Werther
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El hombre de la civilización occidental concebía la vida en función de su sino. Todas sus expresiones culturales, su voluntad como pueblo, su metafísica y su religiosidad estaban orientadas a vencer el devenir y a eternizar su posición vital en el Universo. El hombre occidental se sentía superior, metafísico y fáustico y sus manifestaciones sentimentales se proyectaban en el mundo empírico con una fuerza y con un sentimiento de lo sublime que no han tenido parangón en ninguna civilización mundial. ¿Y en qué consistía el sino de esta civilización? El sino de la civilización occidental consistía en la completa subyugación del Universo a su poder.
Sin embargo, y en absoluta oposición a la civilización occidental, surge una nueva cultura con una concepción del Universo completamente original. Esta nueva civilización, de la cual todos formamos parte, se caracteriza por una enfermiza obsesión por la minimización de los costes y la maximización del beneficio. Todas las manifestaciones artísticas y culturales pierden su fuerza metafísica y están orientadas a un objetivo común: la obtención del mayor beneficio posible. Por ello, las formas se simplifican, los materiales se economizan, la decoración se elimina y el sentido estético deja de tener importancia. El hombre de esta nueva cultura ya no posee una fuerza interior que le empuje a emprender grandes empresas. Su función vital en el Universo se reduce a hacer máximo su placer material y a negar su yo espiritual. Carece de religión, de alma y de metafísica y todas sus aspiraciones tienden a la consecución del mayor bienestar físico y sexual. Este nuevo ser carece de proyección hacia el infinito y todo su anhelo cósmico se reduce a conseguir consumir la mayor cantidad de bienes materiales como si su felicidad de ellos dependiera. Es un hombre sin sino, esclavo de los placeres, incapaz de percibir lo bello y lo sublime y con una carencia total de rumbo y significación para la vida y la historia.
Sin embargo, y en absoluta oposición a la civilización occidental, surge una nueva cultura con una concepción del Universo completamente original. Esta nueva civilización, de la cual todos formamos parte, se caracteriza por una enfermiza obsesión por la minimización de los costes y la maximización del beneficio. Todas las manifestaciones artísticas y culturales pierden su fuerza metafísica y están orientadas a un objetivo común: la obtención del mayor beneficio posible. Por ello, las formas se simplifican, los materiales se economizan, la decoración se elimina y el sentido estético deja de tener importancia. El hombre de esta nueva cultura ya no posee una fuerza interior que le empuje a emprender grandes empresas. Su función vital en el Universo se reduce a hacer máximo su placer material y a negar su yo espiritual. Carece de religión, de alma y de metafísica y todas sus aspiraciones tienden a la consecución del mayor bienestar físico y sexual. Este nuevo ser carece de proyección hacia el infinito y todo su anhelo cósmico se reduce a conseguir consumir la mayor cantidad de bienes materiales como si su felicidad de ellos dependiera. Es un hombre sin sino, esclavo de los placeres, incapaz de percibir lo bello y lo sublime y con una carencia total de rumbo y significación para la vida y la historia.