regímenes, tenemos datos de absolutamente todo…, pero él sigue leyendo el mundo con las mismas gafas que un obrero de una novela de Dickens saliendo de una fábrica humeante.
En su origen, lo de "¿y si expropiamos todo y dirigimos la sociedad desde un despacho para acabar con la miseria?" podía sonar a experimento.
Luego el experimento se hizo.
Casi un centenar de veces.
Y no en una maqueta, sino con miles de millones de personas.
Si rastreamos sus huellas históricas, no encontramos ningún paraíso perdido, sino un patrón que se repite con una puntualidad científica: la URSS y sus hambrunas programadas, la China de Mao con el Gran Salto Adelante, la orgía de sangre de Camboya, los museos vivientes del fracaso como Cuba o Corea del Norte, los muros con minas y francotiradores de la Alemania oriental para evitar que la gente huyera "del mejor sistema del mundo".
Cambian las banderas, cambian las consignas, pero el resultado es siempre el mismo: hambre, miseria, represión, genocidio y estancamiento cultural.
Aquí aparece el rasgo más fascinante del Testigo de jehoMarx, su absoluta incapacidad para la autocrítica.
Cualquier otra criatura se pararía a pensar: "oye, si el pastel sale envenenado cada vez que aplicamos esta receta, quizás la receta no sea muy buena".
Pero él no.
Él desarrolla callo mental.
"No era verdadero comunismo", repite, como un mantra.
O que fue culpa del bloqueo, o del trigo, o del petróleo, o del alineamiento de Saturno.
Su cerebro funciona como un filtro de spam: todo dato que contradiga el dogma se marca automáticamente como "no procesar".
La fe es total, rozando lo infantil.
El resto del mundo ve fotos de gente haciendo cola para conseguir medio pan, archivos de policía política leyendo cartas, testimonios de campos de trabajos forzados, niños creciendo en ruinas, edificios cayéndose a pedazos, fosas comunes ciclópeas, y piensa: "joder, esto es un infierno".
El Testigo de jehoMarx lo mira y ve "intentos nobles", "procesos imperfectos", "experimentos truncados".
Tú metes hechos históricos contrastados por un lado y, por el otro, sale una excusa lista para usar.
Es una trituradora ideológica.
Si analizamos su dieta cultural, la cosa pasa de inquietante a tierna.
No ha leído 'La riqueza de las naciones', ni siquiera la versión abreviada.
El 'Manifiesto Comunista' quizá sonó en el instituto, pero hoy lo confunde con un eslogan de camiseta. 'El Capital' ni se plantea abrirlo, demasiadas páginas, cero dibujitos, tampoco la versión abreviada.
Hayek le suena a marca de yogures, 'Camino de servidumbre' a título facha, el nombre de Thomas Sowell o Antonio Escohotado no existe en su universo.
De economía del siglo XX sólo conoce caricaturas, y siempre contadas por sus propios sacerdotes ideológicos.
Lo que sí consume, y a paladas, son titulares sensacionalistas de Público o El Diario, El Jueves convertido en catecismo, hilos de Twitter escritos por Gerardo Tecé y Protestona, panfletos tipo 'Franquismo S.A.' de Antonio Maestre y pseudo-literatura de guerra de sexos donde el marxismo viene disfrazado de feminismo pop.
En toda su vida, no ha abierto un solo manual serio de historia contemporánea, ni un libro de sociología mínimamente riguroso, ni un solo texto de economía.
Ni siquiera a los propios marxistas que se han dejado los cuernos analizando por qué aquello salió tan rematadamente mal.
Su catecismo lo redactan cuatro columnistas, dos humoristas gráficos, un par de influencers muy mucho indignados y una docena de clichés de Hollywood.
Desde este vacío total de lecturas, el Testigo de jehoMarx se siente, sin embargo, capacitado para repartir carnés.
Te explica qué es fascismo, qué es liberalismo, quién es "neoliberal", quién es "ultraderecha" y quién merece ser excomulgado.
Pero ignora por completo que el fascismo nació como movimiento obrero y sindical, que las siglas de Hitler decían literalmente “Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes”, que la Falange era sindicalismo nacional de bar de pueblo, que esos regímenes compartían tronco con la tradición colectivista que él adora.
Para él, "fascismo" es un saco en el que se mete cualquier cosa que cuestione mínimamente su fe.
Criticas Cuba: fascista.
Dices que en Suiza se vive bien: fascista.
Mencionas los muros minados para que la gente no escape: fascista.
No soporta la idea de que sus enemigos históricos se parezcan demasiado a su propio modelo.
Y como todo dogma, el suyo necesita mártires.
Ahí aparece la figura del guerrillero de póster, Ernesto "Ché" Guevara.
Ese señor con boinilla que decora camisetas, vasos, pegatinas y bares de estudiantes. De su racismo explítito, de su desprecio a los homosexuales y sus campos de concentración con carteles de "el trabajo os hará hombres", de los fusilamientos..., el Testigo de jehoMarx sabe poco y quiere saber menos.
Es incómodo.
Lo importante es la imagen, esa cara mirando al horizonte, convertida en icono pop.
Alrededor de él se acumulan otros tantos santos, todos convenientemente recortados para encajar en la vitrina del martirio.
En la vida cotidiana, el espécimen combina dos modos, el de teclado y el de manada urbana.
En modo teclado, su agresividad verbal es infinita y sin riesgo. Todo el que discrepe es nazi, fascista, criminal, "cómplice de genocidio" aunque esté hablando de bajar el IVA de los pañales.
En modo manada, cuando se siente protegido por la multitud, esa violencia baja del plano simbólico al físico: escaparates hechos polvo, coches volcados, mobiliario urbano ardiendo y, a veces, gente de verdad recibiendo palos. En España, un motero fue asesinado por Víctor Láinez a garrotazos por llevar tirantes con los colores de su país.
Para el Testigo de jehoMarx, eso no define nada.
Para él, la violencia política es sólo la que viene del otro lado, aunque sea inexistente en la práctica.
Si seguimos su rastro a otros países, lo encontramos en su versión XXL en los disturbios de 2020 en Estados Unidos, provocados principalmente por Antifa y BLM.
Bajo banderas de justicia social, se arrasaron barrios enteros, se quemaron negocios de gente que bastante tenía con pagar el alquiler, sin contar palizas indiscriminadas, violaciones y asesinatos.
Y se montó en Seattle una "zona autónoma" que vivió tres días a base de saqueo hasta que se acabó la comida y empezó la realidad.
Era como ver un documental acelerado del socialismo: primero la gran promesa, luego la fiesta, luego el hambre y al final los vecinos mirando los destrozos.
Mientras tanto, cualquier gesto de defensa de la propiedad o del propio barrio se presentó como mal absoluto. Kyle Rittenhouse, un menor que patrullaba con un rifle para intentar disuadir a saqueadores, se convierte en SATANÁS, aunque un jurado determine que lo que hizo fue defenderse de adultos armados que le querían reventar la cabeza.
Aquí sólo manda la narrativa.
La violencia "revolucionaria" siempre es más que razonable, incluso necesaria.
La resistencia a esa violencia, jamás.
Visto desde lejos, el Testigo de jehoMarx provoca una mezcla rara de rabia y pena.
Rabia, porque su fe ha servido de coartada a regímenes que han convertido y convierten países enteros en cárceles a cielo abierto.
Pena, porque la mayoría de sus devotos de base no han leído nada, no han contrastado nada, no sabrían ubicar en un mapa muchos de los lugares que nombran con solemnidad, repitiendo eslóganes de tertulianos y tuiteros: se sienten vanguardia histórica y no han pasado ni por el escalón básico de mirar de frente la historia real.
Si Félix Rodríguez de la Fuente hubiera tenido que narrar su comportamiento, uno casi lo oye...
«Y ahí, queridos telespectadores, vemos al Testigo de jehoMarx en su entorno urbano. Siempre alerta ante cualquier símbolo que le irrite, dispuesto a lanzar su grito de guerra: "eso es fascismo". No conoce el origen de las palabras que usa, pero las agita con fervor. Desprecia la sociedad que lo alimenta, aunque jamás haya probado a vivir fuera de ella. Y así seguirá, de rama en rama digital, predicando un paraíso que sólo ha funcionado, brevemente, en su imaginación».
Y tú, desde el sofá, únicamente puedes suspirar, apagar el documental y decir: "joder…, qué fauna hemos criado".
Editado cobardemente:
