Sucede que a veces, cuando me llega a los oídos o bien presencio con mis ojos, situaciones donde existe un agresor (moral o físico) cebarse con alguien que a todas luces es de una catadura mucho mayor, pero que le falta ese punto para hacerse respetar o bien que por diversos corsés del buen sentido burgués del no meterse en líos prefiere aguantar el chaparrón; es entonces, sólo en esos momentos en que lo vivo a modo de flashback, cuando cruje todo mi interior.
La impotencia sin lugar a dudas es el peor de los sentimientos. El saber que no puedes, o peor aún, el tener seguridad de que se puede, pero que no se debe, aprieta algunos de los resortes más peligrosos que guardamos donde la cola, los colmillos, las pezuñas, y en definitiva los instintos.
No en vano es de sabiduría popular la peligrosidad del animal acorralado, por más dócil que resulte.
Cuando vivo, entonces, directa o indirectamente, alguna de estas situaciones, me pierdo en imágenes, en películas que voy formando, en secuencias donde soy el protagonista. Literalmente empanado; dejo de oir y de ver el contexto en el que esté. Vivo entonces un episodio de ultraviolencia descontrolada que no sé muy bien cómo juzgar. Aprieto los dientes, agarro el cuello del agresor, avasallador o tonto pertinente, y me tenso. Siento que de verdad le clavo los dedos hasta hacerle sangrar, que le grito de una manera desencajada a milímetros de su cara. Sé, aunque no los vea, la impresión que han de dar mis ojos en ese momento. Alguien poseído no debe tenerlos muy diferentes. Sucesión de patadas en el suelo, quiero hacerle reventar, pisarle la cara, no una ni dos veces, sino hasta hacerlo una masa sangrante. Los brazos me dan espasmos pensando en el indescriptible placer de estampar su cráneo una y otra vez contra una pared hasta verlo temblar, no ya de miedo, sino de puros estertores, de pura destrucción. Golpear y golpear, darle la lección de su vida, machacar y desencajar, todo hasta el silencio. No concibo el dar sólo una leche sin estar ésta encadenada con otra y con otra más. No es una pelea.
(No encontré imágenes que representaran mejor el instante, ni mucho menos alguna con abundante casquería y que a la vez fuese artística)
Y lo peor es que me ocurre con cualquiera, hombre, mujer, joven o jóvena, sólo con saber que de alguna manera ha acobardado en algún momento a alguna víctima, que de alguna manera ha hecho arder la impotencia en corazones que no han podido encontrar el botón para saltar. Bien es cierto que el blanco de mi iracunda posesión viene a cumplir siempre un mismo pérfil, leáse bakalas de ciber, putillas diecisieteañeras de conocido futuro y seres sin educación ninguna por lo general.
Cuando se me pasa el flash, en apenas segundos, juro que puedo sentir el olor a óxido en la nariz, a pura sangre de cuando sabes que vas a recibir un golpe o vas a darlo. Un olor dulzón que me sabe a justicia, a pura gloria, a animal.
Lo curioso es que no soy alguien en absoluto violento, soy de reflexión, más que de acción y evito, dentro de lo evitable, la bronca gratuita. Ni siquiera me gusta alzar la voz. Me alegra de todos modos saber, que no soy un durmiente, que mis instintos no están capados, y que en un tú o yo, no vacilaría.
:34 ¿Os ocurre algo así a vosotros coleguitas? :34
Soy buena gente, de verdad. Incluso tengo amigos, puedo probarlo.
(A la maceración de este post ayudó un hecho reciente y cercano amén del visionado de la película Saw)
La impotencia sin lugar a dudas es el peor de los sentimientos. El saber que no puedes, o peor aún, el tener seguridad de que se puede, pero que no se debe, aprieta algunos de los resortes más peligrosos que guardamos donde la cola, los colmillos, las pezuñas, y en definitiva los instintos.
No en vano es de sabiduría popular la peligrosidad del animal acorralado, por más dócil que resulte.
Cuando vivo, entonces, directa o indirectamente, alguna de estas situaciones, me pierdo en imágenes, en películas que voy formando, en secuencias donde soy el protagonista. Literalmente empanado; dejo de oir y de ver el contexto en el que esté. Vivo entonces un episodio de ultraviolencia descontrolada que no sé muy bien cómo juzgar. Aprieto los dientes, agarro el cuello del agresor, avasallador o tonto pertinente, y me tenso. Siento que de verdad le clavo los dedos hasta hacerle sangrar, que le grito de una manera desencajada a milímetros de su cara. Sé, aunque no los vea, la impresión que han de dar mis ojos en ese momento. Alguien poseído no debe tenerlos muy diferentes. Sucesión de patadas en el suelo, quiero hacerle reventar, pisarle la cara, no una ni dos veces, sino hasta hacerlo una masa sangrante. Los brazos me dan espasmos pensando en el indescriptible placer de estampar su cráneo una y otra vez contra una pared hasta verlo temblar, no ya de miedo, sino de puros estertores, de pura destrucción. Golpear y golpear, darle la lección de su vida, machacar y desencajar, todo hasta el silencio. No concibo el dar sólo una leche sin estar ésta encadenada con otra y con otra más. No es una pelea.
(No encontré imágenes que representaran mejor el instante, ni mucho menos alguna con abundante casquería y que a la vez fuese artística)
Y lo peor es que me ocurre con cualquiera, hombre, mujer, joven o jóvena, sólo con saber que de alguna manera ha acobardado en algún momento a alguna víctima, que de alguna manera ha hecho arder la impotencia en corazones que no han podido encontrar el botón para saltar. Bien es cierto que el blanco de mi iracunda posesión viene a cumplir siempre un mismo pérfil, leáse bakalas de ciber, putillas diecisieteañeras de conocido futuro y seres sin educación ninguna por lo general.
Cuando se me pasa el flash, en apenas segundos, juro que puedo sentir el olor a óxido en la nariz, a pura sangre de cuando sabes que vas a recibir un golpe o vas a darlo. Un olor dulzón que me sabe a justicia, a pura gloria, a animal.
Lo curioso es que no soy alguien en absoluto violento, soy de reflexión, más que de acción y evito, dentro de lo evitable, la bronca gratuita. Ni siquiera me gusta alzar la voz. Me alegra de todos modos saber, que no soy un durmiente, que mis instintos no están capados, y que en un tú o yo, no vacilaría.
:34 ¿Os ocurre algo así a vosotros coleguitas? :34
Soy buena gente, de verdad. Incluso tengo amigos, puedo probarlo.
(A la maceración de este post ayudó un hecho reciente y cercano amén del visionado de la película Saw)

