Esta tarde volvía de la facultad en mi bicicleta, como de costumbre. Eran las tres de la tarde y caían cuarenta y dos grados de justicia sobre el suelo de Murcia. A mi no e afectaba, pues soy un ser del desierto, acostumbrado a sufrir esos rigores sin inmutarme. Me gusta que el sol me abrase, me da vida.
Al enfilar la avenida de La Fama, estaban recogiendo ya los restos y basuras que el mercadillo de los Jueves deja sobre el suelo. Montones de futas, verduras, cajas de cartón y plásticos esparcidos por el asfalto como si un tornado lo hubiese arrasado todo.
He dado la última curva para enfilar toda la avenida, mientras sonaba Muse en mi mp3, y cuidando de no dar un resbalon tonto con alguna hoja de lechuga y matarme, he pedaleado con parsimonia, mirando el panorama. Un paisaje desolado, ardiente, con olor a clorofila descomponiéndose, a verdura madurando al compás de la luz del infierno que caía sobre ellas.
Y entonces la he visto. La veo todos los jueves pero cada vez es diferente en su aspecto exterior. Una mujer de unos cincuenta años, con mechas rubias esta vez, arrodillada juntoa un montón de fruta, sosteniendo una bolsa de plástico blanca y haciendo acopio de las piezas que aún se podían aprovechar.
Siempre que la veo me pregunto quién ha de comerse esa fruta tirada en el suelo, y por qué esa mujer ha sido despojada del pudor que todos nosotros tendríamos de agacharnos en el asfalto a recoger fruta pisoteada del suelo. A veces me pregunto qué es lo que lleva a esa mujer, que es todas las mujeres, a aguantar el fuego sobre su cabeza para llenar una bolsa de fruta a duras penas aprovechable.
Y yo preocupado por ownear a una idiota. Y yo preocupado por perder unos kilos. Merezco morir.