Frank
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- 26 Sep 2003
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Pedro se había levantado esa mañana con un excedente de preocupación superior al habitual de días pasados.
Era un lunes cualquiera de un mes cualquiera del año 2015 o, dicho de otra manera, era un lunes cualquiera de un mes cualquiera del XI Año Triunfal de ZP y lo que quedaba de la España LR&F (Laica, Republicana y Federal).
Lo que quedaba, más o menos, para entendernos, era una franja de norte a sur que abarcaba los Estados Federales del Norte -Asturias y Cantabria-, los del Centro -ambas castillas, Madrid y Extremadura- y los del Sureste -Andalucía y Murcia-.
Galicía acababa de lograr la independencia hacía un par de días. El País Vasco y los estados anexionados –Navarra, las tres provincias francesas y La Rioja, porque el Primer Lehendakari independiente, Ibarretxe, dijo que sin vino no se separaba- ya llevaban unos cuantos años de historia, al igual que el Estado Catalán –Catalunya, la antigua Comunidad Valenciana, Aragón y Baleares-. A Marruecos se le había devuelto Ceuta y Melilla en el VI Año Triunfal de ZP y hacía un año Canarias de regalo por dejarnos pescar gambas en sus aguas.
La preocupación de Pedro radicaba en que el día anterior había sido domingo, y como todos los domingos a primera hora de la tarde se fue al Girls Show de la esquina de la calle, un local que aparentaba ser un puticlub –con sus chicas y todo- que en sus sótanos escondía una pequeña capilla donde se celebraba la misa dominical.
La Iglesia utilizaba este tipo de tapaderas porque las naves industriales y otro tipo de almacenes ya no se escapaban a los ojos de los delatores. El excedente de preocupación de Pedro se debía a que ninguno de sus vecinos sospechaba de que entrara en el Girls Show, pero este domingo el del quinto le había visto salir del local acompañando a un hombre visiblemente nervioso, enjuto, de mirada entre torva y huidiza, a quien de puro nervio se le calló en mitad de la calle un ejemplar del Playboy, con tan mala suerte que de entre sus páginas floreció, no una doncella en paños menores o sin ellos como hubiera sido menester, sino las hojas sueltas de un misal de los de antiguo haber en sacristía. Y el tal vecino lo vio todo.
Las luces de los coches a franjas rojas y granas –la Delantera del Barça se les llamaba popularmente- y las sirenas rompieron la quietud de esas primeras horas del día y, en efecto, lo que Pedro se temía vino a ocurrir de inmediato. Llamaron a la puerta y acudió tembloroso a abrirla.
Dos hombres vestidos con camisa negra, traje negro y corbata del mismo color estaban plantados en la puerta. Parecía que los habían sacado de una reunión de la Ejecutiva de Esquerra Republicana de Catalunya, pero eran dos agentes de la Brigada para la Implantación Social del Laicismo, la BSIL. “Somos los agentes Fernández y Fernández”, expusieron aquellos dos caballeros que le enseñaban, muy ufanos, la placa en la solapa de la chaqueta.
“¿Es usted don Pedro de Tal y de Cual?”. “Yo soy”, contestó él, visiblemente acongojado, y les invitó a pasar y a café, aunque sospechaba que la cortesía no iba a servirle de mucho con los dos agentes de la autoridad competente. Desde hacía varios años la BSIL había sustituido a la antigua policía judicial, y dependía directamente del Fiscal General del Estado, encargado de velar por el fiel cumplimiento del Estatuto del Laicismo que había sustituido a la Constitución en la reforma del IV Año Triunfal de ZP.
“Enséñenos su carné de laicidad por puntos”, espetaron los agentes. “Un momento, que lo llevo encima”, respondió. De los doce puntos del carné, a Pedro ya le habían quitado cuatro. A los seis puntos el Estado obligaba al ciudadano a realizar un examen en la Escuela Superior para la Educación Laicista que, en caso de aprobarse, permitía recuperar los puntos perdidos y empezar de nuevo. Si se llegaban a perder los doce, entonces se obligaba al ciudadano a un periodo de internamiento en la citada Escuela de dos años.
La reincidencia era objeto de castigos superiores que no se especificaban en ningún sitio, pero Pedro recordaba a un conocido suyo a quién habían encontrado vagando por las calles recitando de memoria las intervenciones de Zerolo en el Ayuntamiento de Madrid. A saber.
El caso es que a Pedro ya le habían quitado dos por santiguarse al paso de la antigua catedral de La Almudena, hoy reconvertida en sede del Tribunal de Laicidad –sustitutivo del antiguo Constitucional- y otros dos por exclamar en voz alta “¡Dios mío!” en mitad de la calle, sólo porque un ciudadano de origen norteafricano o marroquí le había solicitado amablemente a una abuela el bolso, y al negarse esta se lo arrancó al tiempo que arrastraba por el suelo varios metros a la anciana egoísta.
“Sabe usted que la asistencia a misa o a cualquier otro acto de contenido religioso está castigado con cuatro a ocho puntos del carné, en función de la intensidad en la participación. Por ejemplo, si comulgó usted son ocho, y si no lo hizo pero se arrodilló son seis...”. Pedro, encogiéndose en el sofá, les respondió: “Pero si yo no voy a misa...”. Los agentes sonrieron: “Hay pillín, que le han visto salir de ese antro de ahí abajo...”. “Ya –objetó-, pero yo iba a... eso”.
“¡Usted es católico y profesa!”, el agente levantó la voz y Pedro se encogió aún más y con voz tímida dijo: “Es mentira, yo no tengo religión”, aclaró pensando en sus dos hijos a los que dejaría huérfanos de padre si confesaba, al menos por un par de años. “¡Usted reza!”, insistió el agente. Pedro se levantó y enfrentándose al agente gritó, “¡no!”, y en ese momento cantó... el despertador.
Pedro se despertó empapado en un sudor frío. Miró el reloj-agenda de la mesilla y a su mujer que se desperezaba lentamente al lado suyo. Era un lunes cualquiera de cualquier mes de 2005. “Todo ha sido una pesadilla”, se dijo y miró el periódico a los pies de la cama.
El titular de portada decía así: “Peces-Barba, Dionisio Llamazares y Victoriano Mayoral preparan el Estatuto de Laicidad que quiere ZP”.
Era un lunes cualquiera de un mes cualquiera del año 2015 o, dicho de otra manera, era un lunes cualquiera de un mes cualquiera del XI Año Triunfal de ZP y lo que quedaba de la España LR&F (Laica, Republicana y Federal).
Lo que quedaba, más o menos, para entendernos, era una franja de norte a sur que abarcaba los Estados Federales del Norte -Asturias y Cantabria-, los del Centro -ambas castillas, Madrid y Extremadura- y los del Sureste -Andalucía y Murcia-.
Galicía acababa de lograr la independencia hacía un par de días. El País Vasco y los estados anexionados –Navarra, las tres provincias francesas y La Rioja, porque el Primer Lehendakari independiente, Ibarretxe, dijo que sin vino no se separaba- ya llevaban unos cuantos años de historia, al igual que el Estado Catalán –Catalunya, la antigua Comunidad Valenciana, Aragón y Baleares-. A Marruecos se le había devuelto Ceuta y Melilla en el VI Año Triunfal de ZP y hacía un año Canarias de regalo por dejarnos pescar gambas en sus aguas.
La preocupación de Pedro radicaba en que el día anterior había sido domingo, y como todos los domingos a primera hora de la tarde se fue al Girls Show de la esquina de la calle, un local que aparentaba ser un puticlub –con sus chicas y todo- que en sus sótanos escondía una pequeña capilla donde se celebraba la misa dominical.
La Iglesia utilizaba este tipo de tapaderas porque las naves industriales y otro tipo de almacenes ya no se escapaban a los ojos de los delatores. El excedente de preocupación de Pedro se debía a que ninguno de sus vecinos sospechaba de que entrara en el Girls Show, pero este domingo el del quinto le había visto salir del local acompañando a un hombre visiblemente nervioso, enjuto, de mirada entre torva y huidiza, a quien de puro nervio se le calló en mitad de la calle un ejemplar del Playboy, con tan mala suerte que de entre sus páginas floreció, no una doncella en paños menores o sin ellos como hubiera sido menester, sino las hojas sueltas de un misal de los de antiguo haber en sacristía. Y el tal vecino lo vio todo.
Las luces de los coches a franjas rojas y granas –la Delantera del Barça se les llamaba popularmente- y las sirenas rompieron la quietud de esas primeras horas del día y, en efecto, lo que Pedro se temía vino a ocurrir de inmediato. Llamaron a la puerta y acudió tembloroso a abrirla.
Dos hombres vestidos con camisa negra, traje negro y corbata del mismo color estaban plantados en la puerta. Parecía que los habían sacado de una reunión de la Ejecutiva de Esquerra Republicana de Catalunya, pero eran dos agentes de la Brigada para la Implantación Social del Laicismo, la BSIL. “Somos los agentes Fernández y Fernández”, expusieron aquellos dos caballeros que le enseñaban, muy ufanos, la placa en la solapa de la chaqueta.
“¿Es usted don Pedro de Tal y de Cual?”. “Yo soy”, contestó él, visiblemente acongojado, y les invitó a pasar y a café, aunque sospechaba que la cortesía no iba a servirle de mucho con los dos agentes de la autoridad competente. Desde hacía varios años la BSIL había sustituido a la antigua policía judicial, y dependía directamente del Fiscal General del Estado, encargado de velar por el fiel cumplimiento del Estatuto del Laicismo que había sustituido a la Constitución en la reforma del IV Año Triunfal de ZP.
“Enséñenos su carné de laicidad por puntos”, espetaron los agentes. “Un momento, que lo llevo encima”, respondió. De los doce puntos del carné, a Pedro ya le habían quitado cuatro. A los seis puntos el Estado obligaba al ciudadano a realizar un examen en la Escuela Superior para la Educación Laicista que, en caso de aprobarse, permitía recuperar los puntos perdidos y empezar de nuevo. Si se llegaban a perder los doce, entonces se obligaba al ciudadano a un periodo de internamiento en la citada Escuela de dos años.
La reincidencia era objeto de castigos superiores que no se especificaban en ningún sitio, pero Pedro recordaba a un conocido suyo a quién habían encontrado vagando por las calles recitando de memoria las intervenciones de Zerolo en el Ayuntamiento de Madrid. A saber.
El caso es que a Pedro ya le habían quitado dos por santiguarse al paso de la antigua catedral de La Almudena, hoy reconvertida en sede del Tribunal de Laicidad –sustitutivo del antiguo Constitucional- y otros dos por exclamar en voz alta “¡Dios mío!” en mitad de la calle, sólo porque un ciudadano de origen norteafricano o marroquí le había solicitado amablemente a una abuela el bolso, y al negarse esta se lo arrancó al tiempo que arrastraba por el suelo varios metros a la anciana egoísta.
“Sabe usted que la asistencia a misa o a cualquier otro acto de contenido religioso está castigado con cuatro a ocho puntos del carné, en función de la intensidad en la participación. Por ejemplo, si comulgó usted son ocho, y si no lo hizo pero se arrodilló son seis...”. Pedro, encogiéndose en el sofá, les respondió: “Pero si yo no voy a misa...”. Los agentes sonrieron: “Hay pillín, que le han visto salir de ese antro de ahí abajo...”. “Ya –objetó-, pero yo iba a... eso”.
“¡Usted es católico y profesa!”, el agente levantó la voz y Pedro se encogió aún más y con voz tímida dijo: “Es mentira, yo no tengo religión”, aclaró pensando en sus dos hijos a los que dejaría huérfanos de padre si confesaba, al menos por un par de años. “¡Usted reza!”, insistió el agente. Pedro se levantó y enfrentándose al agente gritó, “¡no!”, y en ese momento cantó... el despertador.
Pedro se despertó empapado en un sudor frío. Miró el reloj-agenda de la mesilla y a su mujer que se desperezaba lentamente al lado suyo. Era un lunes cualquiera de cualquier mes de 2005. “Todo ha sido una pesadilla”, se dijo y miró el periódico a los pies de la cama.
El titular de portada decía así: “Peces-Barba, Dionisio Llamazares y Victoriano Mayoral preparan el Estatuto de Laicidad que quiere ZP”.

