Doc_Triviño
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Martes 30 de Noviembre.
El maldito tercer molar inferior derecho, es decir la muela del juicio, la cual llevaba ya medio año pugnando por salir de su manto de encía y carrillo, ha vuelto a hacer acto de prescencia. Desde que hizo su molesta aparición hace un año, privándome de saborear alimentos crujientes y muy calientes cada vez que la encía que lo cubría se hinchaba e inflamaba, ese rudimentario y muy molesto tercer molar se las ha ingeniado para cambiarme el genio cuando se le ocurría tratar de salir. El problema no era la muela en sí, sino que su lento recorrido convertía cada intento de liberación de su colcha carnosa en un calvario de dolores, fastidios y privaciones para mi persona, que a veces tardaban hasta 15 días en desaparecer...
Lo peor era que, de acuerdo a revistas de salud que leo, la muela del juicio no era más que un infesto nicho de gérmenes, debido al poco alcance del cepillo y del hilo hasta esos recónditos huecos. Y esos gérmenes (Estreptococos B-hemolíticos, para ser exactos) tienen una gran predisposición para hacer condominio en el endocardio, o sea, en las válvulas del corazón. Resultado: Una endocarditis infecciosa. Mierda.
Durante unos 5 meses, la dichosa muela había dado tregua, y a pesar de ver un trocito de su esmalte asomando entre los pliegues blanquecinos de la encía por donde afloraba, no molestaba.
Hasta ese Martes.
Justo al despertar, siento esa conocida sensación. Una mezcla de dolor punzante y escozor que sólo significaba una cosa. Se volvió a inflamar esa encía puta. De entre mis muestras gratuitas de medicamentos me tragué una buena cantidad de antiinflamatorios. Nimesulida, naproxeno, diclofenaco, pasaron por mi garganta a velocidad pasmosa. Pero el alivio proporcionado era efímero. Ese molar estaba decidido a irse el todo por el todo. La batalla final.
Miércoles 1 de Diciembre.
Voy primero al consultorio odontológico de la financiera donde mi padre trabaja. La decisión estaba ya tomada. Ya era hora de deshacerse de esa muela asquerosa. Y ahí estaba, esperando mi turno ante la dentista. El principal sonido que escuchaba era ese sobrecogedor sonido del torno esmerilando un diente (sí, ese terrorífico FFFFUUUUIIIISSSSSSSGGGGG) de algún desdichado. Para dejar de concentrarme en el dolor futuro, me dediqué a observar el redondo trasero de la asistente de una ecografista.
Pasan 10 minutos y la chica se esfuma pero el silbido del torno sigue. Mierda. Si hacía como 20 años que un dentista me había sacado un diente (de leche) cariado, y yo había olvidado ya esas sensaciones. Y no deseaba en lo absoluto recordarlas... En esas la puerta se abre y una oronda doña sale bastante tranquila. Tras ella, la dentista cubierto su rostro con mascarilla me pide pasar. Trago saliva y obedezco.
Mientras me siento en el sillón de torturas, le explico a grosso modo mi situación. Ella mete su espejito, mira, tantea y me hace doler. Finalmente me dice en tono compungido que extracción de terceros molares no podía hacer. Carecía de equipos y de rayos X para ver la situación de la muela. Entre medio aliviado y molesto, le pido que por lo menos me haga una limpieza. Pago y me dirijo a otro doctor.
El odontólogo me examina y realiza una radiografía de mi muela en una placa del tamaño de una estampilla grande. Me dice que dependiendo de la posición de la muela la intervención será fácil o riesgosa. En el mejor de los casos, mi muela estaría en posición vertical, lo que haría sacarla coser y cantar. En el peor, estaría acostada, siendo necesario abrir hueso, encía, taladrar, suturar y miles de otras lindezas que me enchinan el espinazo. Gracias a Dios, la muela estaba vertical pero no todo eran buenas noticias. Mi molar era de doble raíz, lo que haría más esforzada la extracción. Me sugiere que escoja el mejor momento. En ese momento, miércoles, yo tenía guardia en la noche. Y el solo pensamiento de pasar doce horas atendiendo niños con una muela menos, doliéndome como el infierno y sin dormir me hacen postergar la cita al día siguiente.
Como sabiendo ya de su destino, la muela de mierda pasa sus últimas horas haciendo dolorosos actos de presencia al hablar, apoyarme o lo peor, comer. Esa maldita mezcla de dolor y picazón me están volviendo loco. Ya te vas a enterar, muelita...
Jueves, 2 de Diciembre.
Son las 12 del día. Estoy al frente del consultorio. Heaven or Hell...let`s rock!
Me instalo en la silla de torturas mientras el doctor saca sus artilugios. Hace unos cálculos en mi muela, mira bien y empieza. Me coloca un babero y una servilleta. Veo una pinza que bien podrían servir para cambiar tornillos de ruedas y que va a usar en mi querida boquita. El hombre carga una jeringa de metal enorme con su dosis de xilocaína y con la aguja en alto apunta a la parte externa de la muela. Con un movimiento lento introduce la aguja de manera que llegue hasta la base del alveólo dental, donde se instala la muela y está el sensiblísimo y delicado tejido vascular y nervioso. La pulpa. La trayectoria de la aguja la voy sintiendo de manera contundente y brutal. En un principio, la anestesia, en lugar de aliviar el dolor, tiene el efecto de un ácido que va quemando mi mandíbula. Suelto un gemido. El doctor me dice de forma irónica qué se siente estar del otro lado. Claro, recuerdo todas las veces que suturé anestesiando previamente, bueno, sé la sensación ahora. No es NADA agradable. Gradualmente la anestesia cumple su labor y la carne se convierte en una masa de plomo insensible. Todos los dolores desaparecen. El doctor infiltra nuevamente otra porción de mi mandíbula en la parte interna. Ahora el lado derecho de mi mandíbula está muerto. Mastico y no siento nada. Bien, ya es hora, dice el doctor. Con una herra mienta parecida a una gubia, escarba dentro de mi muela. Cuando me manda escupir, ese trocito suave que acabo de echar resultó ser el pedazo de encía que tapaba mi muela. Sabor salado. Sangro. Luego de aislar bien la superficie de la muela, saca el tan temido torno. Cuando me mis ojos como platos, el tipo me explica que necesita abrir un espacio donde ambas muelas se juntan para tener espacio para traccionar. Entonces comienza nuevamente el diabólico sonido de "FFFFUUUUIIIISSSSSSSGGGGG" contra mi muela. A pesar del pequeño chorrito de agua de lubrica el torno, huelo a quemado. La fricción. Con cada escupida siento los pequeños trocitos de diente mezclados con saliva. Ya con espacio suficiente, siento la inserción de un separador que hace crujir la inserción de mi molar en su alveólo. Está floja. Ahora llega la parte decisiva: Agarra sus pinzotas de acero, aferra mi muela, y tras un par de resbalones empieza a traccionar atrás y delante. Pensaba que aún no la había sacado cuando el dentista me muestra, ensangrentada y con trozos de encía aún adheridos, la causante de tantos tormentos y fastidios. Una muela de juicio de doble raíz de unos 3 cm. de largo. Hasta la vista, baby.
Tras recetarme mi dosis usual de antibióticos y antiinflamatorios, vuelo a casa. Y cuando se disipa la anestesia, el brutal dolor aparece. En ese momento me acordé el valor que debía tener la gente para sacarse una muela antes de aparecer la piadosa anestesia. Y con el dolor moderadamente calmado con el naproxeno, termino de escribir esta crónica.
Buenas tardes.
El maldito tercer molar inferior derecho, es decir la muela del juicio, la cual llevaba ya medio año pugnando por salir de su manto de encía y carrillo, ha vuelto a hacer acto de prescencia. Desde que hizo su molesta aparición hace un año, privándome de saborear alimentos crujientes y muy calientes cada vez que la encía que lo cubría se hinchaba e inflamaba, ese rudimentario y muy molesto tercer molar se las ha ingeniado para cambiarme el genio cuando se le ocurría tratar de salir. El problema no era la muela en sí, sino que su lento recorrido convertía cada intento de liberación de su colcha carnosa en un calvario de dolores, fastidios y privaciones para mi persona, que a veces tardaban hasta 15 días en desaparecer...
Lo peor era que, de acuerdo a revistas de salud que leo, la muela del juicio no era más que un infesto nicho de gérmenes, debido al poco alcance del cepillo y del hilo hasta esos recónditos huecos. Y esos gérmenes (Estreptococos B-hemolíticos, para ser exactos) tienen una gran predisposición para hacer condominio en el endocardio, o sea, en las válvulas del corazón. Resultado: Una endocarditis infecciosa. Mierda.
Durante unos 5 meses, la dichosa muela había dado tregua, y a pesar de ver un trocito de su esmalte asomando entre los pliegues blanquecinos de la encía por donde afloraba, no molestaba.
Hasta ese Martes.
Justo al despertar, siento esa conocida sensación. Una mezcla de dolor punzante y escozor que sólo significaba una cosa. Se volvió a inflamar esa encía puta. De entre mis muestras gratuitas de medicamentos me tragué una buena cantidad de antiinflamatorios. Nimesulida, naproxeno, diclofenaco, pasaron por mi garganta a velocidad pasmosa. Pero el alivio proporcionado era efímero. Ese molar estaba decidido a irse el todo por el todo. La batalla final.
Miércoles 1 de Diciembre.
Voy primero al consultorio odontológico de la financiera donde mi padre trabaja. La decisión estaba ya tomada. Ya era hora de deshacerse de esa muela asquerosa. Y ahí estaba, esperando mi turno ante la dentista. El principal sonido que escuchaba era ese sobrecogedor sonido del torno esmerilando un diente (sí, ese terrorífico FFFFUUUUIIIISSSSSSSGGGGG) de algún desdichado. Para dejar de concentrarme en el dolor futuro, me dediqué a observar el redondo trasero de la asistente de una ecografista.
Pasan 10 minutos y la chica se esfuma pero el silbido del torno sigue. Mierda. Si hacía como 20 años que un dentista me había sacado un diente (de leche) cariado, y yo había olvidado ya esas sensaciones. Y no deseaba en lo absoluto recordarlas... En esas la puerta se abre y una oronda doña sale bastante tranquila. Tras ella, la dentista cubierto su rostro con mascarilla me pide pasar. Trago saliva y obedezco.
Mientras me siento en el sillón de torturas, le explico a grosso modo mi situación. Ella mete su espejito, mira, tantea y me hace doler. Finalmente me dice en tono compungido que extracción de terceros molares no podía hacer. Carecía de equipos y de rayos X para ver la situación de la muela. Entre medio aliviado y molesto, le pido que por lo menos me haga una limpieza. Pago y me dirijo a otro doctor.
El odontólogo me examina y realiza una radiografía de mi muela en una placa del tamaño de una estampilla grande. Me dice que dependiendo de la posición de la muela la intervención será fácil o riesgosa. En el mejor de los casos, mi muela estaría en posición vertical, lo que haría sacarla coser y cantar. En el peor, estaría acostada, siendo necesario abrir hueso, encía, taladrar, suturar y miles de otras lindezas que me enchinan el espinazo. Gracias a Dios, la muela estaba vertical pero no todo eran buenas noticias. Mi molar era de doble raíz, lo que haría más esforzada la extracción. Me sugiere que escoja el mejor momento. En ese momento, miércoles, yo tenía guardia en la noche. Y el solo pensamiento de pasar doce horas atendiendo niños con una muela menos, doliéndome como el infierno y sin dormir me hacen postergar la cita al día siguiente.
Como sabiendo ya de su destino, la muela de mierda pasa sus últimas horas haciendo dolorosos actos de presencia al hablar, apoyarme o lo peor, comer. Esa maldita mezcla de dolor y picazón me están volviendo loco. Ya te vas a enterar, muelita...
Jueves, 2 de Diciembre.
Son las 12 del día. Estoy al frente del consultorio. Heaven or Hell...let`s rock!
Me instalo en la silla de torturas mientras el doctor saca sus artilugios. Hace unos cálculos en mi muela, mira bien y empieza. Me coloca un babero y una servilleta. Veo una pinza que bien podrían servir para cambiar tornillos de ruedas y que va a usar en mi querida boquita. El hombre carga una jeringa de metal enorme con su dosis de xilocaína y con la aguja en alto apunta a la parte externa de la muela. Con un movimiento lento introduce la aguja de manera que llegue hasta la base del alveólo dental, donde se instala la muela y está el sensiblísimo y delicado tejido vascular y nervioso. La pulpa. La trayectoria de la aguja la voy sintiendo de manera contundente y brutal. En un principio, la anestesia, en lugar de aliviar el dolor, tiene el efecto de un ácido que va quemando mi mandíbula. Suelto un gemido. El doctor me dice de forma irónica qué se siente estar del otro lado. Claro, recuerdo todas las veces que suturé anestesiando previamente, bueno, sé la sensación ahora. No es NADA agradable. Gradualmente la anestesia cumple su labor y la carne se convierte en una masa de plomo insensible. Todos los dolores desaparecen. El doctor infiltra nuevamente otra porción de mi mandíbula en la parte interna. Ahora el lado derecho de mi mandíbula está muerto. Mastico y no siento nada. Bien, ya es hora, dice el doctor. Con una herra mienta parecida a una gubia, escarba dentro de mi muela. Cuando me manda escupir, ese trocito suave que acabo de echar resultó ser el pedazo de encía que tapaba mi muela. Sabor salado. Sangro. Luego de aislar bien la superficie de la muela, saca el tan temido torno. Cuando me mis ojos como platos, el tipo me explica que necesita abrir un espacio donde ambas muelas se juntan para tener espacio para traccionar. Entonces comienza nuevamente el diabólico sonido de "FFFFUUUUIIIISSSSSSSGGGGG" contra mi muela. A pesar del pequeño chorrito de agua de lubrica el torno, huelo a quemado. La fricción. Con cada escupida siento los pequeños trocitos de diente mezclados con saliva. Ya con espacio suficiente, siento la inserción de un separador que hace crujir la inserción de mi molar en su alveólo. Está floja. Ahora llega la parte decisiva: Agarra sus pinzotas de acero, aferra mi muela, y tras un par de resbalones empieza a traccionar atrás y delante. Pensaba que aún no la había sacado cuando el dentista me muestra, ensangrentada y con trozos de encía aún adheridos, la causante de tantos tormentos y fastidios. Una muela de juicio de doble raíz de unos 3 cm. de largo. Hasta la vista, baby.
Tras recetarme mi dosis usual de antibióticos y antiinflamatorios, vuelo a casa. Y cuando se disipa la anestesia, el brutal dolor aparece. En ese momento me acordé el valor que debía tener la gente para sacarse una muela antes de aparecer la piadosa anestesia. Y con el dolor moderadamente calmado con el naproxeno, termino de escribir esta crónica.
Buenas tardes.