Dedicado al Pitercito...
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A POR EL MIRON
Marta no era un bellezón, pero constituía la primera mujer que iba a ver al natural en toda mi vida de adolescente traumatizado. No, eso no es cierto, naturalmente a lo largo de mis 19 años había visto con seguridad a otras mujeres desnudas: a mi madre, para empezar, le tenía que haber visto las tetas por narices, pero yo no recordaba nada de ellas, ni siquiera el sabor; y a los catorce años sí recuerdo que a Bea, la chica fea de nuestra pandilla de verano, se le soltó una vez el tirante del bikini, dejando al aire un seno blanco y gelatinoso (lo recuerdo así, gelatinoso, no me preguntéis por qué: quizá porque estaba mojado por el agua del mar, con gotitas), con un pezón rosa muy bonito; ella era fea, pero el pezón era bonito. Recuerdo que me hice muchas pajas recordando aquel pezón. Por aquel entonces no estaba de moda el que las mujeres tomasen el sol en la playa con los pechos descubiertos, y menos en el Norte de España, así que pocas más experiencias en ese sentido puedo contar.
Por supuesto, sí había visto a mujeres desnudas en revistas y películas para adultos. Pero eso no es lo mismo, claro. De hecho, me pasaba el día mirándolas y pajeándome. Guardaba decenas de revistas de mujeres desnudas en un rincón de mi armario, bajo los libros de EGB, que mi madre se empeñaba en guardar, nadie sabe por qué: pero su práctica inutilidad futura convertían aquel sitio en el escondrijo más seguro de toda la casa. Si mi madre husmeaba por allí, le aseguraba que eran revistas de la naturaleza, como el National Geografic, y en cierto modo así era.
Sólo tenía dos aficiones en mi adolescencia. Pajearme y escribir. No sé si he llegado a ser bueno en la segunda, pero os puedo asegurar que en la primera no me gana nadie.
Ah, se me olvidaba, claro está, que por aquella época yo era virgen. Lo daba tan por sentado que ni siquiera se me ha ocurrido especificarlo. Sí, el típico chaval tímido al que las chicas desdeñan por el chico de la moto, y toda esa mierda. No tuve una novia hasta los 23, y no me dejó penetrarla hasta que le mentí.
Por eso cuando conocí a Óscar, Mario y Marta, y me propusieron ir a la playa nudista, no lo dudé un segundo. Ellos iban habitualmente, pero para mí era como entrar en un sueño hecho realidad. Todo el mundo desnudo y sin preocupaciones. ¡Qué maravilla! Pensé que ése era mi sitio, que allí encontraría sin duda la felicidad, aunque fuera sólo por vía visual, que era la única a la que me habían relegado la posibilidad de ser feliz.
Además, ellos eran mayores que yo, y permitirme acudir como a uno más a una playa nudista suponía sin duda un signo de que me aceptaban en su grupo. Yo era bastante maduro para mi edad (aparte de ese quítome allá esas pajas que conformaba el pan mío de cada día), y me encontraba a gusto en su compañía.
Óscar, un andaluz larguirucho y muy agudo de pensamiento, tenía 22 años, y estudiaba Empresariales, pero él quería ser dibujante de comics. Era bueno, aunque era mejor con los guiones. Yo nunca se lo dije, por eso, porque era mejor que yo (ya sé, ya sé, no hace falta que os riáis; pero no se lo digáis a él). Marta estudiaba con Óscar. Creo que tenía su misma edad. No era fea. Era... resultona. Una cara de tantas, pero que poco a poco se te va haciendo atractiva. Y muy maja: era de las pocas mujeres que no se irritaban hablando conmigo, así que yo le estaba especialmente agradecido. Que yo supiera, no estaba enrollada con ninguno de sus colegas.
Y Mario era el mayor del grupo. Yo no sabía su edad, pero me habían dicho que rondaba por los 30. Curraba de administrativo en la facultad de Empresariales. Era bastante callado y hosco, y a mí no me caía muy bien.
Por supuesto, yo no conocía de nada la Facultad. Había dejado el instituto en Tercero de BUP y me había puesto a trabajar con mi padre de zapatero. Sí, ya sé que suena patético. Pero tenía que ayudarle, al pobre hombre: había pillado una enfermedad pulmonar de tanto aspirar betún (el nombre científico es Asquilosis) y no podía trabajar más de cuatro horas diarias. Así que yo le completaba los encargos cada jornada. Mis sempiternas uñas negras y mi olor a pliegues profundos eran otro motivo para que las chicas me desdeñaran.
El día de la expedición quedamos de buena mañana. Ellos eran habituales de la playa nudista, una pequeña cala situada a pocos kilómetros de Pontevedra. Mario conducía y, como él conducía, él elegía la música. Eran arias de ópera escogidas, una puta mierda. Tras mucho insistir, conseguí que me dejara poner un rato una cinta de éxitos de Chris Isaak. Yo estaba ilusionado, porque confiaba mucho en que esa cinta les gustase: necesitaba que les gustase, para sentirme más integrado en la panda. Pero con el ruido del motor y el aire ventoso colándose por las ventanillas abiertas (hacía mucho calor y no teníamos aire acondicionado) era imposible oír algo inteligible. Yo podía seguir las melodías, pero porque ya me conocía las canciones. Como me había costado mucho convencer a Mario de que me dejara poner el cassette, me corté a la hora de pedirle que subiera el volumen, y nos pasamos el resto del viaje con un chisporroteo de fondo, un estruendillo confuso y amorfo, como una colchoneta sonora bajo los vozarrones despreocupados e indiferentes de mis nuevos amigos.
Por fin llegamos a la cala. Lo primero que vi me decepcionó cantidad, porque yo me esperaba que aquello fuera el edén de la sexualidad. Y qué va: a la entrada había un cartel bien grande que decía: "El mirón, al pilón". Me quedé desconcertado, sin saber qué pensar. ¿Pero aquel lugar no era una celebración de la carne desnuda? A lo mejor nos habíamos equivocado de sitio.
Pero qué va: en la playa había gente desnuda. Al tiempo que nos adentrábamos en la cala, fui comenzando a ver cuerpos en la lejanía y a media distancia, algunos estirados, otros caminando por la orilla del mar. Entrecerré un poco los ojos y, sí, parecían estar todos en pelotas. Qué alegría, pensé. Qué gente más suertuda.
Llegamos a la altura del grueso de los bañistas. Casi todo eran familias o parejas, de treinta años o más, algunas con niños pequeños. Les envidié. Qué cojonudo crecer sin complejos ni prejuicios. Y yo que sólo había visto (o recordaba haber visto) una teta en mi vida. Comparado con mi vida previa, aquello me parecía un empacho de carne al descubierto.
Vi que los demás se detenían en un claro entre el grupo más numeroso (habría unas cincuenta personas, a lo sumo) y se empezaban a desnudar. Ése era el momento que yo más había temido. Desnudarme. ¿Sería en el último momento demasiado tímido para hacerlo, me cortaría?; ¿o al revés, me desnudaría alegremente y mi colita delataría lo mucho que me gustaba aquel ambiente? Había oído, eso sí, que uno no podía caminar con la polla tiesa por medio de una playa nudista, y eso me daba pánico. ¿Cómo no se te va a poner tiesa delante de mujeres desnudas? De hombres no sé, ¡¡¿pero de mujeres?!!
Pues ni una cosa ni la otra: me desnudé con controlada naturalidad –por contradictorio que el término pueda parecer-, y me tumbé junto al resto de mis amigos con total convicción de gestos. Naturalmente, no me quité las gafas. A mí no me iba a quitar de ver ni mi padre en aquel momento. Empecé a improvisar un tema de conversación, y le hablé a Marta, tumbada a mi lado, sólo para poder mirarla.
Curiosamente, mi colita tampoco reaccionó ante su desnudez. En realidad, si tuviera que resumir la sensación que me produjo, más que de excitación, fue de choque cultural: era la primera mujer de tamaño natural que veía desnuda a mi lado. Yo siempre las había contemplado reducidas de tamaño y bidimensionales, y aquel panorama me despertaba más asombro e interés científico que sensaciones sexuales. De hecho, había muy poco de sexual en aquello, ahora que rememoro la escena: a primera vista, me interesaba tanto su matojo negro y ralo, de pelos rizados, como el colgajo de Óscar, que me llenó de asombro. Era mucho más grande que el mío y, para mi alivio, que el de Mario.
-¿No te vas a quitar las gafas? –me preguntó Marta, de repente.
-¿Eh? No, ¿por qué? –respondí, algo nervioso por miedo a parecer nervioso.
-Aquí a los mirones los capan –intervino Mario, con una sonrisa radiante, mirándome a los ojos de una manera que no me gustó nada.
-Aquello está lleno de mirones –Marta señaló los riscos que nos contemplaban-. Pobre gente, me da mucha pena.
-Oh –agaché la cabeza y callé, tragando saliva, buscando cambiar de conversación, pero sin hacer el más mínimo ademán de quitarme las gafas. Sin ellas no veía nada, y si tienes ojos, tienes derecho a mirar, ¿o no? Busqué qué llevaba en mi bolsa playera-. Eeeh... ¿Os hago una foto?
Nadie pareció advertir lo insólito de aquella proposición, dado lo que acabábamos de hablar. Óscar bajó su ejemplar de El Jueves (siempre había querido dibujar comics en esa revista) y me miró con un ojo cerrado, como calibrando mi propuesta. En cuanto volvió a la realidad y la entendió, sonrió.
-¿Has traído cámara? ¡De puta madre! Sí, vamos a hacernos una foto, ¿no?
Marta asintió con gusto, y Mario hizo un gesto de conformidad.
Qué gente más enrollada, pensé. No les importa que les haga una foto en pelotas. Cogí la cámara que me había regalado mi tío, una de las de antes, con estuche de cuero marrón; comprobé que no se había ensuciado de arena, y me situé de rodillas a un par de metros, frente a ellos.
-¿No quieres salir tú también? –inquirió Marta. Si yo hubiera sido una persona con mayor autoestima, me hubiera dado cuenta entonces de que Marta realmente sentía un interés genuino por mí. Pero yo estaba demasiado preocupado por conseguir que me aceptaran, y daba por sentado que preferían salir en la foto solos ellos tres.
-No... al menos en la primera. La siguiente pedimos que nos la haga alguien.
Les enfoqué, pensando lo divertido que era hacer una foto de pandilla con todos posando desnudos, como si no importara nada. Seguía pareciéndome increíble.
Y entonces, todo se derrumbó.
O más bien al revés. En cuanto les tuve enfocados a través de mi objetivo, en cuanto vi a Marta bidimensional y desnuda en ese pequeño cuadrilátero de cristal, noté que la sangre acudía presta a mi extremo inferior central, que mi polla estaba a punto de levar anclas. Horrorizado ante la erección que se avecinaba, solté la cámara y ésta cayó a plomo sobre uno de mis testículos.
-¡Auh! –aullé, y me lancé hacia delante para taparme.
-¡Ja ja ja! –Mario estalló en carcajadas.
-¿Qué te ha pasado? –preguntó Marta, con un deje de preocupación maternal y nada burlona, como todas las mujeres cuando te haces daño en tus partes.
-Me he hecho daño... –susurré, ruborizado.
-Jo, tío, menudo golpetón –añadió Óscar-. Además, esa cámara es del año la quica. Menudo trasto para caerte en los cojoncillos.
Rio, como quitándole importancia al asunto. Parecía que ninguno, ni siquiera Mario, se había dado cuenta de mi apuro.
-Tengo una pomada en el coche, te puede aliviar –sugirió Marta.
-Si no es nada.
-Bah, no seas tonto –sentenció Óscar, buscando en los pantalones de su bañador-. Ten las llaves.
-Está en mi bolso. Ya verás cómo te refresca. Un golpe ahí es poca broma.
Me sentí conmovido, pero también estaba preocupado. En todo ese momento no me había levantado. Permanecía boca abajo sobre la arena, y no tenía ni idea de qué estaría pasando allá debajo. Había perdido la sensibilidad hasta el punto de no poder adivinar si mi miembro habría adquirido un estado de endurecimiento irreversible, o si por el contrario habría iniciado una regresión completa al interrumpírsele de golpe el proceso de estimulación visual. Si se daba el primer caso, la cosa no tenía remedio y al levantarme, mi sucio cerebro quedaría delatado para siempre.
Me erguí ante ellos, aguantando la respiración. Nadie dijo nada. Me terminé de levantar. Ni un comentario, ni una mirada que les traicionara. Me incliné para guardar la cámara y aproveché para echar una mirada a mi entrepierna. La polla estaba algo morcillona, más grande de lo habitual, pero eso sólo mi madre lo hubiera notado: nadie que no estuviera familiarizado con mis partes íntimas (es decir, nadie) lo hubiera podido detectar.
-Ahora vengo –susurré, algo ronco, feliz de no haber hecho el ridículo con mis amigos.
Pero casi inmediatamente, mientras cruzaba entre los cuerpos estirados de mujeres y hombres tendidos en la arena, como si fueran el resultado de una bomba cuyo mero efecto consiste en desperdigar desnudos a los seres humanos por toda la tierra, ya se me había formado otra idea nefasta en la cabeza. En mi subconsciente, aún tenía impresa la imagen de Marta encerrada en el objetivo, a punto de ser inmortalizada para mí. Esa imagen volvía cada vez con mayor fuerza. A medida que me acercaba al coche, aventuré varias ojeadas a los riscos vecinos. Estaban muy cerca: desde allí podía esconderme y aliviarme, mirando a Marta a placer. Nadie se daría cuenta. Y entonces, ya de vuelta, podría hacerle todas las fotos del mundo, todas para mí, sin riesgo de que mi pene, ya ordeñado, me delatara. ¿Qué había de malo en ello? Ella quería que les hiciera una foto. Y en esa foto ella sería mía para la eternidad.
En cuanto estuve fuera de su campo visual, me desvié, dejando el coche a mi derecha, y empecé a caminar con cuidado entre los matorrales. En un minuto llegué a las primeras rocas. Me acerqué hasta la línea de los arrecifes y me asomé. Ellos estaban apenas a quince metros por debajo. Me parapeté detrás del peñasco más cercano, y, tras asegurarme de que los demás bañistas no podían verme, comencé a espiar a Marta, tumbada ya boca arriba disfrutando del sol, y di inicio a la función.
Me iba a correr muy pronto, iba a ser una cosa rápida, sólo para quitarme la carga de encima, y volver a integrarme con ellos. Podía observar a Marta a placer. Su sexo me subyugaba. La naturalidad con que convivía con su sexo expuesto. Eso me subyugaba.
-Ah, ah...
Empecé a jadear.
La cosa ya estaba a punto. Me iba a correr enseguida.
-Ah, ah...
Me di cuenta de que tenía la boca cerrada. ¿Cómo podía jadear entonces?
Volví la vista y, a mi lado, al otro lado del peñasco, descubrí a un tipo que hubiera podido ser yo mismo, pero con veinte años más. Se estaba haciendo una paja en cuclillas, como yo, pero él encima miraba a través de unos binoculares. Solté un respingo.
El tipo ni me miró.
-Tú a tu rollo. Aquí a todos nos mola lo mismo.
Le observé durante varios segundos, sin terminar de creerme lo que veía, mientras mi mano seguía dándole a la matraca por pura inercia, pues no había nada en aquel individuo que despertara la más mínima lubricidad en mi deseo. Era calvo excepto por unas guedejas negras y salitrosas que se retorcían en la brisa, y lucía gafas de culo de botella, camiseta roja y pantalón (lo descubrí unos metros más allá, a sus pies) corto gris.
-¿Me prestas los prismáticos? –le pregunté.
El tipo gruñó, pero me los cedió. Pesaban mucho. No sabía si podría aguantarlos sólo con una mano, pero lo intenté. Ni siquiera tuve que enfocarlos: al parecer, el hombre también se recreaba en mi mismo objetivo. Pero él utilizaba primeros planos: yo prefería tener una visión de conjunto, así que perdí unos segundos preciosos con mi otra mano ajustando la distancia.
Ahora Marta estaba más cerca de mí y era toda mía. En medio minuto más me corrí, reprimiendo los gemidos por respeto a mi compañero.
Sacudí la mano, sujetando los prismáticos con la otra para no pringarlos. Mientras pasaba la mano mojada por la roca para secarla, aún hice un barrido por toda la playa oteando a través de los gemelos. De vez en cuando descubría coños abiertos, culos reposando, tetas caídas a los lados. Y un viejo que me miraba.
-Eh... –musité, paralizado.
-¿Qué pasa? Yo voy a mi ritmo, tío.
En los prismáticos, el viejo se levantó, me señaló directamente con el dedo y comenzó a mover la boca. Al mismo tiempo, oí que alguien gritaba:
-¡UN MIRÓOOOOON!
Varios nudistas se levantaron al unísono, como un resorte, y comenzaron a correr en nuestra dirección.
-¡Coño! –gritó mi cómplice, y, subiéndose los pantalones, echó también a correr.
Yo me quedé allí petrificado, sin saber qué hacer. Más personas se apresuraban ahora hacia mí, gritando la palabra "mirón" con fuerza y desprecio, como ladrones de cuerpos en pos del único superviviente no iniciado. Noté que Marta y los demás alzaban la vista, y me miraban con sorpresa.
Los primeros nudistas estaban a punto de llegar a mi altura, enfurecidos. Entonces reaccioné. Me subí al risco y comencé yo también a gritar:
-¡El mirón! ¡El mirón! ¡Ha huido por aquí!
Y, tirando los prismáticos al suelo, me precipité en la dirección por la que había huido mi ex-compañero de delito. Varios hombres me siguieron, los ojos encendidos y blandiendo el puño, como si Dios estuviera de su parte. En el fondo, era la historia de siempre.
Alcanzamos al tipo en seguida. El muy idiota se había caído sobre una peña, y se había torcido el tobillo. Me miró sin comprender mientras yo le empezaba a propinar patadas con los pies desnudos.
-¡Mirón asqueroso! ¡Esto te enseñará!
Los demás se unieron a mí en su labor redentora y multiplicaron mis patadas por diez, mientras gritaban como energúmenos moralistas.
-¡Pajillero!
-¡Desgraciado!
-¡Cabrón!
-¡Enfermo mental!
-¡Desquiciao!
-¡Y encima está vestido! –añadí yo, dándole más fuerte.
Sólo cuando vimos que ni siquiera podía ponerse en pie, procedimos a disgregarnos, cada uno hacia su lado, como si nadie –efectivamente- se conociera, como si nada hubiera pasado. El pobre miserable se retiró como pudo, escupiendo sangre y llorando, las gafas rotas.
Yo volví donde esperaban mis amigos, aún alucinados por lo ocurrido. Me miraron raro al principio, pero una vez les expliqué todo, se tranquilizaron.
-Bueno, y ahora... –di una palmada de extroversión y comprobé brevemente mi polla por fin sumisa y controlada, que me garantizaba ser como los demás durante al menos media hora- ...¿qué os parece si hacemos esa foto?
HERNAN MIGOYA
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