Sr. Calcetín rebuznó:
Yo el carnét de conducir me lo saqué con la polla.
El problemas es que ahora cada vez que conduzco me tengo que bajar los pantalones.
Sigues siendo gracioso, cabronazo.
PD: a mi me costó mis buenos dineros (y eso que aprové rapidito) o sea que todo el mundo a la autoescuela.
si no que le pregunten al Pera.
"El Pera" pisa el acelerador incluso ahora que no le persigue la policía
David Gistau
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Un día cualquiera a finales de los 70. Una comisaría cualquiera, en Getafe. Al policía de guardia ante la puerta, armado con una zeta, esa metralleta de la que en la mili se decía que tiraba corchos, le reclama de pronto el bocinazo de un coche recién parado junto a la acera. Al volante, burlón como Peter Pan cuando se mofa de Garfio, hay un niño de ocho o nueve años que se ha atado un ladrillo al pie para alcanzar los pedales del 1430 robado.El policía reconoce a un famoso jefe de banda, El Pera, desafiándole, citándole desde los medios como a un toro para que se arranque.Da el aviso. Convoca a los patrulleros que andan de servicio por el barrio. No hace falta más. Comienza el juego favorito de El Pera: una persecución a rienda suelta por las calles de Madrid en la que no faltarán ni el granizo de los disparos ni los transeúntes saltando para evitar el atropello. «En aquella época», dice El Pera, «las persecuciones eran como un duelo, como una competición», policías contra maleantes midiéndose por las bravas como Ben-Hur y Massala en un circuito cuyos límites coincidían con los de la propia ciudad. Nadie manejaba la cuadriga como El Pera: «Por eso, a edad tan temprana, me convertí en el jefe de una banda donde había tipos de 20 años. Porque era frío.Porque nadie ofrecía tantas garantías como yo al volante. Y porque todos los planes que yo tramaba tenían éxito. Si esto fuera fútbol, podríamos decir que, conmigo de capitán, mi equipo pasó de jugar en Regional a hacerlo en Primera División». O sea, desde los hurtos menores a los atracos incluso a bancos.
Siempre con las armas descargadas, como exigía El Pera, quien se contentaba con la intimidación. La única vez que uno de los suyos quebrantó esta orden, en el asalto a una peluquería, ocurrió que una señora recibió en la pierna una descarga de postas de escopeta. Su primera persecución la ganó a los siete años, al volante de un 600 que levantó «para aprender a conducir. La policía apareció cuando estaba haciendo trompos en un descampado. Lo estrellé y huí corriendo. Para entonces, ya había probado la excitación». Para entonces, por tanto, quedaba sellado el destino criminal del mayor y único varón de seis hermanos, hijos de un albañil incapaz de dominar al chaval, tentado por el vértigo, la velocidad y el peligro.
Abocado a una existencia de las que acaban «o en la cárcel o en el cementerio», donde están ya todos sus antiguos camaradas de banda, que Miguel Albadalejo acaba de convertir en una película de próximo estreno titulada Volando voy. Se tatuó los brazos con las marcas artesanales de las bandas, ésas que en la actualidad aparecen difuminadas en su piel, como si hubiera hecho el intento de borrarlas. Asegura que, entonces, el malhechor lo era también por su pinta, por su corte de pelo y por sus tatus, «no como ahora, que van de traje y no se les ve venir». Acumuló 150 detenciones antes de cumplir los 11 años. Su banda recibía los encargos de una especie de Don que era al mismo tiempo dueño de un bar de putas y comisario de policía: «Una vez nos ordenó robar unos abrigos de visón. Eran para dar a sus chicas un toque de elegancia».Este Don, que en la película aparece retratado con aspiraciones de dandismo y apenas disfrazado con un apodo que se parece al verdadero, les señalaba incluso qué comercios eran intocables.
Cuando, en una ocasión, asaltaron uno de ellos, El Pera y su banda fueron llevados a comisaría, donde se les sometió, a modo de castigo, a un trasquile humillante. El Pera mascó la bronca y luego se vengó. Fue capaz de colarse en la misma comisaría para llevarse, del patio, el coche del comisario: «No lo busques», le dijo luego cuando le llamó, «está en el Cerro de Los Angeles.Le he prendido fuego».
A El Pera, los reformatorios sólo le sirvieron para encontrar motivos para armar motines que consolidaron tanto su prestigio de jefe como la certeza de que no había quien lo salvara de sí mismo. Cárcel o cementerio en apenas unas persecuciones más.Una cuestión de tiempo. Y, sin embargo, hubo quien fue capaz de modificarle la línea del destino sin ni siquiera usar la navaja de afeitar con que Corto Maltés cambió la suya. El Tío Alberto.Entonces, la Ciudad de los Muchachos era casi un experimento, un ámbito en el que se concedía una oportunidad de redención a todos aquellos a los que los reformatorios habían dado por perdidos. Se trataba de identificar y potenciar las virtudes latentes en las cuales podía apoyarse la construcción de un hombre nuevo donde la justicia tan sólo veía un delincuente. Cuando llegó allí, de El Pera dijo el Tío Alberto que era un niño de 10 años con mirada de 20 y vida de 50.
Apenas tres días después de su llegada, toda la banda de El Pera se mató en accidente durante una persecución. Al chaval le agarrotó la culpa: «No habría pasado si al volante hubiera estado yo».En la Ciudad, El Pera encontró lo que nunca había tenido: una familia con la que comprometerse, con la que cumplir. Un lugar en el que permanecer porque nadie espera fuera con el motor en marcha. No tardó el Tío Alberto en identificar cuál era la virtud latente desde la que salvar al malhechor para convertirlo en hombre: su amor por los coches, su inaudita pericia de piloto que podía trasladarse de la calle a un circuito para que la victoria consistiese en ser saludado por una bandera ajedrezada, y no en sobrevivir a los disparos. El hombre nuevo, con sus tatuajes difuminados, con sus colegas muertos, con el policía de guardia en la comisaría de Getafe ya más sosegado porque nadie le retaba haciendo trompos delante de sus narices, se proclamó campeón de España de la Fórmula Renault a los 21 años. Llegó a la Fórmula 3000. Atisbó incluso la Fórmula 1, donde habría podido ver en el retrovisor, en vez de a la Guardia Civil, a Michael Schumacher.Sin transeúntes ni patrulleros cruzados por delante, sin un ladrillo atado en el pie, igualmente burlón y sobrado en la parrilla de salida.
De buena se libró, el alemán, que si a El Pera le da por ahí, que ya no le da, hasta le levanta el Ferrari en los boxes.
En la actualidad, Juan Carlos Delgado, quien antaño fue El Pera, está «a este lado de la línea». Es probador de coches para las marcas principales y viaja por toda Europa sometiendo a esfuerzo a los prototipos. Le invitan tanto a comer que se queja de haber engordado. La vida hasta la ha deparado, como última ironía, una reconciliación con ese antiguo enemigo que, no habiendo podido derrotarle, decidió aprovecharse de él. Durante un Gran Premio en Jerez, conoció a Santiago López Valdivieso, entonces director general de la Guardia Civil y apasionado de los coches. Cuajó una amistad. Corrieron juntos las 24 horas de Barcelona y la carrera de los 1.000 kilómetros en el Jarama. Valdivieso, quien como el Tío Alberto comprendió cuál es la virtud mayor de este hombre, le hizo una propuesta que al mismo tiempo era un reconocimiento de quién ganó aquel viejo duelo de los 70: convertirse en profesor de conducción evasiva para las fuerzas de seguridad del Estado.La policía. La Guardia Civil. Hasta la Casa Real. Aquel chaval al que nunca cazaron, El Pera, les enseña cómo hay que hacérselo al volante cuando las cosas se ponen bravas, y caen balas, y saltan los transeúntes, y un pedal mal pisado puede mandarte al carajo. En realidad, es la devolución de un favor. Fueron ellos, en los tiempos del gatillo fácil, quienes le enseñaron a conducir de un modo que en el barrio te hacía jefe.
Aun no alcanzándote la estatura para llegar a los pedales. Soy El Pera, quien pueda, que me coja.
Fuente: El Mundo
Fecha: 26/02/05