antonio fernandez garcia
Forero del todo a cien
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- 23 Nov 2004
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–La elección de mi amo es sabia. La esclava sobre la que ha dignado posar sus señoriales ojos es conocida como Vashti, hija de Hari Bose, el destilador. Es su séptima hija, así que no se puede esperar pedir una gran dote (pediré quince barrilitos de alcohol, aunque aceptaré el trato de siete), pero todo este humilde poblado sabe que es inteligente y buena trabajadora tanto en la choza como en los campos. Me temo que posee el habitual y lamentable talento hindú de cocinar siempre al curry, pero una docena de buenas palizas como máximo pueden conseguir que reserve esto para las ocasiones apropiadas, corno las visitas de su madre y hermanas.
Así pues, de acuerdo con la sensata costumbre de Ugetsu, Vashti acudió aquella noche a la choza que Royland compartía con Li Po, y Li Po, desconcertado ante la petición de su amo, se fue a visitar algunos amigos. Suplicó humildemente que se le permitiera señalar que la choza estaría a oscuras, así que sus argumentos de falta de intimidad eran como mínimo inexplicables. Royland convirtió su petición en una orden, y Li Po dejó de objetar y obedeció.
Fue una noche malditamente extraña, durante la cual Royland lo aprendió todo acerca del deporte nacional y la más desarrollada forma de arte de la India. Vashti, si lo halló poco preparado en el aspecto teórico, no se lamentó. Por el contrario, cuando Royland despertó, ella le estaba haciendo algo en los pies.
–¿Más? –se preguntó, incrédulo–. ¿Con los pies?
Inquirió lo que estaba haciendo. Ella respondió sumisamente:
–Adorando el dedo gordo de mi señor esposo. Soy una mujer piadosa y de ideas anticuadas.
Así que le pintó el dedo gordo del pie con pintura roja y le rezó, y luego preparó un desayuno a base de curry..., excelente. Le observó comer, y luego lamió modestamente lo que había sobrado en el bol. Le tendió sus ropas, que había lavado mientras él aún dormía, y le ayudó a ponérselas después de ayudarle a lavarse. Royland se dijo, incrédulo: «¡No es posible! Seguramente debe ser una comedia para convencerme de que me case con ella..., ¡como si hubiera que convencerme!». Su corazón saltó alocadamente cuando la vio, sin un momento de pausa, saltar de ayudarle a vestirse a pulir escrupulosamente su zapapico de madera. Aquel día, en los campos, preguntó al azar, y supo que aquél era el tipo de servicios que podía esperar por el resto de su vida después de su matrimonio. Si la mujer se volvía perezosa, lo único que tenía que hacer era darle una paliza, pero esto raramente era necesario más que una vez al año o así. En la Aldea Ugetsu tenían buenas chicas.
Así pues, de acuerdo con la sensata costumbre de Ugetsu, Vashti acudió aquella noche a la choza que Royland compartía con Li Po, y Li Po, desconcertado ante la petición de su amo, se fue a visitar algunos amigos. Suplicó humildemente que se le permitiera señalar que la choza estaría a oscuras, así que sus argumentos de falta de intimidad eran como mínimo inexplicables. Royland convirtió su petición en una orden, y Li Po dejó de objetar y obedeció.
Fue una noche malditamente extraña, durante la cual Royland lo aprendió todo acerca del deporte nacional y la más desarrollada forma de arte de la India. Vashti, si lo halló poco preparado en el aspecto teórico, no se lamentó. Por el contrario, cuando Royland despertó, ella le estaba haciendo algo en los pies.
–¿Más? –se preguntó, incrédulo–. ¿Con los pies?
Inquirió lo que estaba haciendo. Ella respondió sumisamente:
–Adorando el dedo gordo de mi señor esposo. Soy una mujer piadosa y de ideas anticuadas.
Así que le pintó el dedo gordo del pie con pintura roja y le rezó, y luego preparó un desayuno a base de curry..., excelente. Le observó comer, y luego lamió modestamente lo que había sobrado en el bol. Le tendió sus ropas, que había lavado mientras él aún dormía, y le ayudó a ponérselas después de ayudarle a lavarse. Royland se dijo, incrédulo: «¡No es posible! Seguramente debe ser una comedia para convencerme de que me case con ella..., ¡como si hubiera que convencerme!». Su corazón saltó alocadamente cuando la vio, sin un momento de pausa, saltar de ayudarle a vestirse a pulir escrupulosamente su zapapico de madera. Aquel día, en los campos, preguntó al azar, y supo que aquél era el tipo de servicios que podía esperar por el resto de su vida después de su matrimonio. Si la mujer se volvía perezosa, lo único que tenía que hacer era darle una paliza, pero esto raramente era necesario más que una vez al año o así. En la Aldea Ugetsu tenían buenas chicas.
